Takumi, un joven de 16 años alegre, honesto y fanático de la justicia, muere en un accidente menor, pero cuando abre los ojos… se encuentra dentro de su videojuego otome favorito. Para su sorpresa, no es la heroína, sino el omega villano, condenado a un final trágico y odiado por todos los personajes. Pero lo que Takumi no esperaba era que su destino en el juego empezara a desviarse… gracias al protagonista secundario, un alfa amable y torpe que parece destinado a sufrir, pero que termina atrayéndolo de formas inesperadas y muy cómicas.
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4: Canciones que no estaban en el guion
El ala de servicio del palacio era un lugar donde el tiempo parecía moverse distinto.
No había tronos ni tapices lujosos, solo vapor caliente, telas húmedas, canastos de ropa y pasos apurados. Allí nadie levantaba la voz ni se detenía demasiado. El trabajo era constante, silencioso, casi invisible.
Por eso, cuando Takumi cruzó la puerta de la lavandería y escuchó un tarareo suave, se quedó inmóvil.
No era una canción elegante.
No seguía ningún protocolo.
Pero tenía algo que le apretó el pecho.
Varias mucamas doblaban ropa alrededor de una mesa grande. Una de ellas canturreaba distraída, otra la seguía sin darse cuenta, y una tercera marcaba el ritmo golpeando suavemente la madera con los nudillos.
Takumi sonrió sin pensarlo.
—Esa canción… —murmuró.
El sonido se detuvo en seco.
—¡S-Su Alteza! —exclamó una, casi dejando caer una sábana—. ¡Lo sentimos! No sabíamos que estaba aquí.
Otra se inclinó con torpeza y chocó con un canasto.
—¡Perdón! ¡Perdón! ¡No volveremos a cantar!
Takumi levantó las manos de inmediato, nervioso.
—No, no, no… ¡esperen! No vine a regañarlas. En serio. Solo… me gustó.
Las mucamas se miraron entre sí, incrédulas.
—¿De verdad? —preguntó una en voz bajita.
—Sí —respondió Takumi—. Me recordó algo… agradable.
La mayor del grupo carraspeó.
—Es una canción antigua del pueblo, Su Alteza. Se canta cuando alguien espera… algo que aún no llega.
Takumi inclinó la cabeza, pensativo.
—Esperar… —repitió.
Sin darse cuenta, comenzó a tararear otra melodía. No era del reino. No era de ese mundo. Su voz salió suave, clara, envolviendo el espacio como una manta cálida.
🎵
“Aunque no sepa tu nombre todavía,
mi corazón aprende a esperarte.
Si el día pesa y la noche se alarga,
cantaré… hasta encontrarte.”
🎵
Las mucamas se quedaron en silencio absoluto.
—Esa canción… —susurró una—. Nunca la había oído.
—Pero se siente… bonita —dijo otra, llevándose la mano al pecho.
Takumi se rascó la mejilla, avergonzado.
—Tal vez… la inventé sin darme cuenta.
—¡Enséñenos! —soltó una de golpe—. Por favor.
Takumi dudó solo un segundo.
—Está bien… pero no se rían si me equivoco.
Las risas estallaron de inmediato.
—¡Eso es imposible, Su Alteza!
Golpeó suavemente la mesa para marcar el ritmo. Primero tímidas, luego más seguras, las voces se fueron uniendo. Algunas cantaban demasiado alto, otras se atrasaban, y una entró en el verso equivocado.
—¡No, no! —rió Takumi—. Eso sonó a despedida trágica. ¡Más alegre!
🎵
“Si hoy el día pesa en el pecho,
mañana bailará mejor.
Si nadie cree en los sueños,
yo cantaré por los dos.”
🎵
Takumi comenzó a moverse sin pensar. Pasos simples, un giro torpe, palmas fuera de ritmo. Nada elegante. Nada principesco.
Las mucamas lo miraron un segundo… y lo imitaron.
—¡Su Alteza, así no se baila! —gritó una entre carcajadas.
—¡Entonces enséñame! —respondió él, riendo también.
Alguien chocó con otra. Una sábana salió volando. El orden se perdió por completo.
Y nadie quiso recuperarlo.
Cuando el cansancio llegó y las risas se apagaron poco a poco, una de las mucamas preguntó con timidez:
—Su Alteza… ¿sabe canciones románticas?
Takumi parpadeó.
—Bueno… —dijo pensativo—. Tal vez una.
El ambiente cambió.
La voz de Takumi bajó. El ritmo se volvió lento, íntimo.
🎵
“Si un día tropiezas y dudas de amar,
mírame… aquí estaré.
No prometo un cuento perfecto,
pero sí quedarme.”
🎵
Nadie habló.
Una de las mucamas tenía los ojos brillantes.
—Eso… duele bonito —susurró.
Takumi sonrió con suavidad.
—Tal vez es una canción para recordar que amar da miedo… pero también calma.
Cuando finalmente se despidió, todas estaban despeinadas, cansadas… y sonriendo.
—Gracias, Su Alteza —dijo la mayor—. Hoy… nos hizo olvidar que esto es trabajo.
Takumi inclinó la cabeza, sincero.
—Gracias a ustedes. Me recordaron que todavía puedo reír.
Al salir, no vio la sombra detenida al final del pasillo.
No vio a Hikaru Valen, que había escuchado risas, canciones y una voz que no coincidía con ninguna historia que le hubieran contado.
Y que, sin saber por qué, se quedó allí un momento más… escuchando el eco de algo que no estaba en el guion.
Sigue así 🥰🥰🥰🥰