Elías murió de la forma más absurda… y despertó dentro de su novela omegaverse favorita.
Ahora es Adrian Valmont, el omega dulce destinado a ser ignorado, humillado y finalmente morir de amor a manos de su esposo: el frío y arrogante duque alfa Cassian Armand.
Pero hay un problema.
Él ya conoce la historia.
Y esta vez no piensa esperar a que lo abandonen.
Decidido a cambiar su destino, Adrian exige el divorcio desde el principio. Sin embargo, el duque se niega a dejarlo ir. Lo que comienza como un matrimonio político sin amor se convierte en una batalla de orgullo, deseo y poder, donde el alfa que nunca miró atrás empieza a obsesionarse con el omega que ya no lo ama.
¿Podrá Adrian romper el destino que ya fue escrito…
o el duque hará todo lo posible por mantenerlo a su lado?
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LA PROTAGONISTA
CAPITULO 6
Adrian supo que el destino estaba llamando a su puerta cuando el mayordomo anunció con voz solemne:
—Su Excelencia, la duquesa del Norte ha llegado al territorio.
La taza de té quedó suspendida en el aire.
Ah.
Capítulo treinta y dos.
La entrada oficial de Isolde Reinhardt, alfa noble, estratega brillante, futura pieza clave en el desarrollo político… y, en la versión original, el interés romántico que terminaría desplazándolo con elegancia impecable.
En el libro, su llegada era casi cinematográfica: caballo oscuro, capa roja bajo la lluvia, mirada decidida que capturaba inmediatamente la atención del duque Cassian Armand.
Y Adrian… bueno.
Adrian empezaba a desaparecer desde ese momento.
Pero esta no era la misma historia.
—Prepárenlo todo para recibirla formalmente —dijo con serenidad—. Yo estaré presente.
El mayordomo parpadeó.
—¿Su Excelencia participará en la recepción diplomática?
—Soy el consorte. Sería extraño que no lo hiciera.
Y, además, no pensaba observar su posible reemplazo desde detrás de una cortina como en la novela.
Cuando Isolde entró al salón principal, la presencia alfa se sintió de inmediato.
No era abrumadora como la de Cassian.
Era firme. Segura. Precisa.
Alta, uniforme rojo con detalles dorados, cabello oscuro recogido con disciplina militar. Su mirada era analítica, inteligente.
Adrian la evaluó con honestidad.
Entendía perfectamente por qué el consejo imperial había imaginado una alianza más… profunda.
Cassian dio un paso adelante para saludarla.
—Duquesa Reinhardt.
—Duque Armand.
Inclinaciones formales. Distancia exacta. Profesionalismo impecable.
Ni una chispa extra.
Ni una pausa más larga de lo necesario.
Interesante.
Luego Isolde miró a Adrian.
—Consorte Valmont.
Su tono no tenía desprecio.
Tampoco excesiva calidez.
Era respetuoso.
—Bienvenida a nuestro territorio —respondió Adrian con una sonrisa suave—. Espero que la estancia sea productiva.
La reunión comenzó de inmediato con mapas desplegados sobre la mesa central. Temas comerciales, rutas de transporte, posibles acuerdos militares ante tensiones fronterizas.
Adrian observaba atentamente.
En la novela, aquí era donde comenzaban las miradas compartidas entre Cassian e Isolde. Admiración mutua por inteligencia y liderazgo. Una complicidad silenciosa que crecía con cada intercambio estratégico.
Pero ahora…
No había eso.
Había eficiencia.
Cassian hablaba con tono firme, directo, sin suavizar posturas.
Isolde respondía con la misma claridad.
No sonreían de más.
No se inclinaban innecesariamente.
No se miraban más tiempo del requerido.
Era una negociación.
Nada más.
Adrian se permitió intervenir cuando la conversación tocó el tema de impuestos fronterizos.
—Si reducimos los aranceles iniciales durante los primeros seis meses, incentivaremos el flujo comercial sin comprometer la estabilidad fiscal.
Isolde giró la mirada hacia él.
—¿Es usted quien impulsó la reforma del este?
—Con apoyo del duque, sí.
Cassian no corrigió esa afirmación.
—Fue una intervención eficiente —dijo Isolde con aprobación leve—. Disminuyó tensiones internas.
Adrian inclinó la cabeza.
—La estabilidad empieza desde abajo.
Cassian lo miró brevemente.
No con sorpresa.
Con algo más cercano al reconocimiento.
La reunión continuó sin desviarse hacia nada personal.
Cuando terminó, Isolde pidió recorrer los jardines antes de retirarse.
Cassian tenía otros compromisos, así que Adrian se ofreció a acompañarla.
El jardín estaba tranquilo, iluminado por la luz suave de la tarde.
Caminaron unos minutos en silencio cómodo.
Isolde fue la primera en hablar.
—Su matrimonio no parece seguir el modelo tradicional.
Directa.
Adrian sonrió ligeramente.
—No solemos hacer nada de forma tradicional.
Isolde observó las flores con interés.
—El consejo imperial asume muchas cosas sobre las alianzas nobles.
—El consejo imperial vive de asumir cosas.
Una leve curva apareció en los labios de la alfa.
—El duque es un hombre disciplinado.
—Eso es una forma elegante de decir que es emocionalmente rígido.
Isolde soltó una pequeña exhalación divertida.
—No parece un hombre fácilmente influenciable.
—No lo es.
Silencio breve.
Luego Isolde añadió, con tono neutral:
—No percibo en él intención de buscar alianzas más allá de lo estrictamente político.
Adrian la miró de reojo.
Eso era importante.
No había insinuación.
No había interés disfrazado.
Solo una observación objetiva.
—Eso simplifica las cosas —respondió Adrian.
—Las complica menos —corrigió ella.
Caminaron unos pasos más.
—El consejo imaginaba que nuestra cooperación podría extenderse en otras direcciones —dijo Isolde con calma—. Pero el duque dejó claro desde el inicio que su matrimonio no es negociable.
Adrian sintió algo extraño en el pecho.
No celos.
No miedo.
Algo más profundo.
—Es… firme en sus decisiones —murmuró.
—Eso parece.
No hubo tensión incómoda entre ellos.
No rivalidad.
Isolde no lo evaluaba como obstáculo.
Lo observaba como igual en la mesa política.
Y eso, para Adrian, era un cambio enorme respecto al libro.
—Su presencia aquí alterará la percepción del consejo —añadió ella—. No encaja con la narrativa que esperaban.
Adrian sonrió suavemente.
—Nunca he sido bueno siguiendo narrativas.
Isolde lo miró con interés genuino.
—Eso es evidente.
Esa noche, Cassian encontró a Adrian en el balcón.
El cielo estaba despejado. El aire fresco.
—¿Cómo fue el recorrido? —preguntó el duque.
—Productivo. No intentó seducirme ni retarme a duelo.
Cassian lo miró sin expresión.
—No tenía intención de hacer ninguna de las dos cosas.
—Eso noté.
Silencio breve.
—El consejo insistió en esta visita —dijo Cassian—. Esperaban explorar todas las posibilidades.
—Pero usted las limitó.
Cassian sostuvo su mirada.
—No estoy buscando otro vínculo.
No lo dijo con dramatismo.
Ni con énfasis romántico.
Lo dijo como una declaración firme.
Adrian asintió lentamente.
—Ella tampoco.
Cassian pareció satisfecho con esa información.
No aliviado.
Satisfecho.
Como si confirmara algo que ya sabía.
Se acercó un poco más al balcón, quedando a un brazo de distancia.
—Te observé durante la reunión —dijo.
—Eso suena intimidante.
—Te desenvolviste bien.
Adrian arqueó una ceja.
—¿Eso fue un cumplido oficial del duque Armand?
—No exageres.
Pero su tono era menos rígido que semanas atrás.
—La historia original habría sido diferente —murmuró Adrian sin pensar demasiado.
Cassian giró levemente la cabeza.
—¿Historia?
—Suposiciones del consejo —improvisó con rapidez—. Ellos esperaban otro desarrollo.
Cassian miró el horizonte.
—No me interesan sus expectativas.
El viento movió ligeramente el cabello de Adrian.
—Entonces estamos rompiendo el guion.
Cassian lo miró.
—No sigo guiones.
Adrian sonrió.
—Eso es evidente.
Se quedaron en silencio.
No había tensión romántica exagerada.
No había drama.
Había algo más maduro.
Más estable.
Dos personas que, contra pronóstico, no estaban siendo arrastradas por fuerzas externas.
Isolde no era una amenaza.
No había triángulo.
No había desplazamiento.
Solo política.
Solo decisiones conscientes.
Y eso hacía todo más real.
Cassian habló de nuevo, en voz baja:
—No permitiré que el consejo trate nuestro matrimonio como moneda de cambio.
Adrian lo observó unos segundos.
Ese hombre que en la versión original había dejado que las cosas se enfriaran por distancia y orgullo…
Ahora estaba dejando límites claros desde el principio.
El destino realmente se estaba desmoronando.
—Eso suena casi protector —comentó Adrian.
—Es mi deber.
Pero había algo más detrás de esa palabra.
Algo que ya no era únicamente obligación.
Adrian lo notó.
Y eso lo inquietó más que cualquier protagonista rival.
Porque si Cassian estaba eligiendo…
Entonces esta historia ya no se trataba de sobrevivir.
Se trataba de entender qué estaban construyendo.
Y eso era infinitamente más complejo que pedir un simple divorcio.
Dando margen a que te diga, no. 😒. Deberías de haber llegado con el papel de divorcio o "¡quiero el divorcio!".
Y si te rechaza ir al consejo y exigir el divorcio.🤨🤨