Ariana Montiel tiene 22 años y un secreto increíble: puede escuchar los pensamientos de todo el mundo. Aunque el caos de la mente humana la abruma, descubrió el trabajo perfecto gracias a su don. Como niñera, solo necesita sintonizar la mente de los bebés para saber exactamente qué les duele o qué necesitan, convirtiéndose en la más famosa de la ciudad.
Todo cambia cuando Carlos Monterrey, un frío, estresado y millonario CEO, se cruza en su camino. Carlos es un padre soltero al borde del colapso con un bebé de seis meses que no deja de llorar. Desesperado pero desconfiado, le propone a Ariana un trato extremo: cuidará a su hijo por tres días. Si logra calmarlo y ve una mejoría real, obtendrá el trabajo de su vida con un sueldo espectacular; si falla, se irá a casa con los bolsillos vacíos.
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Una mente llena de pañales
La mayoría de las personas piensan que leer la mente sería el superpoder perfecto. Imagínate saber si le gustas al chico que te interesa, descubrir qué pregunta vendrá en el examen de la universidad o atrapar a un mentiroso antes de que te vea la cara. Suena increíble, ¿verdad?
Bueno, déjenme decirles la verdad: es una total pesadilla.
Mi nombre es Ariana Montiel, tengo veintidós años y, desde que tengo memoria, puedo escuchar los pensamientos de la gente. No es como en las películas donde escuchas una voz clara y pausada. No, para nada. La mente de los adultos es un completo desastre. Es como entrar a una tienda de electrodomésticos donde cincuenta televisores están encendidos al mismo tiempo en canales diferentes, todos con el volumen al máximo.
Caminar por la calle central de la ciudad significa llenarme la cabeza de estática. Escucho cosas como: *«¿Habré apagado la estufa?», «Qué gorda se ve hoy la vecina», «Le voy a mentir a mi jefe para salir temprano», «Odio mi vida», «Tengo ganas de comer tacos»*. La hipocresía de la gente es agotadora. Te sonríen de frente mientras por dentro están pensando que te odian. Por eso, para no volverme loca, suelo caminar con auriculares enormes puestos, escuchando música a todo volumen. Es la única forma de apagar el ruido del mundo.
Afortunadamente, a los dieciocho años descubrí que mi don tenía un refugio seguro. Un lugar donde los pensamientos no están llenos de malicia, envidia ni estrés financiero: la mente de los bebés.
La mente de un bebé es pura, limpia y hermosa. Ellos no piensan con palabras complicadas ni intentan engañar a nadie. Sus mentes funcionan a base de colores, imágenes simples y sensaciones muy directas. Cuando un bebé llora desesperado y los padres no saben qué hacer, para mí es como leer un libro infantil con letras gigantes.
Por eso me convertí en niñera. Y no en cualquier niñera, sino en la más famosa y recomendada de toda la zona central.
Eran las diez de la mañana de un martes y me encontraba en la lujosa sala de la familia Castro. En mis brazos tenía a Leo, un tierno bebé de apenas cuatro meses que llevaba casi una hora llorando sin parar. Su madre, una mujer joven y muy nerviosa, caminaba de un lado a otro arrastrando los pies por el cansancio.
—Ay, Ariana, ya no sé qué hacer —me dijo la señora Castro, al borde de las lágrimas—. Ya le di el biberón, le cambié el pañal, lo saqué a pasear al jardín... Creo que está enfermo. Voy a tener que llamar al pediatra de urgencia.
—Tranquila, señora Castro —le dije con mi sonrisa más amable y calmada—. Déjeme revisarlo un momento. A veces los adultos pasamos por alto las cosas más pequeñas.
Me senté en el cómodo sofá y acomodé a Leo en mis piernas. Cerré los ojos por un segundo y me concentré, apagando el ruido exterior y sintonizando la frecuencia mental del pequeño. Al instante, una señal de alarma cruzó por mi mente, pero no venía con palabras, sino con una intensa sensación de picazón y molestia de color rojo brillante.
*«¡Alerta roja! ¡Alerta roja!»*, decía el pensamiento de Leo, acompañado por la imagen mental de un pequeño duendecillo rascándole la espalda con una lija. *«El monstruo de tela me está raspando el cuello. ¡Peligro, peligro! ¡Que alguien me quite esto de encima!»*.
Abrí los ojos y desabotoné con cuidado la parte trasera de la camiseta de Leo. Justo ahí, en la nuca, estaba el enemigo: una etiqueta de tela blanca, rígida y mal cortada, que le tenía la piel completamente roja por la fricción. Cada vez que el bebé movía la cabeza, la etiqueta lo lastimaba.
—Aquí está el misterio —dije en voz alta.
Saqué unas tijeras pequeñas de costura que siempre llevaba en mi bolso y, con mucho cuidado, corté la etiqueta desde la raíz. Luego, pasé mi mano suavemente por su nuca para aliviarle la picazón.
Casi de inmediato, los gritos de Leo cesaron. El bebé dio un gran suspiro, sus ojitos llenos de lágrimas se abrieron de par en par y me miró fijamente. En mi mente, la alerta roja desapareció, cambiándose por un hermoso color amarillo brillante y una sensación de calidez.
*«Humana mágica. Te amo»*, pensó Leo, y en su mente apareció la imagen de un gran tazón de leche tibia. *«El monstruo se fue. Ahora tengo mucha hambre. Quiero leche»*.
Leo soltó un tierno balbuceo y me regaló una sonrisa sin dientes.
—Listo, señora Castro —le dije a la madre, que miraba la escena con la boca abierta, como si yo acabara de hacer un truco de magia digno de Las Vegas—. Solo era la etiqueta de la ropa nueva que le estaba lastimando la piel. Ahora lo único que necesita es un poco de leche y caerá dormido.
—¡No lo puedo creer! —exclamó la mujer, tapándose la boca—. Pasamos horas intentando calmarlo. De verdad eres una santa, Ariana. Tu instinto con los niños es de otro mundo. Por algo todas mis amigas me dijeron que eras la mejor.
Yo solo me limité a sonreír y a pedir el biberón. No podía decirle la verdad: que no era instinto, sino que literalmente tenía una línea directa con los pensamientos de su hijo.
Después de dejar a Leo profundamente dormido y de recibir una generosa paga junto con miles de agradecimientos, caminé de regreso a mi casa. Vivía en un apartamento pequeño pero acogedor en un barrio tranquilo. Al entrar por la puerta, el olor a café fresco me recibió, junto con una voz muy animada que venía desde la cocina.
—¡Ariana! ¡Qué bueno que llegas, mi amor! —gritó mi madre, Marta Montiel, saliendo de la cocina con un delantal puesto y una espátula en la mano.
Marta era una mujer de cuarenta y cinco años, bajita, llena de energía y con una personalidad bastante dramática. Amaba las telenovelas y tenía una imaginación que volaba más rápido que la luz. Aunque la amaba con todo mi corazón, convivir con ella era un deporte de riesgo para mi don.
—Hola, mamá —dije, dejando mis cosas en la mesa de la entrada—. Veo que estás de muy buen humor.
—¡Por supuesto! —dijo ella, acercándose y mirándome con ojos suplicantes—. Ay, pobrecita mi niña, seguro vienes cansadísima de aguantar llantos. Escúchame bien, necesito que me hagas un favorcito de nada. Un favor de dos minutos.
Ya sabía hacia dónde iba esto. Suspiré profundamente.
—Mamá, ya te he dicho mil veces que no voy a usar mi poder para tus cosas —le advertí, cruzando los brazos.
—¡Pero Ariana, esto es una emergencia de vida o muerte! —exclamó ella, apoyando una mano en su pecho como si estuviera sufriendo un colapso—. Ayer fui a la panadería de la esquina, la que atiende don Carlos, ese señor tan apuesto que enviudó hace un año. Cuando me entregó las conchas de vainilla, me rozó la mano y me sonrió. ¡Te juro que me miró diferente! Solo quiero que vayas por un bolillo y le leas la mente. Necesito saber si le gusto o si solo estaba siendo amable por educación. ¡Es el amor de mi vida, Ariana!
En ese momento, bajé la guardia de mi mente por un segundo y el pensamiento real de mi madre inundó mi cabeza: *«Si don Carlos me hace caso, me va a llevar a pasear en su camioneta nueva y por fin podré presumirle a la vecina del piso tres»*.
—Mamá, no voy a ir a espiar al panadero —le dije, conteniendo la risa—. Además, él solo quiere vender su pan. Deja de inventar novelas en tu cabeza.
—Ay, qué hija tan aburrida tengo —se quejó ella, regresando a la cocina de forma dramática—. Dios me dio una hija con superpoderes y ella decide usarlos para cambiar pañales en lugar de ayudar a su pobre madre soltera a encontrar el amor. ¡Qué injusticia!
Me reí y me senté en el sofá de la sala, disfrutando de un momento de paz. Me gustaba mi vida. Aunque el don era pesado a veces, sentía que ayudaba a los bebés que no tenían voz para expresar sus dolores. Todo estaba en perfecto orden.
Hasta que, de repente, mi teléfono celular comenzó a sonar en mi bolsillo.
Miré la pantalla y vi el nombre de Valeria Espinoza. Valeria era una mujer de negocios muy importante en la ciudad central, pero además era una antigua cliente a la que yo le había cuidado a sus sobrinos hace un par de años. Era una mujer directa, alegre y muy bien conectada con la alta sociedad.
—¿Hola? ¿Valeria? —respondí, pegando el teléfono a mi oído.
—¡Ariana! Qué alegría encontrarte disponible —la voz de Valeria sonaba un poco acelerada, con el ruido del tráfico de fondo—. Necesito tu ayuda con urgencia. Bueno, en realidad, yo no. Un amigo mío muy cercano está viviendo un completo infierno en su casa.
—¿Un infierno? ¿Qué pasó? —pregunté, enderezándome en el sofá.
—Tiene un bebé de seis meses, un niño hermoso llamado Jonathan. El problema es que el pobre hombre es padre soltero y además es el CEO de una de las corporaciones más grandes del país. Está cargado de trabajo, no duerme nada y el bebé no ha parado de llorar en días. Ninguna niñera le dura más de veinticuatro horas. Está desesperado, Ariana. Le hablé de ti, de que eres una leyenda en la ciudad, y quiere conocerte hoy mismo.
Escuchar la palabra "desesperado" me encendió una pequeña chispa de preocupación.
—Claro que puedo ir a verlo —respondí sin dudarlo—. Pásame la dirección y los detalles.
—Te los mando por mensaje ahora mismo. Pero te advierto una cosa, Ariana: su nombre es Carlos Monterrey. Es un hombre extremadamente rico, pero también es muy frío, desconfiado y tiene un carácter de los mil demonios por el estrés. No va a ser una entrevista fácil, pero sé que eres la única que puede salvar a ese bebé. ¡Te debo una enorme!
Colgué la llamada y, a los pocos segundos, mi teléfono vibró con un mensaje que contenía la dirección de una enorme mansión en la zona más exclusiva de la ciudad.
Guardé el teléfono en mi bolsillo, sin saber que esa llamada estaba a punto de cambiar mi tranquila vida de pañales y bebés para siempre.