No creas ni por un instante que mi historia de vida será la típica de hombres salvajes y predecibles. La mía se escribe con fuerza, con intención, con estrategia… con una presencia que se desliza bajo la piel y deja huella.
Haré que tu corazón pierda el compás, que se acelere y se rinda al ritmo de mis movimientos, como si cada paso que doy marcara el destino entre nosotros.
No será una simple historia… será mi historia la que te deje un pulso constante, una tensión que te erice la piel y te obligue a sentir cada latido en sintonía conmigo.
ACTUALIZACIÓN DIARIA
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Paz y Amor
...Estalló una guerra entre zombies mutantes y humanos evolucionados, con mi grupo liderando logramos exterminar a más de 10 mil zombies mutantes. Pero mi grupo al igual que los zombies fue una amenaza para el resto, así que con la unión del resto del mundo fuimos aniquilados como simples piezas de ajedrez. Y nuevamente morí un día antes de mis 19 años.
En mi quinta vida reencarné en un mundo de humanos, bestias demoniacas y elfos. Donde los elfos y humanos se detestaban a muerte. Debido a que los humanos atraídos por la extremadamente belleza de los elfos esclavizaban niños/as y mujeres. Sin embargo, tuvieron que formar una alianza para pelear con su enemigo en común, las bestias demoniacas.
Las bestias demoniacas mataban y comían indiscriminadamente a los elfos y humanos. Yo reencarné como la santa de ese mundo, así que me tocó mediar para que fuera posible esa alianza. Pero termine muriendo a mis 16 años debido a una emboscada por las bestias demoniacas. Fui atravesada por la mitad y con la habilidad de incluso revivir a los muertos no pude salvarme yo.
En mi sexta vida reencarné en un mundo marcial espiritual como la hija legítima del líder de seta. Nuestra seta era una de las cinco más grandes e influyentes del mundo. A diferencia de mi primera vida, en esta tuve un padre muy cariñoso, me mimaba mucho y siempre me daba los mejores materiales para cultivarme y entrenar mi habilidad con la espada.
Solo que estaba comprometida con un prometedor artista marcial llamado Lin Son. Un hombre que a pesar de su belleza era infiel y narcisista.
Una de mis hermanas marciales por envidia de mi talento y celos por tener a Lin Son como prometido, me tendió una trampa mientras cultivaba. Metiéndome a una formación maligna y prohibida con la intención de deshacerse de mí.
Logro su cometido, pero al contrario de estar enojada estoy feliz, puesto que me ayudó a superar esa maldición de morir antes de los diecinueve años.
La noche había descendido con delicadeza sobre el lago de lotos, cubriéndolo con un manto azul profundo salpicado de estrellas. La barca flotaba en medio de aquel santuario silencioso, apenas mecida por ondulaciones suaves que reflejaban la luna como un espejo líquido.
Lucien Duskryn permanecía inmóvil, escuchando.
Aelina Moonveil hablaba de sus seis vidas con una voz que no era débil, pero sí cargada. Relató tragedias que la habían marcado, logros que había conquistado con esfuerzo, traiciones que desgarraron su confianza, y pequeños instantes de felicidad que aún guardaba como brasas tibias en el recuerdo. Cada vida parecía un libro distinto, y aun así, todos compartían el mismo corazón persistente.
- Aunque de lo único que me arrepiento, es no poder haber visto a mi padre por última vez... Suspiré con un nudo en la garganta.
Lucien no había interrumpido ni una vez.
Sus brazos la rodeaban con firmeza serena mientras ella hablaba. La sostuvo contra su pecho, no como un dios que protege algo frágil, sino como alguien que comprende la magnitud de lo que escucha. Una de sus manos descansaba en la espalda de ella, moviéndose lentamente en un gesto reconfortante, acompasado con el vaivén de la barca.
El lago parecía responder al momento.
Bajo la superficie oscura, peces brillantes comenzaron a deslizarse entre los tallos sumergidos de los lotos. Sus escamas emitían destellos plateados y azulados, como fragmentos de estrellas que hubieran caído al agua. Nadaban en círculos suaves alrededor de la embarcación, iluminando el fondo con una danza silenciosa y exquisita. Cada movimiento creaba ondas de luz que subían hasta la superficie, mezclándose con el reflejo lunar.
Aelina, aún abrazada a él, alzó apenas la mirada al notar el resplandor bajo el agua. En sus ojos cansados se reflejaron esos destellos, y por un momento, el peso de seis existencias pareció aligerarse.
Lucien inclinó el rostro hacia ella.
—Has sufrido… pero también has vivido —murmuró con voz baja, grave y sincera—. Y cada una de esas vidas te trajo hasta este instante.
No habló de destinos ni de profecías. No habló del fin del mundo.
Solo la sostuvo.
La noche envolvía la barca como un refugio sagrado. El perfume tenue de los lotos se mezclaba con el aire fresco, y el brillo de los peces convertía el lago en un cielo invertido, donde las estrellas nadaban en vez de arder.
Aelina apoyó el oído contra el pecho de Lucien, escuchando el ritmo constante de su respiración. No era eterno en ese instante. No era inalcanzable.
Era presencia.
Y mientras la barca flotaba en medio de la luz lunar y las criaturas luminosas danzaban bajo el agua, ella comprendió que, después de seis vidas de pérdidas y victorias, aquel abrazo no era grandioso ni dramático.
Era paz.
Una paz que no provenía del poder de un dios antiguo, sino de la decisión simple y firme de quedarse a su lado, en silencio, bajo la noche infinita.
Pero dentro de Lucien Duskryn no había quietud.
Mientras Aelina descansaba entre sus brazos, confiada en la paz del momento, él pensaba en todo lo que no podía decirle. Sus ojos —antiguos como el primer amanecer— no miraban solo el reflejo de la luna sobre el agua, sino los ecos de seis vidas entrelazadas con la suya.
Él estuvo allí.
En cada una.
Con otro rostro.
Con otro nombre.
Con otra voz.
A veces como un viajero que cruzó su camino apenas unos días.
A veces como un aliado lejano.
A veces como una sombra que observaba desde la distancia.
Pero siempre presente.
La restricción impuesta sobre él era inquebrantable: no podía intervenir en el instante predicho de la muerte de ningún ser. Era una ley anterior incluso a su divinidad. Podía contemplar. Podía prever. Pero no podía alterar el punto final marcado por el tejido del destino.
Y aun así… encontró una grieta.
El colgante de jade con el rubí rojo.
Aquel objeto no era un simple amuleto. Era suyo. Una extensión diminuta de su esencia. Cuando comprendió que no podría detener directamente la primera muerte de Aelina, alteró la forma y el peso del colgante, ajustándolo con precisión divina y colocándolo en el santuario donde ella lo encontraría. No era una intervención directa. Era una posibilidad sembrada.
Una puerta abierta.
bueno lo importante es que el la esta cuidando pero hay le va tocar difícil con todas esas mujeres
hay no que paso