sinopsis de La CEO de Cristal:
La traición: Salma, una CEO exitosa y poderosa, ve su mundo perfecto colapsar cuando descubre un enredo amoroso entre su prometido, Mauricio, y su mejor amiga, Rebeca.
La transformación: Tras este duro golpe, Salma se convierte en una mujer fría, calculadora y distante, levantando una armadura de hielo para protegerse y enfocándose por completo en su imperio corporativo.
El nuevo camino: En su proceso de reinventarse, Salma se cruza con Malik, un hombre reservado y de noble corazón que desafiará su frialdad, mientras enfrenta las intrigas de la prepotente madre de este, Soraya.
El gran secreto: Más allá de las traiciones y el nuevo romance, el verdadero vuelco de la historia ocurrirá cuando salga a la luz el mayor misterio de su vida: Salma no sabe que es adoptada, un secreto que sus tíos Clara y Fernando han guardado por amor.
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Capítulo 9: El derrumbe del cristal
El trayecto hacia la mansión había estado envuelto en una calma casi poética para Salma. Con la noche ya extendida sobre la ciudad y el corazón latiendo al ritmo de la ilusión, conducía pensando en la sorpresa que le dejaría a Mauricio. Fiel a las estrictas tradiciones que respetaba, se negaba a pasar la noche con él antes de la boda, pero un último detalle romántico en la entrada de su futuro hogar le pareció el broche de oro perfecto para su soltería.
Sin embargo, al estacionar frente a la imponente fachada de piedra clara, un detalle rompió la armonía del momento: la puerta principal de la mansión estaba entreabierta.
Un destello de preocupación frunció el ceño de Salma. Apagó el motor y descendió del vehículo con paso firme pero precavido, pensando que tal vez Mauricio había salido de prisa a comprar algo o a revisar un desperfecto de última hora y la había dejado abierta por descuido. *"Iba a cerrarla ahora mismo"*, se dijo para calmar un latido extraño que comenzaba a martillarle en el pecho.
Empujó la hoja de madera con suavidad para asomarse al recibidor. Fue entonces cuando un sonido sordo, un murmullo inconfundible que provenía del interior, detuvo sus pasos en seco. Con el estómago encogido por una premonición helada, Salma decidió entrar. Siguió el rastro de los sonidos hasta la planta baja, conteniendo la respiración, hasta que se asomó a la habitación principal.
El tiempo pareció detenerse, y el aire abandonó sus pulmones de golpe.
Allí, sobre el mismo suelo donde pocas semanas atrás habían consagrado su intimidad, estaban Mauricio y Rebeca. enredados en un abrazo febril, semi desnudos y jadeantes, consumando una traición que no dejaba lugar a dudas. La caja con el obsequio que Salma llevaba en las manos resbaló de sus dedos, golpeando el suelo con un eco seco que hizo eco en la estancia.
El ruido sobresaltó a los amantes. Mauricio se giró bruscamente, con el rostro pálido y los ojos desorbitados, intentando incorporarse a toda prisa.
—¡Salma! Espera, déjame explicarte... —balbuceó él, con la voz rota y temblorosa, dando un paso hacia ella con desesperación.
Pero Rebeca, consumida por una tormenta de odio, rencor y años de envidia reprimida, se puso de pie de un salto. Su rostro estaba desfigurado por una furia sorda, y lejos de mostrar arrepentimiento, se abalanzó verbalmente sobre Salma, gritándole con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡No te excuses, Mauricio! ¡Que se entere de una vez! ¿Quieres explicaciones, Salma? ¡Esto lleva meses pasando! ¡Meses!
Salma seguía congelada en el umbral, con la mirada cristalizada y el cuerpo incapaz de reaccionar, mientras las palabras de su supuesta mejor amiga caían como cuchillos afilados.
—¡Tú me lo robaste! ¡Tú me robaste al amor de mi vida! —chillaba Rebeca, con las lágrimas desbordándosele por las mejillas, mientras Mauricio la miraba en shock, enterándose en ese preciso instante de la profundidad de la obsesión que ella guardaba—. Yo estaba enamorada de él desde siempre, mucho antes de que tú aparecieras con tu vida perfecta, con tu título de CEO, con tus empresas y con esa familia de alcurnia donde hasta mis propios padres te adoran como si fueras una diosa. ¡Yo solo era tu sombra! ¡Tu mejor amiga, la que te ayudaba en todo, la que siempre cargaba tus maletas y quedaba relegada a ser la segunda opción en todo! ¡Ya era hora de que sintieras lo que es perder algo de verdad!
El mundo de Salma dio un vuelco absoluto. El dolor físico era tan intenso que apenas podía respirar, pero de entre los escombros de su corazón destrozado comenzó a brotar una fría y fulminante corriente de rabia. La CEO implacable, la mujer que había levantado un imperio a base de estrategia y carácter, resurgió de las cenizas de su propia ilusión.
Miró a Rebeca con una mirada helada y desprovista de piedad, y luego desvió los ojos hacia Mauricio, quien temblaba de pánico ante lo que se avecinaba. Con una voz gélida, cortante y letal, Salma respondió:
—¿Crees que te lo voy a dejar tan fácil, Rebeca? ¿Crees que te voy a regalar la victoria? Te equivocas. Mañana él será mi esposo ante la ley, ante la sociedad y ante el altar. Tú vas a volver a quedar en segundo plano, viendo cómo te lo arrebato todo, porque él va a casarse conmigo.
Sin esperar respuesta, conteniendo el llanto desgarrador que amenazaba con ahogarla, Salma dio media vuelta y salió corriendo de la mansión. Se subió a su auto y condujo a toda velocidad, a ciegas por las lágrimas, directo al único refugio seguro que le quedaba: la casa de sus tíos, Clara y Fernando, a quienes ella llamaba padres.
Mientras tanto, en la mansión, un silencio denso se instaló tras la huida de Salma. Mauricio dejó escapar un suspiro profundo, recostándose contra la pared y sintiendo una extraña sensación de falsa calma. *Ella se casará conmigo, todo seguirá su curso*, pensó con alivio cobarde, creyendo que el escándalo había quedado contenido entre esas cuatro paredes.
Lo que Mauricio ignoraba por completo es que la mente brillante y precavida de Salma no dejaba ningún cabo suelto. Días atrás, aprovechando la remodelación, ella misma había mandado a instalar un sistema de cámaras de seguridad ocultas y de alta definición en las zonas clave de la casa, por si en algún momento se presentaba un robo. Cada palabra, cada grito, cada segundo de la traición y la confesión desquiciada de Rebeca había quedado grabado con absoluta nitidez en el servidor privado de Salma.
Cuando Salma llegó a la casa de sus tíos, su estado era deplorable: el maquillaje corrido, el vestido arrugado, temblando de pies a cabeza y con un llanto ahogado que apenas le permitía articular palabra. Clara y Fernando, que la recibieron sobresaltados en la entrada, la rodearon con desesperación mientras le preguntaban una y otra vez qué le había ocurrido.
Con la voz quebrada y entre hipidos de dolor, Salma les soltó la verdad. Les contó cada detalle: cómo los habia encontrado, la confesión de Rebeca, los meses de infidelidad y el desprecio absoluto de ambos.
Al principio, sus padres se quedaron en un atónito silencio; se negaban rotundamente a creer que Rebeca, la niña que había crecido junto a Salma, la que había compartido risas, cenas y abrazos en su propio comedor, fuera capaz de clavarle un puñal de esa magnitud por la espalda. Pero la absoluta devastación en los ojos de Salma disipó cualquier duda.
El dolor se transformó en una fría resolución cuando Salma, secándose las lágrimas con una determinación aterradora, les reveló su plan final.
—La boda sigue en pie —les dijo Salma con voz firme, mirando a los ojos a sus tíos—. Mañana me vestiré de novia. Iré a la iglesia, me prepararé... pero no llegaré a la ceremonia.
Clara y Fernando la miraron desconcertados, sin entender del todo.
—¿Qué piensas hacer, hija? —preguntó Fernando con cautela.
—Voy a dejar que él esté en el altar esperándome frente a todos nuestros invitados, frente a la alta sociedad, frente a sus padres prepotentes y frente a los padres de Rebeca —sentenció Salma con una sonrisa fría y calculadora—. Y en lugar de mí, la pantalla gigante del salón principal transmitirá en alta definición cada segundo del video que grabaron las cámaras de seguridad de mi casa esta noche. Que todo el mundo vea quién es el hombre con el que se iba a casar, y quién es la mejor amiga que lo traicionó. El espectáculo va a comenzar, y esta vez, las reglas las pongo yo.