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LA GORDITA Y SUS AMANTES

LA GORDITA Y SUS AMANTES

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Dejar escapar al amor / Romance de oficina / La mimada del jefe
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Sanfueca

Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...

NovelToon tiene autorización de Sanfueca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Asfalto, adrenalina y el peso de un maletín

La mañana del lunes amaneció con un cielo gris plomo sobre la ciudad. Era el día de la audiencia inicial del caso Méndez.

Sandra se sentó en el asiento del copiloto del auto de Diego, aferrando su maletín de cuero negro contra su pecho. Dentro, envuelta en una funda de plástico, estaba la libreta de Roberto Méndez. La prueba que destruiría al licenciado Rivas y sacaría a Lucía de la cárcel.

Diego conducía en silencio. Sus nudillos estaban blancos sobre el volante. Llevaba la misma chaqueta de mezclilla oscura y unas botas negras. No había música en la radio. Solo el sonido del motor y la respiración agitada de Sandra.

—Todo va a salir bien, San —dijo Diego de repente, sin apartar la vista del tráfico—. Llegamos, presentas la evidencia, el juez la acepta y esta pesadilla se acaba.

—Lo sé —murmuró Sandra, aunque su estómago era un nudo de ácido—. Es solo que... Rivas no se va a quedar de brazos cruzados.

—Si intenta algo, tendrá que pasar por encima de mí —dijo Diego. No sonó como una frase de película. Sonó como una promesa de sangre, dicha con la calma absoluta de un hombre que ya había tomado su decisión.

El estacionamiento del Palacio de Justicia era un laberinto de concreto, columnas grises y sombras alargadas. Diego estacionó el auto cerca de la entrada principal, donde había cámaras de seguridad y guardias del juzgado.

Julián ya los estaba esperando. Llevaba un traje azul marino impecable, pero su postura rígida y la forma en que escaneaba el perímetro delataban su tensión. Al verlos bajar del auto, caminó rápidamente hacia ellos.

—Buenos días —dijo Julián, su voz grave resonando en el espacio cerrado—. ¿Tienen la libreta?

—Aquí está —respondió Sandra, levantando el maletín un centímetro.

Julián asintió. —Los guardias de la entrada están alertados. Galvis habló con el director del juzgado. Estamos a dos minutos de la sala. Caminemos juntos.

Los tres comenzaron a caminar hacia la entrada de cristal. El sonido de sus pasos resonaba en el concreto. Sandra iba en el medio. Diego a su izquierda, Julián a su derecha. Una formación perfecta.

Faltaban diez metros para la puerta.

De repente, una camioneta negra sin placas dobló la esquina del estacionamiento a toda velocidad, subiendo la rampa peatonal y bloqueándoles el paso. El motor rugió. Las puertas traseras se abrieron de golpe.

Dos hombres bajaron. Llevaban chaquetas oscuras y guantes de cuero. No sacaron armas de fuego, pero el hombre de la izquierda sacó una navaja de resorte que se abrió con un clic metálico y seco.

—El maletín, licenciada —dijo el hombre de la navaja, con voz ronca—. El licenciado Rivas se lo manda a pedir. Y si grita, le abrimos la cara a su amigo.

El tiempo se detuvo.

Sandra sintió que el aire se le congelaba en los pulmones. El miedo, puro y primitivo, le paralizó las piernas. Pero sus manos, por instinto, apretaron el asa del maletín contra su pecho. No. Es mi caso. Es la libertad de Lucía.

Antes de que Sandra pudiera reaccionar, Diego se movió.

No pensó. No calculó. Simplemente se interpuso entre Sandra y los hombres, empujándola con fuerza hacia atrás, hacia la columna de concreto. —¡Sandra, corre! —rugió Diego.

Pero no la soltó. El hombre de la navaja se lanzó hacia Diego. Diego esquivó el primer tajo, levantando el antebrazo para bloquear el golpe. La navaja rasgó la tela de su chaqueta y le cortó la piel del brazo. Diego ni se inmutó. Agarró al hombre por la muñeca, torciéndola con una fuerza brutal, y le lanzó un rodillazo en el estómago que lo dobló por la mitad.

El segundo hombre, más grande, se abalanzó sobre Julián.

Julián no era un peleador callejero, pero no era un hombre que se quedara paralizado. Cuando el hombre lo empujó contra el auto, Julián usó su propio peso para impulsarse, agarró su pesado maletín de metal (el que contenía los expedientes del bufete) y lo estrelló con todas sus fuerzas contra la sien del atacante.

El hombre gruñó, tambaleándose. Julián no le dio tregua. Lo empujó contra la puerta del auto, gritando con una voz que retumbó en todo el estacionamiento: —¡POLICÍA! ¡AYUDA! ¡AQUÍ!

El grito de Julián rompió el hechizo del lugar. De la garita de seguridad, tres guardias del juzgado salieron corriendo, sacando sus porras y sus radios.

Al ver a los guardias, los dos atacantes de Rivas entraron en pánico. El hombre que Diego tenía en el suelo se soltó, empujando a Diego, y corrió hacia la camioneta. El otro, sobándose la cabeza, subió de un salto. La camioneta derrapó, saliendo en reversa a toda velocidad, casi atropellando a un guardia, y desapareció por la rampa.

El silencio que siguió fue roto solo por las sirenas lejanas y la respiración agitada de los tres.

Sandra estaba pegada a la columna de concreto, con el maletín apretado contra su pecho, temblando de pies a cabeza. Miró hacia el centro del estacionamiento.

Diego estaba de pie, respirando con dificultad. Se sostenía el brazo izquierdo, donde la sangre empezaba a manchar su camiseta negra. Tenía un corte en el labio inferior y el cabello despeinado, pero sus ojos oscuros solo buscaban una cosa.

—¿San? —jadeó Diego, dando un paso hacia ella, ignorando su propio dolor—. ¿Estás bien? ¿Te tocaron?

Sandra soltó el maletín, dejándolo caer al suelo, y corrió hacia él. Lo abrazó con fuerza, enterrando su rostro en su cuello, sintiendo el olor a sudor, a cuero y a sangre. —Estoy bien, estoy bien —sollozó ella, aferrándose a su chaqueta—. Diego, tu brazo...

—Es un rasguño, abogada —murmuró él, rodeándola con su brazo bueno y apretándola contra su pecho, cerrando los ojos como si necesitara sentir que ella estaba viva—. Te dije que no te iba a pasar nada. Te lo prometí.

Unos pasos rápidos se acercaron. Julián.

Su traje azul marino estaba arrugado, con polvo de concreto en el hombro y el cabello castaño fuera de su perfecto peinado. Tenía el labio partido y respiraba agitadamente, pero sus ojos color miel estaban fijos en Sandra.

—Sandra —dijo Julián, con la voz un poco quebrada por la adrenalina—. ¿Estás ilesa?

Sandra se separó un poco de Diego, pero no soltó su cintura. Miró a Julián. Vio el maletín de metal abollado en su mano, la sangre en sus nudillos. —Julián... tu traje. Tu mano...

—No me importa el traje —dijo él, dando un paso adelante. No la abrazó. Respetó el espacio de Diego, pero levantó la mano y, con una delicadeza que contrastaba con la violencia de hacía un minuto, le apartó un mechón de cabello rojo de la frente—. Lo importante es que estás viva. Y que tenemos la libreta.

Sandra miró a los dos hombres.

Diego, con el brazo sangrando, mirándola como si ella fuera el único oxígeno en el mundo. Julián, con el traje arruinado y los nudillos en carne viva, mirándola con una devoción y un respeto que le partían el alma.

Los guardias del juzgado llegaron, rodeándolos, pidiendo declaraciones. Pero Sandra apenas los escuchaba.

—La audiencia... —murmuró Sandra, mirando el reloj en la pared del estacionamiento—. Es en diez minutos.

Diego soltó una risa seca, dolorida, y se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano. —Pues más te vale ganar, licenciada. Porque si no, me cortaron el brazo por nada.

Julián sonrió, una sonrisa cansada pero feroz. Recogió el maletín de Sandra del suelo y se lo entregó. —Vamos, Sandra. El juez nos está esperando. Y creo que el licenciado Rivas va a tener una muy mala mañana.

Caminaron hacia la entrada del Palacio de Justicia. Esta vez, Diego iba a su derecha, con el brazo vendado apresuradamente por los paramédicos del juzgado. Julián iba a su izquierda, con su traje arruinado, pero la cabeza en alto.

Sandra Bautista caminaba en el centro. Llevaba el maletín en la mano. Le dolían las piernas, le temblaban las manos y tenía el corazón hecho pedazos por el miedo y el amor.

Pero mientras empujaba las puertas de cristal de la sala de audiencias, sintiendo el calor de Diego a un lado y la fuerza de Julián al otro, supo que no importaba lo que pasara en los próximos minutos.

Ya había ganado. Porque tenía a los dos hombres más valientes del mundo peleando por ella. Y ella, por fin, estaba lista para pelear por sí misma.

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