Dos familias unidas por años de amistad se ven divididas por mentiras, celos y amores prohibidos. En el corazón de la tormenta: dos gemelos que deberían ser inseparables, pero que se convierten en enemigos por el cariño de todos y el amor del mismo chico; dos hermanos que ocultan sus sentimientos tras máscaras de dureza y crueldad; y un mundo donde la lealtad se paga con sangre y el amor se castiga con silencio. Un final que romperá todas las cadenas.
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— Fuego oculto
Mientras la guerra entre los gemelos crecía, Damián y Alessandro vivían su propio infierno. Se amaban desde hacía años, con una pasión violenta, descontrolada, pero ninguno de los dos se atrevía a admitirlo. Eran hombres fuertes, admirados, rodeados de chicas hermosas que suspiraban por ellos. Decir que se amaban sería destruir todo lo que eran, todo lo que sus familias esperaban de ellos.
Así que peleaban. Se gritaban, se retaban, hasta se empujaban con fuerza, como si cada uno quisiera derribar al otro, como si la rabia fuera la única forma de tocarse sin admitir lo que realmente sentían. Las palabras se volvían dagas, las miradas llamas, y cuando el eco de los gritos se apagaba y quedaban solos , en algún lugar escondido, su furia se convertía en deseo puro.
—Eres un maldito arrogante —le decía Damián, con la respiración entrecortada, y lo tomaba por el cuello para atraerlo hacia sí, mordiéndole los labios con fuerza, con hambre, como si quisiera devorarlo y castigarlo a la vez.
—Y tú un niño que cree que todo lo puede —respondía Alessandro, apretándole la cintura hasta dejarle marcas—. Pero eres mío. ¿Lo entiendes? Mío.
— Yo no soy de
nadien, menos tuyo Idiota—Demian le responde, esquivando la mirada aunque su cuerpo se inclinaba hacia él sin querer, traicionándolo.
—Jaja, ¿ah sí? Ya lo veremos, mocoso —le susurró Alessandro con una sonrisa oscura y lenta, y bajó la boca hasta su cuello, besando, mordiendo, recorriendo cada línea de su piel con calma posesiva, siguiendo el rastro de su vena hasta llegar al borde de su camisa, y siguió bajando con devoción feroz hacia su pecho, marcando cada centímetro como si fuera su territorio.
—Alessandro… —Damián lo empujó con brusquedad, separándolo apenas, con los ojos encendidos y el pecho subiendo y bajando agitado. Se apartó un paso, se arrodilló despacio frente a él, y alzó la mirada con una provocación desafiante, lenta, como si le dijera con los ojos: adelante
—Alessandro… no me provoques —repitió, más suave, casi un susurro que se le escapó sin querer.
Alessandro se dejó llevar. Bajó despacio su pantalón ,su ropa interior en un solo movimiento hasta dejarlo expuesto, el rostro de Demian lo tenía tan cerca que casi lo tocaba y sus respiraciones se aceleraban al unísono. Damián lo miró y todavía se sorprendía del tamaño: grande, tan largo y ancho que lo hizo tragar saliva sin darse cuenta. Lo tomó con sus manos, sintiendo el calor y el latido bajo su piel, besó la punta con suavidad y luego fue recorriendo toda la longitud, despacio con su lengua, con cuidado y con hambre a la vez.
Se metió lo que le entraba...su boca le dolía por la fuerza que ejercía, y sus ojos se le llenaron de lágrimas que no sabía si eran de rabia ó dolor placentero. Alessandro no aguanto más y le sostuvo la cabeza con firmeza, casi con brusquedad, y lo acercaba y lo alejaba hasta el tope con movimientos rápidos y decididos, como si quisiera romperle la garganta, le exigía que lo mirara que entendiera que no había escapatoria de lo que sentían los dos.
—Mírame —le exigió con voz ronca, sin aflojar el agarre, sus ojos clavados en los de él—. No apartes la mirada. No te escondas pajarito. Tú y yo sabemos que esto no se acaba con una pelea ni con un empujón.
Damián tenía la respiración entrecortada, las lágrimas a punto de caer, y luchaba por mantener la respiración y la dignidad.
—Me haces daño —susurró, con voz temblorosa pero desafiante—. Siempre haces daño.
—Y tú a mí —reconoció Alessandro, aflojando poco a poco las manos, aunque sin soltarlo del todo—. Me haces perder el control. Me haces sentir cosas que no quiero sentir. Y eso me enfurece más que cualquier pelea.
Lo soltó de golpe, como si de repente se diera cuenta de la fuerza con que lo había estado sujetando. Damián dio un paso atrás, llevándose una mano a la boca, frotándose como si quisiera borrar el contacto, aunque sus ojos no se apartaban de Alessandro ni un segundo.
—Entonces aléjate —le dijo Damián, con voz quebrada pero firme—. Si te molesta tanto lo que sientes… aléjate. Déjame en paz.
Alessandro se quedó en su lugar, mirándolo, con el ceño fruncido y la mandíbula tensa, luchando consigo mismo entre la rabia y algo que se le parecía demasiado a la ternura.
—No puedo —murmuró, casi para sí mismo—. Y maldita sea, no sé por qué.
Los dos, hicieron el amor con rudeza, como si fueran enemigos reales, marcándose, haciéndose daño y placer a la vez. Ninguno quería ceder, ninguno quería mostrar debilidad.
—Te odio —decía Damián entre gemidos.
—Pues demuéstralo —retaba Alessandro, penetrándolo con fuerza, llenándolo de golpe—. O admite que te vuelvo loco, mi pajarito.
Y Damián callaba, porque era verdad. Eran tóxicos, eran crueles, pero eran el uno para el otro. Y nadie podía saberlo. Si sus padres se enteraban, todo se derrumbaría. Los Moretti buscaban alianzas, matrimonios con las hijas de familias poderosas,. Y los Alvarado no entenderían jamás.
—Demian, con el ceño fruncido — No soy tú pajarito tonto —respodio —
Una noche, después de una pelea feroz, estaban recostados en el suelo de la vieja bodega de la casa Moretti.
—Algún día nos descubrirán —dijo Damián bajito.
—Que lo intenten —respondió Alessandro, tomándole la mano—. Nadie nos va a separar, eres mi pajarito favorito. Aunque tenga que matar a todos.