El juzgado de guardia huele a café frío y a desinfectante, son las diez y cuarenta de la noche. Hay un juez con la corbata torcida, dos custodios, una abogada de oficio con tres claveles muertos en sus manos, y un novio culpable.
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Una noche de copas y...
Cementerio de San Fernando. Nicho 341.
Llueve otra vez. Siempre llueve cuando estos dos se mienten.
Elena sostiene la linterna. Marco sostiene la pala. La lápida dice: Marco Antonio Ledesma. 1992-2014. Que la tierra te sea leve.
Qué irónico, escupe Elena. Ni leve ni muerto. Cava, ordena Marco.
Si Gómez dijo verdad, tenemos 15 minutos antes de que lleguen los Marín.
La tierra está blanda. De cementerio y de mentiras. Al segundo palazo suena metal. No es una caja. Es una caja fuerte pequeña, enterrada. Oxido y barro.
Marco la abre con una navaja. Dentro: tres cosas.
Uno: el pagaré. 800.000 euros. Firmado: Elena Duarte Ruiz. La letra es de su padre. Calca la de ella. Un desgraciado hasta muerto.
Dos: una foto. Varela, el padre de Elena y un tercer hombre riendo. Trajes, copas, fajos. Al fondo, Marco joven, descargando cajas. Fecha: 14 de agosto. La noche del crimen.
Tres: una llave. De una consigna. Estación de Santa Justa. Taquilla 19.
Maldita sea, dice Elena. La lluvia le corre por la cara. No se sabe si llora. Mi padre me vendió.
Y yo te compré, dice Marco. Cierra la caja. Con una boda.
Luces de coche en la entrada del cementerio. SUV. Motor gordo.
Se acabó el tiempo, dice Marco.
Motel Las Flores. Habitación 7.
Plan B de Marco: un motel de carretera donde no preguntan nombres si pagas en efectivo. Huele a desinfectante de limón y a cigarro viejo. Una cama. Dos sillas. Una botella de DYC que estaba en la guantera del León.
Elena tira el pagaré sobre la mesa. El papel se ondula por la humedad. Esto me entierra.
Marco tira la foto. Esto nos entierra a los dos. Yo estaba allí esa noche. Cargando droga para Varela. Tu padre blanqueaba. Yo era el chico de los recados.
Sirve dos vasos. Sin hielo. Sin agua. Sin mentiras.
¿Por eso te declaraste culpable?, pregunta Elena. Se quita los zapatos. Tiene los pies destrozados del parking.
No me declaré. Me declararon. Asuntos Internos me dijo: o muerto oficial o muerto real. Elegí la placa. Y elegí que tú no fueras a juicio por encubrimiento.
Beben. Primero sorbo: quema. Segundo sorbo: duele menos. Tercero: ya no duele.
Diez años, dice Elena. Diez años creyendo que besé a un fantasma.
Diez años creyendo que besé a una viuda, responde Marco.
Se miran. Sin cámaras. Sin Gómez. Sin juzgados. Solo dos mentirosos con un acta y una botella a medias.
¿Tu madre está bien?, pregunta él.
Está en Mairena, como dijiste. La llamé desde una cabina. Enojada porque le corté las rosas sin preguntar. No sabe nada.
Marco se ríe. Por primera vez en diez años se ríe de verdad. Se le saltan dos puntos. Sangra.
Elena se levanta. Mojada, descalza, con la camisa pegada. Abre el botiquín del baño. Alcohol, gasas.
Siéntate. O te desangras y no llego a viuda dos veces.
Él en la silla. Ella de pie entre sus piernas. Le limpia la ceja. De cerca huele a lluvia, a alcohol y a hombre que lleva 48 horas sin dormir.
No tenías que volver, dice ella mientras el alcohol escuece.
No podía no volver. Los Marín iban a por ti. El pagaré vencía este mes.
¿Y si me da igual? ¿Y si prefiero muerta que deudora?
Pues me jodo. Porque yo no prefiero.
La mano de Elena baja sin querer. Cuello. Clavícula. El colgante de la placa. Está caliente.
Marco le agarra la muñeca. No para apartarla. Para que no tiemble. Elena.
Marco. Le dice con voz rasposa.
Diez años de nombres atragantados.
Ella deja la gasa. Él deja la placa en la mesa. Ruido sordo.
Esto es fuerza mayor otra vez, dice Elena.
Esto es estupidez, dice Marco. Y me da igual.
Bebe directo de la botella. Le pasa la botella a ella. Bebe también. Se ríen.
Hienas. Supervivientes.
El beso no pide permiso. Llega. Sabe a whisky barato y a verdades que queman más que el alcohol.
No es el beso del juzgado. Ese fue contrato. No es el beso del parking. Ese fue miedo.
Este es rabia.
Es estuviste muerto y no me lo dijiste.
Es me casé contigo para no ir presa.
Es diez años sin dormir bien.
La empuja contra la pared. La pared se queja. La cama está a dos pasos pero ninguno llega.
El anillo de acero le roza la mejilla a ella. Frío. Real.
¿Seguimos casados?, jadea Marco contra su cuello.
Hasta que la muerte nos separe, dice ella. Y ya fallamos una vez.
Se ríen otra vez. Contra la boca del otro.
La camisa de Elena cae. La camiseta de Marco también. Cicatrices contra cicatrices. Historias que solo entiende el que sangró al lado.
No hay ternura. Hay urgencia. Hay si mañana nos matan, que al menos esto no sea mentira.
Ceden. Caen en la cama. La única cama. La de enemigos. La de cómplices. Sus cuerpos están una sobre el otro, deleitándose con la pasión que solo ellos se tienen, y el alcohol los empujó, se entregan como marido y mujer.
La Glock queda en la mesita. El acta cae al suelo. El pagaré los mira desde la mesa.
Pero esta noche no se firma nada. Esta noche se consuma lo único que firmaron sin leer: en lo bueno y en lo malo.
Y lo malo viene de camino con un SUV.
No es Gómez. No es la policía.
Son tres golpes. Lentos. Luego una voz de Cádiz: Sabemos que están dentro, tortolitos. Tienen 30 segundos para salir con el pagaré. O entramos y la boda se acaba en viudez otra vez.
Elena se incorpora. Desnuda de hombros para arriba. No se tapa. Coge la Glock.
Marco ya está de pie. Pantalón, placa, pistola.
¿Plan?
El de siempre, dice ella. Carga la Glock. Mentir. Disparar. Correr.
Le tira la alianza de acero. Él la caza al vuelo. Se la pone.
Por si nos matan, dice ella. Que conste que consumamos.
Por si vivimos, dice él. Que conste que fue verdad.
Beben el último trago. Directo de la botella. Brindan sin palabras.
Marco patea la puerta. Sale primero.
Elena detrás.
Y la noche en que beben se vuelve la noche en que arden.
Ahora ya no hay matrimonio falso. Ahora hay guerra. Y la acaban de declarar en una cama de motel.