Mi nombre es Daniela Stevens, pero para el mundo —y para mi familia— soy invisible. Siempre viví a la sombra de Erika, la hija perfecta que todos adoraban y que los hombres más poderosos codiciaban. Pero la perfección tiene un precio, y cuando llegó el momento de pagarlo, mi familia decidió que no sería Erika quien cayera. Así comenzó mi infierno: siendo el sacrificio para que el sol de mi hermana nunca dejara de brillar.
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Planes siniestros
Mientras el silencio sepulcral reinaba en la casa de Arturo, en la mansión Stevens el aire vibraba con una energía frenética y ponzoñosa. Erika caminaba de un lado a otro en su habitación, sus tacones golpeando el suelo con una violencia que delataba su estado mental. Tenía los ojos inyectados en sangre y las manos le temblaban, no de miedo, sino de una rabia pura y asfixiante.
—¡No puede ser verdad! —gritó Erika, lanzando un frasco de perfume importado contra la pared, dejando que el aroma dulce se mezclara con el olor a derrota—. ¡Esa mosquita muerta no puede estar embarazada! ¡Ella no tiene la malicia, no tiene la astucia! ¡Se supone que yo sería la primera!
Elena, su madre, la observaba desde el tocador con una calma gélida, aunque sus ojos brillaban con la misma ambición depredadora. Elena siempre había visto en Erika su mejor versión, su oportunidad de asegurar un futuro de riqueza, y no iba a permitir que Daniela, la que no era nadie arruinara sus planes.
—Cálmate, Erika. El desespero te hace cometer errores —dijo Elena con voz suave, pero firme—. Si Daniela está esperando un hijo, entonces nuestra posición con los Villegas pende de un hilo. Guillermo está nervioso, y Alan... bueno, Alan es un idiota útil, pero si Arturo presenta un heredero, Alan no nos servirá de nada.
—¡Es que no lo entiendes, mamá! —Erika se detuvo frente a ella, con el rostro desencajado—. Si ese niño nace, Arturo se queda con todo. Yo seré la hermana de la "gran señora Villegas", viviendo de sus sobras. ¡Me niego! Alan y yo fuimos a la clínica, me sometí a tratamientos dolorosos... ¡todo para que ella llegue y me robe el trono con un golpe de suerte!
Elena se puso de pie y se acercó a su hija, tomándola por los hombros. Sus manos estaban frías.
—La suerte se puede cambiar, querida. Y los embarazos... los embarazos son frágiles —susurró Elena, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Si Daniela realmente tiene a ese niño en su vientre, ese niño es el muro que nos separa de la fortuna. Y los muros están hechos para ser derribados.
Erika guardó silencio, asimilando las palabras de su madre. El desespero en su pecho empezó a transformarse en algo más frío y calculado.
—¿Qué sugieres? Arturo la tiene vigilada como si fuera una joya de la corona. No nos dejará acercarnos.
—Arturo es médico, no un guardaespaldas —replicó Elena—. Ella tendrá que salir, tendrá que hacerse chequeos. Y si no está embarazada y solo es una mentira de Arturo, la desenmascararemos frente al abuelo. Pero si es verdad... —Elena hizo una pausa dramática—, entonces necesitaremos algo más permanente. Un "accidente", una complicación médica... algo que haga que ese supuesto heredero nunca llegue a ver la luz del sol.
Erika sintió un escalofrío de excitación. La idea de destruir lo único que le daba poder a Daniela la hacía sentir poderosa de nuevo. No le importaba la vida de ese niño; solo le importaba el peso del oro de los Villegas.
—Tienes razón —asintió Erika, recuperando el control de su respiración—. Daniela siempre fue el estorbo de esta familia. Primero con Alan, y ahora con esto. No voy a permitir que me gane otra vez. Si tengo que ensuciarme las manos para que ese niño desaparezca, lo haré.
En la penumbra de la habitación, madre e hija comenzaron a trazar un plan. Ya no se trataba solo de una carrera por quién quedaba embarazada primero; se trataba de una cacería. Mientras Daniela rezaba por un milagro para salvar a su madre, su propia familia estaba invocando un demonio para destruirla. El desespero de Erika la había llevado al límite, y ahora, el hijo de Daniela —existiera o no— ya tenía una sentencia marcada antes de nacer.
El ambiente en la habitación de Erika se volvió aún más denso cuando el sonido de unos pasos pesados resonó en el pasillo. Elena y Erika intercambiaron una mirada de complicidad silenciosa; su pacto de sombras no admitía más integrantes, ni siquiera al patriarca de la familia.
Guillermo Stevens entró sin llamar, con el rostro congestionado y el nudo de la corbata flojo. Se veía como un hombre que cargaba el peso de un imperio en ruinas. Al ver a su esposa e hija juntas, suspiró, dejándose caer en una poltrona de terciopelo.
—Acabo de colgar con uno de los socios de la farmacéutica —dijo Guillermo, frotándose las sienes—. Los rumores vuelan. Si es cierto que Arturo y Daniela están esperando un hijo, la posición de Alan se debilita por segundos. Y si Alan cae, nuestras acciones no valdrán ni el papel en el que están impresas.
Erika apretó los puños, pero forzó una sonrisa angelical, ocultando el veneno que acababa de destilar con su madre.
—No te angusties, papá —dijo con voz melosa, acercándose para masajearle los hombros—. Arturo es un estratega. Esa noticia del embarazo es demasiado conveniente, ¿no crees? Quizás solo están ganando tiempo.
Guillermo levantó la vista, buscando consuelo en los ojos de su hija favorita. A pesar de su frialdad, en el fondo de su ser existía un vestigio de duda. Daniela, después de todo, llevaba su sangre. La había vendido, sí, y la había golpeado para asegurar su obediencia, pero la idea de un nieto —un heredero directo de los Villegas con sangre Stevens— le generaba una ambición que luchaba contra su desprecio por ella.
—Si es verdad, Daniela habrá asegurado su lugar —murmuró Guillermo, casi para sí mismo—. Sería la madre del heredero. Tendríamos que tratarla con más... cuidado. Arturo no perdonará que alguien toque a la madre de su hijo.
Elena soltó una risa seca, caminando hacia la ventana para evitar que su esposo viera el brillo asesino en su mirada.
—No seas ingenuo, Guillermo. Daniela es una moneda de cambio, nada más. No empieces a sentir remordimientos ahora que las cosas se ponen interesantes.
—No es remordimiento, Elena —replicó él con dureza—. Es supervivencia. Si ese niño nace, Daniela es nuestra llave de oro. Debemos asegurarnos de que sepa que su familia está con ella.
quienes son ellos para hacer tanti daño excelente historia nos llevaste ala imaginación de cada capítulo escritora muchas felicidades