Una noche lo destruyó todo. Una trampa, una droga, un hombre que no pudo controlarse. Fernanda Arévalo perdió su pureza, su beca y su fe en el mundo a manos de Tristán Bracamonte, el heredero más poderoso —y más cruel— del país. Huyó sin mirar atrás, jurando enterrar aquella noche para siempre.
Seis años después, la vida tiene un sentido del humor perverso.
Fernanda ya no es el patito feo al que todos humillaban en la universidad. Ahora es una mujer imponente, madre soltera de un niño brillante, y acaba de ser contratada como secretaria personal del nuevo CEO del Grupo Bracamonte. El mismo hombre. La misma mirada gélida. El mismo apellido que le arrebató todo.
Pero Tristán tampoco es el mismo. Detrás de su fachada de hielo, lleva seis años buscando a la chica que desapareció sin dejar rastro, atormentado por una culpa que no lo deja dormir. Y cuando su nueva secretaria lo mira con esos ojos cristalinos que le resultan imposibles de olvidar, algo dentro de él se quiebra.
Ella finge no conocerlo. Él finge no sospechar. Pero los secretos tienen fecha de caducidad.
Mientras Fernanda lucha por mantener oculta la identidad del padre de su hijo, una mujer del pasado urde un plan siniestro para destruirla. Secuestros, traiciones empresariales, una hermana gemela que nadie sabía que existía y una red criminal que se extiende desde Ciudad de México hasta las costas de Maldivas convergen en una trama donde el amor y la venganza comparten la misma cama.
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Capítulo 2
La luz del sol matutino se filtró por la ventana de la habitación del hotel, iluminando el cuarto que había sido testigo mudo de la destrucción de una joven. Fernanda despertó lentamente. Su cuerpo se sentía completamente destrozado, rígido y dolorido hasta los huesos, consecuencia del embate despiadado que había soportado la noche anterior. A su lado, Tristán seguía dormido plácidamente, roncando suavemente como si nada hubiera ocurrido, aún bajo el efecto residual de la droga y el alcohol.
Fernanda giró la cabeza y contempló el rostro del hombre dormido con una mirada colmada de odio profundo. Tenía el pecho oprimido. Las lágrimas volvieron a brotar al tomar conciencia de la crueldad con que el destino se había ensañado con ella.
El hombre a su lado... era el mismo al que ella había admirado en secreto desde la preparatoria.
Los recuerdos comenzaron a reproducirse en su mente. Su primer encuentro había sido fugaz, en una tienda de autoservicio cerca del lugar donde Fernanda daba clases particulares a niños de primaria. En aquel entonces, ella era una estudiante destacada, alegre e incansable. A pesar de vivir al día, no dudaba en dedicar sus tardes después de la escuela a trabajar para ayudar a su madre.
Aquella tarde, mientras hacía fila para comprar una botella de agua, su atención fue cautivada por un joven apuesto y gallardo a su lado. El muchacho llevaba la chaqueta con el escudo de la Universidad Autónoma de Monterrey, una de las universidades más prestigiosas y exclusivas del país. Desde ese instante, Fernanda sembró un gran sueño en su corazón. Se juró que estudiaría con todas sus fuerzas para ingresar a esa universidad mediante una beca, con la esperanza de volver a ver a aquel "príncipe" que la había deslumbrado.
Pero la realidad la abofeteó con crueldad. Cuando por fin alcanzó aquel sueño a base de sudor y lágrimas, la universidad de sus ilusiones se convirtió en un infierno. El hombre que durante años había imaginado como un príncipe de cuento de hadas resultó ser un monstruo con apariencia humana.
—Me arrepiento... me arrepiento tanto —susurró Fernanda con la voz casi inaudible, las palabras atrapadas en su garganta.
Sin deseos de permanecer un instante más en aquella habitación asfixiante, Fernanda forzó a su cuerpo a moverse. Con lentitud y cuidado para no hacer ruido, bajó de la cama. Cada movimiento le provocaba un dolor punzante en su intimidad, pero se armó de valor.
Fue recogiendo una a una las prendas desgarradas y esparcidas sobre el frío suelo. Conteniendo el llanto que amenazaba con estallar de nuevo, se vistió con las manos temblando violentamente. Tras asegurarse de que su apariencia estuviera lo suficientemente cubierta, sin voltear atrás, salió a paso rápido de la habitación, dejando a Tristán dormido, y juró en su interior enterrar aquella noche infernal en lo más profundo de su ser.
La luz del sol, cada vez más intensa, finalmente obligó a Tristán a abrir los ojos. La cabeza le dolía horriblemente, le palpitaba como si la hubieran golpeado con algo contundente. Con una mueca de dolor, se dio palmadas bruscas en la frente, intentando espantar el mareo que lo atormentaba. Pero conforme la jaqueca cedía, los fragmentos de la noche anterior comenzaron a reproducirse en su cabeza como una cinta descompuesta.
Tristán se quedó helado. Su conciencia regresó de golpe.
—¡Aaahh... maldita sea! ¿Por qué fui a hacerle eso? —se maldijo a sí mismo. Su voz destilaba frustración—. Patita... perdóname... ¡Estuve completamente fuera de control!
Tristán giró rápidamente la mirada hacia el otro lado de la cama. Pero la joven a la que solía apodar el patito feo ya había desaparecido, dejando solo un espacio vacío y frío. Con las manos temblorosas, apartó la gruesa cobija. En ese instante, su pecho recibió un golpe demoledor al ver la mancha de sangre seca sobre la sábana blanca.
Una culpa aplastante le atravesó el corazón de inmediato. Tristán apretó los puños y golpeó el colchón una y otra vez para descargar su rabia.
—¡Malditos! Esto tiene que ser obra de Andrés e Ignacio. ¡Esos dos no le temen a la muerte! —gruñó con la mandíbula apretada.
Tristán se levantó de la cama de inmediato. Con la furia ardiéndole en el pecho, se apresuró a asearse y salió del hotel. Su mente tenía un solo objetivo: arrastrar a aquellos dos desgraciados y hacerles pagar por lo ocurrido esa noche.
*
*
Mientras tanto, en un pequeño departamento de renta sumido en el silencio, Fernanda entró con el cuerpo temblando y el alma vacía. En un rincón de la sala, su madre, doña Camila, cosía un vestido por encargo de la presidenta de la junta vecinal. Al escuchar la puerta abrirse, doña Mila volteó de inmediato. Su rostro desvelado y preocupado se transformó en pánico al instante.
—¡Dios mío, mija! ¿Dónde te habías metido? ¿Por qué llegas hasta ahora? —preguntó doña Mila mientras se levantaba apresuradamente de su asiento.
Esa pregunta fue la chispa que derrumbó las defensas de Fernanda. Sin previo aviso, estalló en llanto. Se lanzó a abrazar con fuerza a su madre, derramando todo el terror que había contenido hasta entonces.
—Mamá... quiero irme de aquí. ¡No quiero seguir estudiando ahí, mamá! —gimió Fernanda entre sollozos histéricos.
Doña Mila se quedó petrificada, incapaz de creer las palabras que acababan de salir de la boca de su única hija, conocida por ser una estudiante brillante y resiliente.
—¿Estás segura, mija, de esa decisión? —preguntó doña Mila con la voz temblorosa.
Fernanda asintió con fuerza entre los brazos de su madre.
—Segura, mamá. ¿Todavía... todavía podemos inscribirnos en el programa de reubicación del gobierno?
Al escuchar una petición tan extrema, doña Mila soltó lentamente el abrazo y tomó a su hija por los hombros. La miró fijamente al rostro, pálido como la cera.
—Mija, explícame. ¿Qué fue lo que te pasó?
Con las pocas fuerzas que le quedaban, Fernanda finalmente relató todo el infierno que había vivido. El acoso, las apuestas, hasta la trampa de aquella noche mientras trabajaba medio tiempo en una cafetería cerca de la universidad. Al escuchar el relato, doña Mila entró en shock. Su corazón pareció dejar de latir.
—Dios mío, mija... ¿Por qué te callaste todo este tiempo? ¿Así que durante un mes te estuvieron acosando tus propios compañeros? —lloró doña Mila, con el corazón hecho pedazos—. Mija, ¿qué te dije el otro día? Esa universidad no era para ti. ¡Mejor hubieras estudiado donde Fabiana, todavía tengo unos ahorros para la inscripción!
—¡No, mamá! Ya no quiero vivir en esta ciudad. Todos son crueles, y anoche... anoche me violaron, mamá —gimió Fernanda, antes de hundir el rostro empapado en el pecho de su madre.
El llanto de doña Mila se convirtió en un alarido de dolor. Las piernas se le aflojaron; estuvo a punto de desmayarse al enterarse de la amarga verdad de que la pureza de su hija le había sido arrebatada a la fuerza. Quiso denunciarlo ante las autoridades, pero era consciente del muro infranqueable que se les interponía. Tristán Bracamonte era hijo del empresario más poderoso y dueño de la fundación que financiaba aquella universidad. Denunciarlo ante la policía era como firmar su propia sentencia de muerte. Jamás ganarían.
Con el corazón destrozado pero pensando en la salud mental de su hija, doña Mila accedió finalmente a la petición de Fernanda.
Ese mismo día, con el último resquicio de valentía que le quedaba, Fernanda se dio de baja oficialmente de la Universidad Autónoma de Monterrey, la imponente institución que, irónicamente, pertenecía a la familia de Tristán. Sin perder tiempo, Fernanda y su madre empacaron sus pertenencias y tramitaron su mudanza lo más rápido posible. Eligieron huir lo más lejos que pudieran, acogiéndose al programa de reubicación hacia Veracruz, para enterrar el pasado y comenzar una vida nueva.
Continuará...