Tras sobrevivir al cáncer, Valeria oculta su infertilidad al hombre de su vida. Entre secretos, pasión y una suegra cruel, deberá decidir si el amor basta para sanar sus cicatrices.
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CAPÍTULO 8: Terreno pantanoso.
El beso terminó, pero la distancia entre nosotros no regresó. Nos quedamos allí, con los rostros tan cercanos que sentía el calor de su respiración mezclándose con la mía. Mateo no me soltó; mantuvo mi rostro acunado firmemente entre sus manos, obligándome a sostenerle la mirada en medio de la penumbra del carro. Sus ojos marrones brillaban con una intensidad que me asustó y me fascinó al mismo tiempo.
—No sé qué me hiciste, qué clase de hechizo me lanzaste, que desde que te vi no logro dejar de pensar en ti, Valeria Mendoza —susurró con una voz ronca, rota por la emoción—. Te me metiste tan adentro de la piel que cada vez que te veo me brinca hasta el corazón... Quiero besarte todo el tiempo.
Escucharlo me causó un impacto enorme. Por un lado, mi cuerpo entero vibraba y una parte de mí se derretía, porque el beso me había encantado más de lo que jamás admitiría; pero por el otro, mis problemas existenciales y mis realidades volvieron a golpearme la mente. «Él es el dueño de todo, Valeria, y tú una contadora modesta», me gritaba la razón. Peor aún, el doloroso secreto que guardaba en mi interior se encendió como una alarma: yo era estéril. Un hombre con un imperio financiero tan importante, de una familia de estatus, por lo general buscaría una mujer que pudiera darle descendientes para heredar su legado, no a alguien como yo, que no podía tener hijos. Ese pensamiento me cerró el pecho de golpe.
Mateo debió notar el conflicto emocional que cruzaba por mis ojos y cómo la timidez, la inseguridad volvían a apoderarse de mí. Demostrando una madurez y una caballerosidad impecables, exhaló un suspiro largo, me dio un tierno beso de despedida en la frente y retiró sus manos con suavidad, dándome mi espacio.
—No te voy a presionar —me dijo con tono dulce, mirándome con una paciencia infinita—. No te voy a presionar ahorita, mi Vale.
Puso la camioneta en marcha y el resto del trayecto transcurrió tranquilo, envueltos en un silencio que, aunque más calmado, seguía zumbando de pura electricidad. Al llegar a mi casa, le agradecí con un hilo de voz, me bajé protegida por su chaqueta y corrí a refugiarme en mi lugar seguro: el taller de joyería improvisado en el depósito del patio.
Necesitaba enfriar la cabeza desesperadamente. Me paré frente al espejo del taller, tocándome los labios con la yema de los dedos, todavía procesando sus palabras y la forma experta en que me había guiado.
El miedo de salir lastimada y el peso de mi secreto seguían clavados como una espina, pero su confesión no dejaba de resonar en mis oídos.
Para obligar a mi mente a pensar en otra cosa, vacié mi bolso sobre la mesa de trabajo. Entre mis herramientas de Joyas VAN, cayeron las copias de los balances de la obra de Las Mercedes que me había llevado de la oficina. Encendí la lámpara, me calcé los lentes y me puse a revisar los números. A medida que comparaba los costos de materiales con los reportes de campo, la intriga sustituyó al romance. El desfalco era inmenso, meticuloso y fríamente calculado.
«Me estoy metiendo en un juego muy peligroso», pensé, sintiendo un frío repentino en la nuca al darme cuenta de la magnitud del robo. «Estoy amenazando los intereses de alguien con mucho poder aquí adentro, tarde o temprano voy a averiguar quién es». La determinación me ganó; tenía que conseguir las pruebas necesarias antes de decirle nada a Mateo.
Al día siguiente, la resaca emocional de volver a la constructora me tenía los nervios de punta. Intenté entrar con la cabeza baja, manteniendo mi fachada de contadora eficiente, pero el destino tenía otros planes, justo al salir del ascensor en el piso de presidencia, iba tan concentrada revisando unos papeles que tropecé de frente contra un muro de traje italiano de alta costura.
Los papeles volaron por el piso.
—¡Fíjese por dónde camina, ineptitud en tacones! —soltó una voz cargada de un desprecio absoluto.
Levanté la mirada, asustada, y me topé con los ojos altaneros de Camilo Soublette, el vicepresidente de la constructora. Era un hombre sumamente déspota, de los que miraban al personal de limpieza y administración como si fuéramos invisibles o un estorbo. Sabía, por los chismes de pasillo, que además de socio era uno de los mejores amigos de Mateo desde la universidad, lo que lo hacía intocable.
—Lo siento mucho, ingeniero Soublette, no fue mi intención... —comencé a decir, agachándome rápidamente para recoger mis hojas.
—Sí, claro. Para la próxima use los ojos, señorita. Aquí no pagamos para que anden de distraídas —escupió con arrogancia, acomodándose el saco del traje antes de pasarme por el lado sin la más mínima pizca de educación.
Me quedé de rodillas en el piso, recogiendo los balances de Las Mercedes con las manos temblando de la rabia. Mientras lo veía alejarse con prepotencia hacia la oficina principal, una extraña opresión me apretó el pecho.
«Definitivamente, este hombre tiene el carácter de los veinte mil demonios», pensé, acomodándome la ropa con frustración. Se notaba a leguas que me iba a hacer la vida triste aquí en la constructora si se lo proponía, o al menos esperaba de todo corazón que no fuera así. Por mí, lo tendría bien lejos y evitaría cruzármelo a toda costa, porque personas tan déspotas como él solo traían problemas.