Sofía Reyes despertó dentro de una novela donde su destino ya estaba escrito.
Era la hermana odiada, la esposa no deseada, la villana descartable que todos iban a culpar. Según la historia original, debía casarse con Leonardo Montero, ser abandonada por él y morir sola después del divorcio.
Pero nadie esperaba un error en el destino.
Leonardo podía escuchar todo lo que ella pensaba.
Sofía solo quería sobrevivir, vengarse de su familia y escapar antes de que el final la alcanzara.
Pero el esposo frío que debía despreciarla empezó a protegerla.
Y cuando ella por fin quiso irse, Leonardo rompió el guion con una sola frase:
—No firmaré el divorcio.
Ahora Sofía tendrá que enfrentarse a una hermana hipócrita, una familia cruel y un destino decidido a destruirla.
Porque si la novela la escribió como villana, ella va a reescribirla como protagonista.
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Capítulo 23
Capítulo 23
El precio de una madre
Rodrigo no citaba a la gente en su bar para conversar.
Bar Nocturno abría al público después de las nueve, con luces color ámbar, música grave y meseros que sabían desaparecer antes de escuchar algo peligroso. Pero debajo del salón principal había otro lugar: una habitación sin ventanas, con paredes forradas de madera oscura, cámaras apuntando solo a la puerta y una mesa larga donde los contratos parecían amenazas antes de tener firma.
Doña Patricia llegó allí a las siete y media de la tarde.
No fue sola.
Valentina la acompañaba, vestida con un conjunto claro que le daba apariencia de hija preocupada. Tenía el cabello recogido con una delicadeza estudiada y los ojos rojos, no por haber llorado mucho, sino por haberlos frotado lo suficiente.
Patricia, en cambio, no había tenido tiempo de componer del todo su personaje. La piel del cuello le temblaba bajo el collar de perlas. El bolso caro estaba apretado contra su vientre como si pudiera protegerla de lo que había venido a buscar.
—El señor Navarro nos está esperando —dijo el encargado.
Patricia levantó la barbilla.
—No somos delincuentes para que nos bajen por una puerta trasera.
El encargado sonrió con cortesía entrenada.
—Aquí todos entran por donde el señor Navarro decide.
Valentina tocó el brazo de su madre.
—Mamá, por favor.
Ese "por favor" funcionó. Patricia tragó el insulto y bajó las escaleras.
Rodrigo las esperaba sentado al fondo, con una copa de agua mineral delante. No había alcohol, no había música, no había invitados. Solo él, dos hombres de seguridad y una pantalla apagada en la pared.
Parecía aburrido.
Eso era lo peor.
—Doña Patricia —saludó—. Vale. Qué honor recibir tragedias familiares antes de abrir.
Valentina endureció la sonrisa.
—Rodrigo, si esto es por Sofía...
—Casi todo últimamente es por Sofía. Pero no se emocionen. Hoy también es por usted, doña Patricia.
Patricia se sentó sin esperar invitación.
—No tengo nada que hablar contigo. Si tienes algún material falso, entrégalo y deja de jugar al mafioso.
Rodrigo ladeó la cabeza.
—Me halaga que piense que juego.
Le hizo una seña a uno de sus hombres.
La pantalla se encendió.
No hubo sonido al principio, solo imagen: el lobby de un edificio de departamentos en la Del Valle, Patricia entrando con lentes oscuros y un pañuelo en la cabeza; luego un elevador; después un pasillo donde un hombre joven, demasiado joven para ser socio de negocios de una señora de sociedad, abría una puerta y la recibía con familiaridad.
Valentina dejó de respirar.
Patricia se puso de pie.
—Apaga eso.
Rodrigo no se movió.
—Todavía no se pone interesante.
—¡Apágalo!
La pantalla se congeló antes de cruzar una línea que ni siquiera Rodrigo necesitaba cruzar. Bastaba con la puerta, la hora, la repetición de visitas, los registros de pagos del departamento y las transferencias a nombre del muchacho. Bastaba con que existiera una historia que la alta sociedad pudiera completar con su imaginación.
Rodrigo apagó la pantalla.
—Tranquila. Tengo buen gusto. No vine a proyectar su vida privada como cine de medianoche.
Patricia estaba pálida.
—¿Cuánto quieres?
Valentina giró hacia ella.
—Mamá...
—Cállate.
El golpe de la palabra no fue para Rodrigo. Fue para la hija perfecta que, por primera vez, no podía salvarla con una lágrima.
Rodrigo apoyó los codos en la mesa.
—Diez mil millones de pesos.
El silencio duró tanto que hasta el zumbido del aire acondicionado pareció volverse parte de la negociación.
Patricia rió.
Una risa seca, sin aire.
—Estás loco.
—Probablemente. Pero sigo siendo más barato que el escándalo.
—No tengo esa cantidad.
—Pero Valentina sí tiene a Joaco.
Valentina se tensó.
Rodrigo la miró con una amabilidad venenosa.
—Ah, perdón. ¿Todavía fingimos que el joven Carranza no paga cada incendio que ustedes provocan?
—No tienes derecho a hablarme así —dijo Valentina.
—Tengo fotos, videos, transferencias y muy poca paciencia. Me parece un paquete bastante completo de derechos.
Patricia clavó las uñas en la mesa.
—Si quieres dinero, habla con Ricardo.
—Ricardo está ocupado manteniendo su propia colección de vergüenzas. Además, usted no quiere que él se entere de esto por mí. Quiere llegar a casa y seguir fingiendo que manda.
Valentina bajó la voz.
—Rodrigo, no hagas esto. Somos amigos desde hace años.
Rodrigo la observó con una curiosidad casi cruel.
—No. Joaco es tu amigo. Sebastián fue tu admirador. Leonardo fue tu proyecto. Yo solo fui alguien que te parecía útil cuando entrabas a lugares donde las niñas buenas no deberían ser vistas.
La puerta se abrió antes de que Valentina pudiera contestar.
Joaquín entró con el rostro desencajado.
Había recibido el mensaje de Valentina veinte minutos antes. "Rodrigo está amenazando a mi mamá. Tengo miedo." Eso bastó. Durante años, esas dos palabras, "tengo miedo", habían sido una orden más fuerte que cualquier contrato de Grupo Carranza.
Detrás de él apareció Sofía.
Rodrigo sonrió.
—Qué rápido llegó el caballero.
Joaquín ignoró la burla y fue directo hacia Valentina.
—¿Estás bien?
Valentina se aferró a su brazo.
—Quiere destruir a mi mamá.
Sofía se quedó cerca de la puerta. Leonardo no estaba con ella; eso incomodó a todos más de lo que habría incomodado su presencia. Una Sofía sola ya no parecía vulnerable. Parecía una decisión.
—Rodrigo —dijo—, ¿qué estás haciendo?
—Negocios.
Ella miró la pantalla apagada, el rostro cenizo de Patricia, la mano de Valentina sobre Joaquín.
—Esto no es negocios. Es una ejecución pública sin público.
Rodrigo la miró con más atención.
—¿Y te molesta?
—Me molesta que desperdicies una bala para dispararle a una sombra.
Patricia soltó una risa amarga.
—Mira nada más. La hija ingrata vino a defenderme cuando ya no le conviene.
Sofía la miró.
No había ternura.
Tampoco odio fácil.
—No vine a defenderte. Vine a evitar que alguien aquí confunda justicia con placer.
Rodrigo inclinó la cabeza.
—¿Y si me gusta el placer?
—Entonces cómprate una botella. No uses a una mujer asustada para presumir poder.
Los hombres de seguridad fingieron no escuchar.
Joaquín sí escuchó. Miró a Sofía como si no supiera qué hacer con una persona que podía destruir a Patricia y, aun así, poner un límite.
Valentina también la miró.
Con odio.
Porque Sofía acababa de hacer lo que ella nunca hacía: renunciar a una ventaja fácil.
[Qué cuadro tan precioso. La madre infiel, la hija santa, el perro faldero y el rey de los antros jugando a ver quién es más sucio. Lástima que el guion original todavía era peor.]
Rodrigo levantó apenas la vista.
Joaquín también se quedó inmóvil.
Sofía no notó ninguna de las dos reacciones. Su voz interior siguió, libre y filosa.
[En la novela, este sería uno de esos momentos donde Rodrigo empieza a interesarse por Vale. Sí, claro. Porque nada dice romance como verla usar a Joaco de cajero automático y fingir temblor frente a una pantalla apagada.]
Rodrigo apoyó lentamente la espalda contra la silla.
¿Él?
¿Interesarse por Valentina?
El absurdo le habría dado risa si no fuera porque esa voz ya había acertado demasiadas cosas.
Joaquín, en cambio, sintió que algo se le hundía en el pecho. No por Rodrigo. Por la palabra "usar". Había oído variaciones antes, pero esa noche, con la mano de Valentina todavía cerrada en su manga, sonó distinta.
—Suelta mi brazo —dijo.
Valentina levantó la vista, aturdida.
—Joaco...
—Solo un momento.
Ella obedeció porque había gente mirando.
Rodrigo sonrió con lentitud.
—Mira, Sofía. Estás haciendo labor social.
Sofía avanzó hasta la mesa.
—Quieres diez mil millones. Bien. Pero no los pidas por el video de Patricia. Pídelos por contratos, por daños, por las empresas que Lirio usó para mover dinero. Que Joaco sepa exactamente qué está pagando.
Patricia frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
—De lo que Valentina no te cuenta.
Valentina perdió el color.
—Sofía.
—¿Te incomoda la honestidad? Qué raro.
Joaquín la miró.
—¿Qué contratos?
Sofía abrió la boca, pero El Destino apretó el aire dentro de su garganta. La palabra exacta no salió. No podía decirlo todo. No podía romper la trama con una frase.
Su voz interior, en cambio, no sabía quedarse callada.
[Ay, Joaco. Si supieras que tus diez mil millones no solo alimentan el capricho de Vale. También son la cuerda con la que te van a colgar. Primero los Carranza te investigan, luego Nicolás usa los huecos para entrar, y después don Alejandro te mira como un hijo defectuoso.]
Joaquín se quedó rígido.
Rodrigo dejó de sonreír.
Nicolás.
Otra vez ese nombre.
Sofía se llevó una mano al cuello, molesta por la censura invisible.
—Investiga tus propios pagos —dijo al fin—. Y deja de firmar cosas que solo entiendes cuando ya te están sangrando.
Joaquín no respondió.
Valentina sí.
—No tienes derecho a meterte entre nosotros.
Sofía se volvió hacia ella.
—Entre ustedes no hay nada donde meterse. Solo hay una deuda con maquillaje.
La frase golpeó a Valentina donde más le dolía: en el control de la escena. Su rostro se tensó, y por primera vez dejó de parecer dolida para parecer peligrosa.
Patricia tomó su bolso.
—Nos vamos.
Rodrigo levantó un dedo.
—No sin una respuesta.
—No vas a recibir ni un peso.
—Entonces el video sale.
Sofía lo miró.
—No.
La palabra fue seca.
Rodrigo la sostuvo con los ojos.
—¿Me estás dando órdenes en mi bar, gatita?
—Te estoy recordando que, si quieres derrumbar a Patricia, hay formas más limpias. Y más útiles.
Por un instante, pareció que Rodrigo iba a reírse de ella.
Luego apagó la pantalla con el control y lo dejó sobre la mesa.
—Tienen veinticuatro horas para conseguirme información financiera real de Lirio. Si no, vuelvo a lo vulgar.
Patricia no entendió el cambio.
Valentina sí.
Sofía acababa de convertir una humillación privada en una investigación financiera. Eso era mucho peor para ella.
—Vámonos, mamá —dijo.
Joaquín no se movió con ellas de inmediato.
Se quedó mirando a Sofía.
—¿Nicolás qué tiene que ver con mi familia?
Sofía sintió otra vez el candado en la garganta.
La respuesta no salió.
Pero su mente, agotada de esquivar trampas, siguió hablando.
[Mucho, Joaco. Demasiado. Nicolás no es solo el asistente fiel de Leo. Es el hijo escondido de don Alejandro Carranza. El hijo de Violeta Sierra. El hijo que tu padre nunca reconoció, pero que usará para quitarte todo si sigues entregándole armas a Vale.]
Joaquín oyó cada palabra.
Rodrigo también.
Ambos quedaron demasiado quietos.
Valentina, desde la puerta, no entendió por qué de pronto el aire parecía haberse helado.
Sofía suspiró.
—Investiga —fue lo único que pudo decir en voz alta.
Joaquín asintió una vez.
Como si ya no pudiera permitirse no hacerlo.
Cuando todos salieron, Rodrigo se quedó solo en la habitación subterránea. Sus hombres esperaban instrucciones.
Él no dio ninguna.
En la pantalla apagada se reflejaba su rostro, más serio de lo habitual.
Nicolás, hijo de don Alejandro.
Don Alejandro, conectado con todo.
Y algo más, algo que Sofía había pensado apenas antes, algo que le había rozado la cabeza como una navaja:
[Renata, la madre de Joaco, también tuvo un secreto. Marcos Navarro no murió solo por negocios. Murió porque amó a la mujer equivocada.]
Rodrigo cerró los ojos.
Marcos Navarro.
Su padre.
Renata Vega.
La madre de Joaquín.
El bar entero, arriba, empezó a llenarse de música.
Abajo, en la sala sin ventanas, Rodrigo siguió sentado frente a la pantalla apagada hasta que el hielo de su vaso se derritió por completo.
Esa noche, al llegar a casa, sacó una fotografía vieja de su padre.
Marcos sonreía con esa seguridad abierta que Rodrigo casi no recordaba. Tenía un violín en una mano y la otra apoyada sobre el hombro de un niño de quince años que todavía no sabía cómo se veía la muerte cuando venía disfrazada de accidente.
Rodrigo pasó el pulgar por el borde gastado de la foto.
—Papá —murmuró—, ¿qué demonios no me contaste?