A los cuarenta y cinco años, Raquel Sanromán lo perdió todo en una sola noche.
Su esposo Miguel murió en un accidente de tráfico... acompañado de su amante. Pero la traición no terminó ahí. El testamento reveló la verdad más devastadora: durante años, Miguel planeó huir del país con Valeria Ochoa, llevándose millones robados de la empresa familiar y dejando a Raquel en la bancarrota absoluta.
Ahora es madre soltera de cinco hijos, dueña del veinticinco por ciento de una empresa en ruinas, y tiene quince días antes de perder su casa. Su hijo mayor la culpa por la caída de la familia. Las deudas la ahogan. Y Valeria, la amante que sobrevivió, ahora es dueña del cincuenta por ciento de lo que alguna vez fue su vida... y no descansará hasta verla mendigando en la calle.
Pero en su cumpleaños, en una noche de máscaras y champán, Raquel decide olvidarlo todo. Solo por unas horas. Solo para sentirse viva de nuevo.
Y entonces conoce a él.
Julian Harrington. Veintisiete años. Multimillonario.
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Capítulo 21: Confirmación
Victoria Sinclair estaba sentada en su pent-house, rodeada de fotografías esparcidas sobre la mesa de café de mármol, con una copa de vino tinto en la mano y una sonrisa de satisfacción en los labios.
Había tardado dos semanas. Dos semanas de investigadores privados, de seguimientos discretos, de sobornos a porteros y empleados.
Pero finalmente tenía lo que necesitaba.
La identidad de la mujer misteriosa.
Tomó una de las fotos más recientes. Esta vez la calidad era mucho mejor. El investigador había logrado acercarse lo suficiente para capturar el rostro completo de la mujer saliendo del edificio de oficinas.
Raquel Vivez.
Victoria había hecho su tarea. Tenía un expediente completo sobre ella ahora.
Cuarenta y cinco años. Viuda del escándalo Miguel Vivez. Cinco hijos, el mayor de la misma edad que Julián. Empresa en bancarrota que Julián había "salvado" misteriosamente. Socia empresarial que había aparecido de la nada en la vida de Julian.
Y la madre de Ángel, el novio de Isabella.
Victoria se rio, un sonido sin humor que resonó en su apartamento vacío.
—Qué pequeño y retorcido es el mundo —murmuró, tomando otro sorbo de vino.
Revisó las otras fotos. Julian entrando al edificio de Raquel a medianoche. Saliendo a las cinco de la mañana. El beso en el estacionamiento de su oficina que había sido capturado desde tres ángulos diferentes.
Y la mejor de todas: una foto tomada con teleobjetivo a través de las ventanas del pent-house de Julian, mostrando siluetas inconfundibles de dos personas en poses que definitivamente no eran profesionales.
Victoria sintió cómo la bilis subía por su garganta.
Julián Harrington, el hombre que debería ser suyo, el heredero de un imperio multimillonario, el soltero más codiciado del país... estaba revolcándose con una mujer que podría ser su madre.
Una mujer con estrías, arrugas, cinco hijos y un pasado escandaloso.
—Está con una mujer que literalmente podría ser su madre —dijo en voz alta, necesitando escucharlo para creerlo—. ¿Qué diablos le pasa?
Pero luego recordó la gala. La forma en que Julián había mirado a Raquel. No con lujuria casual. Con algo más profundo. Algo que Victoria nunca había visto en sus ojos cuando la miraba a ella.
Deseo, sí. Pero también... posesividad. Necesidad. Algo que rozaba peligrosamente la devoción.
Y eso la enfurecía más que cualquier otra cosa.
Porque Victoria lo había intentado todo para conseguir esa mirada de Julián. Había sido la novia perfecta. La acompañante ideal. La mujer que encajaba en su mundo.
Y él nunca la había mirado de esa forma.
Pero miraba así a una viuda quebrada con cinco hijos.
—No —dijo Victoria, dejando la copa de vino sobre la mesa con fuerza—. No voy a permitirlo.
Sacó su teléfono y marcó el número de su abogado.
—Necesito que prepares algo para mí —dijo cuando contestó—. Un paquete con toda esta información. Fotos. Fechas. Evidencia de la relación. Y quiero que estés listo para filtrarlo a la prensa si te lo ordeno.
—Señorita Sinclair, ¿está segura? Una vez que esto salga, no hay vuelta atrás.
—Lo sé —respondió Victoria—. Pero no voy a usarlo. Todavía. Primero voy a darle a Julian la oportunidad de hacer lo correcto.
—¿Y qué sería lo correcto?
—Terminar con esa mujer y volver conmigo.
Colgó y volvió a mirar las fotos.
Había visto cómo Julian reaccionaba en la gala cuando Raquel bailaba con otro hombre. Había visto los celos apenas contenidos en sus ojos. Había visto cómo se tensaba cada vez que alguien se acercaba demasiado a ella.
Esa mujer lo afectaba. Profundamente.
Y si Victoria quería ganar, tenía que usar eso a su favor.
El plan era simple: chantaje.
Le mostraría las fotos a Julian. Le dejaría claro que podía destruir la reputación de Raquel con una sola llamada a la prensa. Que podía exponer su aventura sórdida ante el mundo.
Y luego le daría una alternativa: terminar con Raquel limpiamente, casarse con ella como su madre quería, y mantener todo esto en secreto.
O enfrentar las consecuencias.
Julian era un hombre de negocios. Entendía las transacciones. Y Victoria estaba segura de que cuando se enfrentara a la opción de proteger a Raquel o exponerla, elegiría protegerla.
Incluso si eso significaba alejarse de ella.
Porque ese era el tipo de hombre que Julián era. Noble. Protector. Dispuesto a sacrificarse por las personas que amaba. Y Victoria usaría esa nobleza en su contra. Sonrió, guardando las fotos de vuelta en el sobre. Ya tenía su plan. Solo necesitaba el momento perfecto para ejecutarlo.
Mientras Victoria planeaba su ataque en las sombras, Julian Harrington estaba en su oficina, mirando su teléfono por enésima vez ese día.
Habían pasado varios días desde aquella noche en la habitación de Raquel, días desde que la vio llorar y le rogó que se fuera, días desde que decidió darle el espacio que pedía.
Y cada día era más difícil que el anterior. No la había llamado. No le había enviado mensajes. No había aparecido en su oficina o en su casa.
Le estaba dando lo que pedía: espacio para arreglar su vida sin él.
Pero Dios... dolía.
Dolía tanto que a veces apenas podía respirar.
—Señor Harrington —la voz de Ana lo sacó de sus pensamientos—. Su reunión de las tres está esperando.
—Cancélala —dijo sin mirar hacia arriba.
—Señor, es la tercera reunión que cancela hoy.
—Entonces cancela tres más mañana —respondió con voz cansada—. No estoy de humor.
Ana suspiró pero no discutió. Ya estaba acostumbrada a su mal humor de los últimos días.
Cuando se fue, Julian volvió a mirar su teléfono.
Sin mensajes de Raquel.
Sin llamadas.
Nada.
Era como si hubiera desaparecido de su vida por completo.
Y él se estaba volviendo loco.
Al otro lado de la ciudad, en su oficina, Raquel Vivez estaba teniendo exactamente los mismos pensamientos.
Habían pasado días desde que le pidió a Julián que se fuera, días desde que lo vio vestirse en silencio y salir por su ventana, días sin un solo mensaje.
Sin una llamada.
Sin él apareciendo en su oficina o en su casa.
Nada.
Y en lugar de sentirse aliviada, se sentía... vacía.
Inquieta.
Como si hubiera perdido algo esencial.
—Señora Vivez —su asistente entró con una pila de documentos—. Estos necesitan su firma.
Raquel firmó mecánicamente, sin leer realmente lo que firmaba.
Su mente estaba en otra parte.
En Julian.
En cómo se había visto esa última noche. La forma en que sus ojos se habían oscurecido con dolor cuando ella le rogó que se fuera.
La forma en que había dicho "te quiero" antes de irse.
Se llevó las manos a la cara, sintiendo el familiar ardor de las lágrimas.
Lo extrañaba.
Dios, cómo lo extrañaba.
Pero sus hijos eran primero.
Siempre sus hijos primero.
Aunque eso significara romper su propio corazón.
Y así, Julián y Raquel sufrían en silencio.
Cada uno en su propio mundo.
Cada uno convencido de que habían hecho lo correcto.
Cada uno muriendo lentamente por dentro.
Mientras Victoria Sinclair perfeccionaba su plan.
Mientras Eleanor Harrington conspiraba para que "sentara cabeza".
Mientras Ángel e Isabella disfrutaban de su relación, ajenos al drama que se desarrollaba a su alrededor. Y mientras el mundo seguía girando, indiferente al dolor de dos personas que se amaban, pero no podían estar juntas.
Aún.
Porque en las sombras, las fuerzas se movían. Los secretos amenazaban con explotar. Y la tormenta que se avecinaba sería devastadora.
Para todos.
Julián deja contarle a tu hermana de tus sentimientos de lo que estás pasando del calvario que estás viviendo y tenías una aliada🙏