Cuando Valeria decide empezar de nuevo en una ciudad que no conoce, lo último que espera es que un simple error cambie su vida para siempre.
Un mensaje enviado a la persona equivocada la conecta con Daniel, un hombre que también está intentando dejar atrás su pasado.
NovelToon tiene autorización de Camila Vegas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Lo que aún duele
La estabilidad duró exactamente cinco días.
Cinco días de mensajes tranquilos.
De cenas sencillas.
De risas suaves que no pedían explicaciones.
Y entonces, como siempre ocurre cuando uno cree que ya superó algo… el pasado llamó a la puerta.
Literalmente.
Sofía no esperaba visitas esa noche.
Estaba trabajando en los planos del proyecto cuando el timbre sonó.
Miró la hora.
10:47 p.m.
Frunció el ceño.
Cuando abrió la puerta, el aire se le fue del pecho.
Daniel.
No había enojo en su rostro.
Había cansancio.
Y algo peor: vulnerabilidad.
—Perdona que venga sin avisar —dijo él—. Estaba en Medellín por trabajo. Necesitaba verte.
El corazón de Sofía comenzó a latir con fuerza, pero no de amor.
De culpa.
De historia.
De todo lo que habían sido.
—Pasa —dijo finalmente.
Se sentaron frente a frente en el pequeño apartamento.
El lugar parecía más pequeño con él allí.
Más lleno de recuerdos invisibles.
—Te ves diferente —dijo Daniel.
—Estoy diferente.
Él asintió, pero sus ojos brillaban.
—Pensé que podría manejarlo —confesó—. Pensé que entendería. Que lo aceptaría. Pero no es tan fácil como decir “te deseo lo mejor” y ya.
Sofía tragó saliva.
—Daniel…
—¿Lo amas? —preguntó él, directo.
La pregunta cayó como una piedra en el centro de la habitación.
Sofía abrió la boca… pero no salió nada.
Porque la respuesta no era simple.
No era blanca o negra.
No era inmediata.
Daniel soltó una risa amarga.
—Eso pensé.
—No es eso —dijo ella, la voz quebrándose—. Es que todavía estoy entendiendo lo que siento.
—Yo sí sé lo que siento —respondió él—. Y duele.
El silencio se volvió pesado.
—No vine a rogarte que vuelvas —continuó Daniel—. Vine porque necesitaba saber si lo nuestro terminó porque ya no me amabas… o porque apareció alguien más.
Sofía sintió el peso de la verdad presionándole el pecho.
—Terminó porque yo ya no era feliz —dijo finalmente—. Y no supe aceptarlo hasta que alguien me hizo cuestionarlo todo.
Daniel cerró los ojos.
Ahí estaba.
La confirmación que no quería, pero necesitaba.
—Ojalá hubieras hablado antes —susurró.
—Ojalá yo también —respondió ella, con lágrimas cayendo sin permiso.
No hubo gritos.
No hubo drama explosivo.
Solo dolor real.
Daniel se levantó.
—Espero que encuentres lo que estás buscando, Sofía.
Cuando salió y la puerta se cerró, ella se dejó caer en el sofá.
Las lágrimas ya no eran suaves.
Eran profundas.
Porque elegir una nueva vida no borra la herida que deja la anterior.
Y como si el destino tuviera un sentido cruel del timing…
El teléfono vibró.
Mateo.
“Estoy abajo. Pensé en sorprenderte.”
El mundo pareció detenerse.
Sofía miró la puerta.
Miró el pasillo.
Miró su reflejo en el vidrio, los ojos hinchados, el corazón dividido entre culpa y deseo.
No estaba huyendo de nada.
Pero tampoco estaba completamente en paz.
El teléfono volvió a vibrar.
“¿Todo bien?”
Sofía respiró con dificultad.
El pasado acababa de irse por la puerta.
El posible futuro estaba esperando abajo.
Y por primera vez desde que había tomado todas esas decisiones…
Sintió miedo.
No de elegir mal.
Sino de herir otra vez.
Se levantó.
Caminó hacia la puerta.
Cada paso pesaba.
Cuando la abrió, Mateo estaba allí.
Sonriendo.
Pero su sonrisa se desvaneció al verla llorar.
—¿Qué pasó?
Sofía intentó hablar.
Pero lo único que salió fue la verdad cruda:
—No sé si estoy lista para no romper nada más.
El silencio entre ellos fue distinto a todos los anteriores.
Más frágil.
Más real.
Y, por primera vez desde que todo empezó…
El amor dejó de sentirse romántico.
Y empezó a sentirse peligroso.
El daño que se está incubando arrasará como un huracán con los tres, devastadoramente. No te arriendo la ganancia.