Lorena Sales se mata trabajando guardias de veinticuatro horas como enfermera para mantener a flote un matrimonio que se desmorona. Su marido Jorge apenas trabaja medio turno y gasta todo en apuestas. Una noche, al regresar del hospital, Lorena encuentra a Jorge acompañado de dos hombres de traje. Llora, pide perdón, y le dice que tiene que acompañarlos.
Jorge la vendió.
Para saldar una deuda de quinientos mil dólares con el dueño de un casino, eligió entregar a su propia esposa. Lo peor es que el comprador no es un desconocido: es Ravi Dumont, el mafioso herido al que Lorena salvó la vida en un camino de tierra semanas atrás. Un hombre que, desde aquella noche, se obsesionó con ella.
Ravi es el don de la mafia italiana. Frío, brutal, dueño de casinos y de la vida de quienes lo rodean. Pero con Lorena, todo cambia. No quiere una esclava ni un trofeo. Quiere que ella lo ame, y está dispuesto a esperar, a desafiarla, a mostrarle un mundo de lujo y peligro hasta que esa mujer de carácter indomable decida quedarse por voluntad propia.
Lorena no se lo va a poner fácil. Tiene temperamento, dignidad y un pasado que le enseñó a no depender de nadie. Pero Ravi sabe jugar sucio, y entre provocaciones, celos, humor crudo y una atracción que ninguno de los dos puede controlar, la línea entre cautiva y cómplice se vuelve cada vez más borrosa.
Sin embargo, el mundo de Ravi está lleno de enemigos. Traiciones desde adentro, alianzas rotas, un rival que se obsesiona con Lorena y una familia que hará lo imposible por separarlos. En esta guerra donde el amor es tan peligroso como una bala, Lorena tendrá que decidir si Ravi es el monstruo que dice ser o el hombre que merece el corazón que nunca le dio a nadie.
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Capítulo 9
Lorena,
Ya que no tengo que mantener la casa, ya no necesito hacer dos guardias, solo una de doce horas. Ya casi es mi hora de salida, cuando aparece una mujer con la mano cortada.
— Hola, ¿hiciste tu ficha?
— Sí, Cibele Ortiz. — Miro en la tablet, y ahí está su nombre. — Estoy embarazada, así que cuidado.
— Ah, sí, ven conmigo, te voy a llevar con la doctora solo para ver que todo esté bien con el bebé. ¿Cómo te cortaste?
— Estaba limpiando mis puñales, y sin querer terminé cortándome la mano. — Es increíble cómo mucha gente se lastima por puras tonterías.
Más aún con un puñal, hay que tener mucho cuidado. Llegamos a la sala de la doctora, y le pido que le haga un ultrasonido, solo para evitar dolores de cabeza después. Se acuesta en la camilla y yo voy limpiando la sangre de su mano. No fue un corte profundo, fue apenas un raspón.
— Lo bueno es que no va a necesitar puntos, solo vamos a limpiar y poner la venda para que no se infecte. — Me da una sonrisa a medias, parece de esas niñas fresas que se creen las dueñas del mundo.
— Bueno, mamá, aquí está el bebé. Tiene aproximadamente ocho semanas.
— Lo descubrí ayer. Hoy le voy a decir al papá, se va a poner muy feliz. ¿Podría darme una copia del ultrasonido, para hacerle una sorpresa, doctora?
— Claro. ¿Cómo se llama el papá?
— ¡Ravi Dumont! — Dejo de respirar cuando escucho su nombre. — Le va a encantar ser papá. — Ella me mira, y yo intento disimular mi sorpresa.
— Bueno, todo está bien, pero es bueno que hagas un seguimiento.
— Vendré con el papá la próxima vez. — Me mira de nuevo, y yo me quedo callada. Ese hijo de puta, me sacó de Jorge cuando embarazó a otra mujer.
El lado bueno de todo esto va a ser que ahora no tengo que seguir atrapada en esta relación con él, estoy segura de que se va a casar con esa mujer llena de sí. Creo que los dos se merecen. Después de que le hago la curación, ella sale de la sala médica y yo salgo también. Se le cae la imagen del ultrasonido, la recojo e intento entregársela, pero desaparece entre la gente.
Ya sé a quién se la voy a entregar, ¡al papá! Voy a la sala de enfermeras, me cambio de ropa, guardo la imagen del ultrasonido en mi bolsa, y salgo del hospital para irme. Pero, cuando llego a la acera, uno de los hombres de Ravi me pide que espere.
— El don ya está llegando a buscarla, señora. Solo tuvo un pequeño imprevisto, pero ya viene.
— Ok. — Digo recargándome en el muro, y lo espero. Como a cinco minutos, aparece con otro auto, no con el que usó para traerme. Baja y abre la puerta para que yo entre.
— ¿Cómo estuvo tu día, mi reina?
— Lleno de sorpresas. — Escucho un ruido que viene de la cajuela. — ¿Qué es eso, Ravi?
— Nada importante. — Cierra la puerta y da la vuelta, entrando al asiento del conductor. El ruido vuelve, como si fuera alguien pidiendo ayuda. — Finge que no estás escuchando nada, no es nadie importante. — Enciende el auto y sigue camino. Pero el ruido me está empezando a molestar, y necesito saber qué hay ahí.
— ¡Detén el auto! — Me mira sin entender. — ¡Detén el auto o voy a abrir la puerta y bajarme así como así! — Estaciona, y yo apenas espero a que se detenga y bajo. Voy a la cajuela y cuando la voy a abrir, Ravi pone la mano enfrente.
— No la abras, te lo estoy pidiendo.
— ¿Quién está aquí adentro, Ravi?
— Una rata que entró a mi casino para hacer una broma, pero terminó siendo capturada. — Lo empujo y abro la cajuela, encontrándome de frente con Jorge, todo amarrado y amordazado. — Ves, no es nadie importante.
— ¿Por qué está aquí? ¿El trato no fue que yo aceptara quedarme contigo, y tú lo dejarías libre?
— Y así sería, pero a él le pareció gracioso meter papel en mis máquinas. Y las personas que me estorban, no quedan vivas para hacerlo de nuevo.
Niego con la cabeza, y levanto a Jorge, ayudándolo a salir de la cajuela.
— Si lo matas, no tiene sentido que yo siga a tu lado. Suéltalo, o me voy, Ravi. — Pone los ojos en blanco y después clava la mirada fija en Jorge.
Saca un estilete del bolsillo, lo sopesa en las manos y después me mira con una sonrisa maliciosa.
— ¿Qué voy a ganar si lo suelto? Porque mira, puedo matarlo, encerrarte en mi casa, y gano de todas formas. Quiero algo a cambio por el sacrificio de dejarlo libre una vez más.
Me acuerdo de la embarazada que fue al hospital, si él quiere hacer chantaje, le voy a joder bien sabroso.
— Puedes pedirme lo que quieras cuando lleguemos a tu casa. — Veo el brillo en sus ojos, y una sonrisa descarada en sus labios.
Gira el estilete en su mano y va detrás de Jorge, y entonces, me mira sonriendo. Pero, de la nada Jorge grita y cae de rodillas al suelo, trayendo sus manos ensangrentadas hacia el frente.
— Fue sin querer, tus dedos estaban entre las cuerdas, no vi cuando los corté.
— Mentira, tú me agarraste los dedos.
— Para nada, yo agarré la cuerda, y tus dos dedos estaban en el camino.
Veo la mentira estampada en la cara de Ravi. Voy a mi bolsa, saco el maletín y vuelvo para hacerle la curación. Busco los dedos, porque puede ser que se puedan reimplantar. Miro para todos lados, pero no los encuentro.
— ¿Dónde están los dedos?
— Ni idea, creo que cayeron para allá. — Señala al otro lado, pero no veo nada. — No creo que valga la pena ponerlos de vuelta, así aprende a no meterse en problemas. Porque la próxima vez, puede que no tenga tu presencia para salvarlo.
Le hago la curación, y le digo que vaya al hospital, porque va a necesitar una inyección antitetánica. Ravi le ordena que se vaya a pie, y me llama para entrar al auto. Jorge se sujeta la mano sin dedos con la otra mano buena, y se va cojeando, mirando hacia atrás.
— Esta noche va a ser deliciosamente caliente. — Dice sonriendo, mientras arranca el auto.
— Sí va a ser, Ravi, caliente e inolvidable.