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EL CONTRATO DEL ORGULLO. EN LOS BRAZOS DEL CEO.

EL CONTRATO DEL ORGULLO. EN LOS BRAZOS DEL CEO.

Status: Terminada
Genre:Sustituto/a / CEO / Romance / Completas
Popularitas:9.9k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Cinco años de luto familiar y silencio absoluto fue el precio que Leonor pagó por quedarse atrás mientras Héctor, su amigo de la infancia, triunfaba en el extranjero. Fiel a una promesa implícita, guardó su pureza en un santuario vacío... hasta que llegó el sobre dorado: la invitación de boda de Héctor con otra mujer. Atrapada por el orgullo y el pánico a dar lástima, Leonor miente asegurando que tiene una pareja estable. El destino mueve sus hilos cuando Adrián Valero, el imponente y frío CEO de su multinacional, se queda sin asistente para un viaje de negocios a la misma ciudad del enlace. Lo que empieza como un pacto de urgencia para salvar la dignidad de Leonor se convierte en una farsa de noche y oficina de día dentro de una suite compartida con una sola cama. Entre los celos viscerales del pasado y la protección feroz de un hombre inalcanzable, las amarras se rompen. ¿Podrá Leonor proteger su corazón cuando la farsa se convierta en la verdad más peligrosa de su vida?

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 21. LA DESPEDIDA DE SOLTERO

La noche del jueves cayó sobre la finca familiar envuelta en un aire denso y sofocante, un preámbulo perfecto para los eventos que estaban a punto de desatarse. Como era tradición antes del enlace, los amigos del instituto y los socios comerciales del padre de Héctor habían organizado una fastuosa despedida de soltero en el club de campo de la urbanización residencial. Adrián había declinado cortésmente la invitación, alegando que debía revisar unos flecos administrativos de la oficina con la sede central, una excusa corporativa que Héctor aceptó casi con alivio. Nadie quería al imponente CEO vigilando sus excesos con el alcohol en mitad de la noche.

Por mi parte, decidí quedarme resguardada en la suite de la casa de invitados. Priscila celebraba su propia reunión con sus amigas de la alta sociedad en el ala oeste de la casa grande, y tras el altercado de los documentos del bolso, lo último que deseaba era cruzarme con su mirada cargada de veneno.

Alrededor de las once de la noche, me metí en el cuarto de baño para ponerme el camisón negro de satén. Al salir al dormitorio principal, me encontré a Adrián sentado en el sofá de cuero junto a la chimenea apagada. Se había quitado el traje de sastre, vistiendo únicamente unos pantalones oscuros y una camiseta negra de algodón que marcaba la firmeza de sus hombros. Tenía una copa de whisky con hielo en la mano, pero no estaba leyendo ningún informe; miraba fijamente las oscuras copas de los árboles a través del ventanal, sumido en un pensamiento profundo y hermético.

Al notar el roce de mis pies descalzos sobre la moqueta, levantó la vista. Sus ojos oscuros recorrieron la caída de la seda negra sobre mi cuerpo con una intensidad espesa y madura que me aceleró el ritmo cardíaco de inmediato. El tuteo oficial, consolidado tras las batallas de los días previos, flotaba entre nosotros como un puente indestructible.

—Ven aquí, Leo —me pidió con su voz profunda, dando un sutil toque con la mano libre en el espacio vacío del sofá a su lado.

Caminé hacia él con una timidez que empezaba a diluirse bajo el calor de su presencia y me senté a una distancia corta. El aroma a madera, ámbar y el toque amargo del destilado me envolvieron por completo.

—¿Te preocupa la auditoría de mañana con la central? —le pregunté, buscando un pretexto profesional para romper el magnetismo del silencio.

Adrián soltó una risa baja, un sonido grave y vibrante que me reverberó directamente en el estómago, y dejó la copa de cristal sobre la mesa auxiliar. Se giró por completo hacia mí, apoyando el brazo en el respaldo del sofá, reduciendo la distancia física entre nuestras cabezas hasta el punto de que fui capaz de percibir el calor que desprendía su torso.

—La auditoría está perfectamente controlada, Leo —respondió con una suavidad pausada que me erizó la piel de la nuca—. Lo que me tiene la mente ocupada... eres tú. Y esta farsa en la que nos hemos metido. Empezó como una estrategia para salvar tu orgullo frente a los ataques de esa gente, pero... admito que la línea entre el guion y la realidad se está desdibujando a una velocidad vertiginosa en mi cabeza. No me gusta actuar, Leo, y mucho menos fingir que eres mi mujer cuando lo único que deseo al apagar las luces de esta suite es que lo seas de verdad.

El corazón me dio un vuelco salvaje contra las costillas. Me quedé sin aire, con los ojos desorbitados, clavados en los suyos. La confesión de mi jefe, directa, madura y desprovista de cualquier ironía, derribó la última defensa que le quedaba a mi atribulado corazón. Estaba a punto de articular una respuesta, de admitir que yo también me estaba ahogando en el deseo de su cercanía, cuando el sonido violento de un portazo en la planta baja de la villa rompió el hechizo en mil pedazos.

Escuchamos unos pasos erráticos, torpes y ruidosos subiendo las escaleras de piedra de la casa de invitados, seguidos de unos murmullos confusos. Adrián se enderezó al instante, recuperando su postura implacable, y sus ojos oscuros recuperaron esa frialdad de estratega en un segundo.

La puerta de nuestra suite se abrió de golpe, revelando la silueta desaliñada de Héctor. Tenía la camisa completamente desabrochada por el cuello, la chaqueta perdida en algún rincón de la fiesta, las mejillas encendidas por el exceso de alcohol y una mirada turbia, cargada de una desesperación visceral. Detrás de él aparecieron un par de sus amigos del instituto, que intentaban sostenerle del brazo con evidente vergüenza.

—¡Déjadme en paz! Os he dicho que necesito hablar con ella —balbuceó Héctor, desprendiéndose del agarre de sus compañeros con un ademán brusco de la mano, dando un par de pasos tambaleantes hacia el interior de la habitación. Sus ojos emborrachados pasaron por alto la presencia de Adrián y se fijaron con obsesión en mí, deteniéndose en el encaje de mi camisón negro.

Adrián se puso en pie con una parsimonia imponente, revelando su gran estatura, y se interpuso con firmeza entre Héctor y el sofá donde yo seguía estática, ocultando mi cuerpo tras su silueta protectora.

—Héctor, estás completamente ebrio y has invadido nuestra intimidad a altas horas de la madrugada —sentenció Adrián con un tono de voz gélido, pausado y cortante que redujo la algarabía de los amigos a un silencio sepulcral—. Te sugiero que salgas de esta suite de inmediato antes de que pierda la paciencia y llame al personal de seguridad de la finca para que te retire de la propiedad.

Héctor soltó una risa amarga y escandalosa, señalando a Adrián con un dedo tembloroso, ignorando por completo la advertencia legal implícita.

—¿Tu suite? ¿Tu intimidad? ¡Esta es la casa de mi familia! —gritó Héctor, y su voz sonó ronca, rota y desgarrada por la frustración de los celos—. Tú no la conoces, Adrián. No tienes ni idea de quién es. Leo... mírame —suplicó, asomando la cabeza por encima del hombro de mi jefe—. He estado bebiendo con los chicos y recordando los días de la universidad. El piso de estudiantes, las risas... Fui un estúpido, Leo. Un cobarde absoluto. Nunca quise marcharme solo al extranjero. Te lo juro. Lloré cada maldita noche en esa maldita oficina extrañándote, odiando la distancia. Me busqué a Priscila para intentar llenar el vacío que dejaste en mi cama, pero... no funciona, Leo. Te veo ahora con este tipo, tan radiante, tan mujer... y me doy cuenta de que la cagué. No quiero casarme con ella, Leo. Dime que todavía me guardas un rincón en tu corazón. Dime que este empresario estirado no te ha hecho olvidar todo lo que fuimos durante años.

El discurso patético de Héctor, desbordado por el alcohol y el egoísmo tardío, terminó de desdibujar el último rastro de nostalgia que me unía a él. Los amigos del instituto, alarmados por la gravedad de las declaraciones a dos días de la boda, agarraron a Héctor por los hombros con fuerza, tirando de él hacia el pasillo de la villa.

—Lo sentimos muchísimo, señor Valero, de verdad... Héctor está fuera de sí, la fiesta se nos ha ido de las manos —se disculpó uno de los chicos, con el rostro pálido, arrastrando al novio hacia las escaleras mientras este seguía balbuceando mi nombre en la penumbra.

Adrián cerró la puerta de la suite con un chasquido hermético, pasó el pestillo de seguridad y se apoyó contra la madera durante unos segundos, exhalando un largo suspiro pausado. Luego, se giró despacio hacia mí. La rabia contenida por la escena de Héctor se había transformado en una fijeza intensa, analítica y cargada de una resolución definitiva en sus ojos oscuros. Caminó hacia el sofá, se agachó a mi altura y rodeó mis manos heladas con sus dedos grandes y asombrosamente cálidos, infundiéndome una seguridad que me devolvió el alma al cuerpo.

—Se acabó el juego, Leo —me susurró con una ternura profunda que me hizo dar un vuelco al corazón—. Héctor ya ha cruzado todas las líneas del respeto y tú has saldado con creces tu deuda con el pasado. La farsa se mantiene fuera de estos muros ante el resto del mundo para proteger tu dignidad, pero aquí dentro... ya no hay espacio para las mentiras.

Le miré a los ojos, sintiendo que el laberinto de mi orgullo se había disuelto definitivamente bajo el calor de su agarre, y supe que las coordenadas de mi destino acababan de fijarse para siempre en los brazos de Adrián.

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Adiana Navas
genial me encanto muy terna y dulce
Maria Jose PAlma
me encanta 😍
Monica R Briseño
Excelente y maravillosa novela, una historia de amor donde él protege, defiende y ama tanto a ka mujer, muy bien narrada y escrita...
Muchas felicidades autora!!!!!
Nora Rivoir
Muy linda historia
Perla Arbos
Hermosa historia!!!. Felicitaciones!!!
EM
espectacular
EM
ed
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