Lucy creía que su vida era una sucesión de días predecibles: clases en la universidad, el mismo camino de regreso a casa, libros bajo el brazo y la certeza de que nada extraordinario podría sucederle en una tarde gris de otoño.
Hasta que choca con él.
Wonho aparece de la nada, con sus ojos oscuros que parecen guardar secretos de siglos, su abrigo impecable y ese libro de cuero marrón que lleva siempre consigo, cerrado con un cierre de latón que brilla tenuemente en la penumbra. Es un enigma con forma de persona, alguien que no pertenece a su mundo de rutinas y certezas.
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El refugio de los siglos
La puerta se cerró tras ellos con un golpe suave que encerró el mundo exterior y sus ruidos, sus peligros y sus prisas. Lucy se quedó de pie en el umbral de un pasillo oscuro, respirando hondo el aire cálido que la envolvía, mezcla de madera vieja, incienso suave y el olor inconfundible de libros antiguos. Era un aroma que le resultaba extrañamente familiar, como si hubiera respirado lo mismo en sueños que había olvidado al despertar.
Wonho encendió una lámpara de aceite que colgaba de la pared, y la luz dorada se expandió despacio, revelando las paredes recubiertas de estanterías que subían hasta el techo alto, cargadas de volúmenes de todos los tamaños y épocas. El pasillo llevaba a una sala amplia, con un techo de vigas de madera oscura, ventanas altas cubiertas de cortinas gruesas de terciopelo granate y una chimenea grande donde un fuego pequeño y constante bailaba, proyectando sombras danzantes por todo el espacio.
—Este es mi refugio —dijo Wonho, soltando finalmente su mano, aunque Lucy sintió que la falta de su contacto le dejaba una sensación de vacío frío en los dedos—. Nadie más conoce este lugar. Llevo aquí muchos años.
Lucy avanzó despacio, maravillada, pasando los dedos por los lomos de los libros sin tocarlos del todo. Eran miles. Algunos de cuero desgastado, otros de tela con bordados desvaídos, otros con cierres de metal que brillaban tenuemente bajo la luz de la lámpara. En las mesas había mapas antiguos enrollados, frascos de vidrio con sustancias de colores extraños, instrumentos de medición que no reconoció. No era una casa cualquiera. Era un museo de secretos, un archivo de historias que el mundo había olvidado.
—¿Cuántos años tienes, Wonho? —preguntó ella en un susurro, girándose para mirarlo. Él se había quitado el abrigo y lo había colgado en una percha de madera, revelando una camisa blanca de cuello alto que le quedaba perfecta, y un reloj de bolsillo de plata que colgaba de su cinturón. Se veía joven, tan joven como ella, pero sus ojos… sus ojos tenían la mirada de alguien que ha visto demasiado, que ha vivido demasiado.
Wonho sonrió, esa sonrisa melancólica que nunca llegaba a sus ojos. Se acercó a la chimenea y extendió las manos hacia el fuego, como si buscara calor que su cuerpo parecía no producir por sí mismo.
—Es una pregunta complicada —respondió finalmente—. Mi cuerpo tiene la edad que ves. Veintitrés años. Pero mi alma… mi alma lleva caminando por este mundo mucho más tiempo que eso.
Lucy sintió cómo se le helaba la sangre. No debería sorprenderla, después de todo lo que le había contado sobre guardianes y promesas antiguas. Pero escucharlo decirlo en voz alta, verlo allí de pie tan real y tangible, hacía que todo fuera más difícil de procesar.
—Eres… inmortal —dijo, no como una pregunta, sino como una constatación que le dolía en el pecho.
—No inmortal —corrigió él suavemente—. Puedo morir. Si me hieren de la manera correcta, si los Recolectores logran quitarme el libro que protejo… desapareceré para siempre. Pero mientras cumpla mi deber, mientras guarde lo que me fue encomendado, el tiempo pasa por mí de una manera… distinta. He visto cambiar ciudades enteras. He visto nacer y morir generaciones. Y durante todo ese tiempo, he estado buscando una cosa.
Él se giró hacia ella, y sus ojos oscuros se clavaron en los suyos con una intensidad que le quitó el aliento.
—A ti —dijo simplemente.
Lucy contuvo la respiración. El corazón le golpeaba las costillas con una fuerza que dolía. Había imaginado muchas respuestas, muchas explicaciones, pero ninguna tan directa, tan abrumadora como esa.
—¿Yo? —repitió, con la voz quebradiza—. ¿Por qué a mí? ¿Qué tengo yo que sea tan importante para que esperes siglos?
Wonho dio un paso hacia ella, y luego otro, hasta que estuvieron a muy poca distancia, separados solo por el aire cálido de la chimenea. Levantó una mano y, con una lentitud deliberada, rozó la línea de su mandíbula con la yema de los dedos. Su tacto seguía siendo frío, pero esa vez Lucy no sintió escalofríos. Sintió una corriente de calor que le recorrió todo el cuerpo, como si un recuerdo antiguo hubiera despertado en su interior.
—Hace mucho tiempo —empezó a decir, y su voz sonó más profunda, más antigua, como si estuviera leyendo una historia escrita en su propia alma—, hubo una mujer que se atrevió a desafiar a los Recolectores para proteger lo que ellos querían robar. Era valiente, terca, increíblemente brillante. Y yo… yo fui quien estuvo a su lado. Prometimos que nos encontraríamos en cada vida, que ninguna separación sería definitiva. Pero ella murió antes de que pudiéramos cumplir nuestra promesa. Y los Recolectores pensaron que habían ganado.
Lucy sintió que las lágrimas se le llenaban los ojos sin entender por qué. Dolía escucharlo. Dolía como si hubiera sido ella quien hubiera vivido aquella pérdida, como si el recuerdo fuera suyo también.
—Pero cada vez que renaces —continuó Wonho, y su voz se quebró un poco, revelando una emoción que había guardado durante siglos—, yo te encuentro. No siempre es fácil. A veces pasan años antes de que nuestros caminos se crucen. A veces no te acuerdas de nada, y debo conformarme con verte desde lejos, asegurándome de que estés a salvo. Pero esta vez… esta vez es diferente. Esta vez has despertado antes. Has sentido lo que otras veces tardaste años en sentir. Esta vez, Lucy, podemos terminar lo que empezamos.
—¿Qué es lo que tenemos que terminar? —preguntó ella, aunque una parte de ella ya lo sabía. Una voz profunda en su interior resonaba con cada palabra de él, como si su alma lo recordara.
—Cerrar el ciclo —respondió él, bajando la mano pero sin apartar la mirada—. Destruir el poder de los Recolectores para siempre. Cumplir la promesa que nos hizo separarnos. Y finalmente… finalmente estar juntos sin que nada ni nadie nos vuelva a separar.
Lucy cerró los ojos un instante, dejando que las palabras se asentaran en su mente. Todo era demasiado grande, demasiado increíble, demasiado para una chica que hacía apenas unas semanas se preocupaba solo por aprobar exámenes y llegar a tiempo a casa. Y sin embargo, no sentía miedo. No con él cerca.
Abrió los ojos y lo miró de verdad, viendo más allá del chico misterioso que había chocado con ella en la calle. Vio al guardián que había caminado solo durante siglos. Vio al hombre que había esperado por ella vida tras vida. Vio a alguien que la amaba desde antes de que ella siquiera existiera en esta encarnación.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes? —preguntó, con una mezcla de ternura y reproche en la voz—. ¿Por qué dejaste que creyera que era solo un encuentro casual?
Wonho suspiró, y el sonido le reveló todo el cansancio de siglos de soledad.
—Porque cada vez que te lo he dicho antes —admitió con amargura—, el miedo te ha hecho alejarte. Y cada vez que te alejas, los Recolectores encuentran la manera de hacerte daño. Esta vez quería que fuera tu corazón quien te llevara a mí, no solo mis palabras. Quería que tú misma sintieras la verdad, sin que yo tuviera que convencerte de nada.
Lucy entendió. Entendió el miedo que había detrás de su distancia, el dolor de haberla perdido una y otra vez. Sin pensarlo dos veces, dio un paso hacia adelante y lo abrazó, rodeando su cintura con los brazos y apoyando la cabeza en su pecho. Wonho se tensó un instante, como si no se atreviera a creer que ella realmente estaba allí, en sus brazos, y luego la rodeó con fuerza, aferrándose a ella como si temiera que se desvaneciera entre sus dedos.
—Esta vez es diferente —le dijo Lucy al oído, sintiendo cómo su corazón latía al unísono con el de él, aunque el de él fuera más lento, más antiguo—. No me alejaré. Lo siento en lo más profundo de mí. Te conozco. He conocido tu alma desde siempre.
Wonho la apretó más fuerte, y Lucy sintió gotas cálidas caer en su cabello. Lágrimas. Lágrimas de alguien que había esperado demasiado tiempo para este momento.
Se quedaron así abrazados durante largo rato, junto a la chimenea, mientras el fuego bailaba y los libros antiguos guardaban silencio, testigos de un reencuentro que había tardado siglos en llegar. Por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos se sentía solo.
Pero la paz no duró mucho. Un sonido agudo, como el cristal rompiéndose en la distancia, hizo que ambos se separaran de golpe. Wonho se puso tenso al instante, todo su cuerpo en alerta, y cruzó la sala de un solo paso hasta una de las ventanas. Apartó la cortina un instante y miró hacia afuera. Cuando se giró hacia Lucy, su expresión había vuelto a ser seria, preocupada.
—Se acercaron —dijo, y su voz sonó fría, decidida—. Saben que estoy aquí. Y saben que tú estás conmigo.
Lucy sintió cómo el miedo regresaba, pero esta vez no estaba sola. Se acercó a Wonho y tomó su mano, entrelazando sus dedos con los suyos.
—¿Qué hacemos? —preguntó, mirándolo a los ojos con determinación.
Wonho le apretó la mano, devolviéndole fuerza.
—Nos preparamos —respondió él, y sus ojos oscuros brillaron con una nueva resolución—. Porque esta vez no nos esconderemos. Esta vez, terminaremos esto de una vez por todas.