Reencarné en el omega destinado a morir por amor.
Abandonado por el protagonista, incluso estando embarazado.
Esta vez no rogaré.
Me iré con mi hijo… y escribiré mi propio final feliz.
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Capítulo 22 — Donde el pulso nos delata
El empedrado del borde del río aún estaba húmedo por la bruma de la mañana. La luz del sol rebotaba en los charcos pequeños, engañando a los pasos. Lysien caminaba despacio, el cuaderno bajo el brazo, concentrado en repasar mentalmente los acuerdos del día. El cansancio le tensaba los tobillos, y el aire frío le mordía la piel.
El resbalón fue mínimo. Un error de apoyo. El mundo se inclinó apenas, lo suficiente para que el cuerpo recordara que no todo se controla.
—¡—!
No alcanzó a terminar el sonido. Kaelen lo sujetó del antebrazo con un reflejo limpio, firme sin ser brusco. La otra mano fue a la espalda de Lysien, sosteniéndolo a una distancia respetuosa, evitando el vientre. El tirón fue suave, preciso. El equilibrio volvió.
Lysien quedó inmóvil un latido. Luego otro. El corazón le martillaba el pecho, rápido, casi desordenado. Sintió el calor subirle de golpe a las mejillas; las orejas se le encendieron de rojo intenso. Bajó la mirada, torpe, el aire saliéndole entrecortado.
—Y-yo… lo s-siento —tartamudeó, sorprendido por su propia voz.
El aroma de sus feromonas se liberó sin control, inundando el aire con una nota clara de jazmín blanco y té negro tibio, una felicidad nerviosa que no pedía permiso. Kaelen lo percibió de inmediato. No se acercó más. Mantuvo el agarre solo el tiempo necesario para asegurarse de que Lysien estaba estable, y luego retiró las manos con cuidado, como quien suelta algo frágil que ya no corre peligro.
Kaelen tragó saliva. Las orejas se le encendieron también, un rojo discreto que contrastaba con su gesto firme. Enderezó los hombros, buscando una compostura que no ocultaba del todo el pulso acelerado.
—Tranquilo —dijo, con voz baja y estable—. Ya estás bien. Apoya el peso aquí primero.
Le indicó el punto del empedrado más seco con un gesto pequeño. Lysien obedeció, respirando lento para calmar el martilleo del pecho. El rubor no cedía. Evitó la mirada de Kaelen un segundo, avergonzado por la reacción de su cuerpo.
—Gr-gracias —murmuró, la voz aún temblándole.
Kaelen negó despacio.
—No hay nada que agradecer —respondió—. Me alegra haberte alcanzado.
El viento movió el borde del abrigo de Lysien. El aroma de jazmín y té se disipó poco a poco, como una sonrisa que aprende a guardarse. Kaelen lo notó y, sin poder evitarlo, dejó que una sonrisa mínima se le quedara en los ojos.
—¿Te mareaste? —preguntó, manteniendo la distancia que Lysien necesitaba.
—Un p-poco —admitió Lysien—. Fue… tonto.
—Fue humano —corrigió Kaelen—. Y no estás solo cuando pasa.
Lysien levantó la vista al fin. Sus mejillas seguían encendidas. El pulso en el pecho se le acomodaba despacio. Ver las orejas rojas de Kaelen, pese a su postura firme, le arrancó una risa nerviosa que se le escapó sin permiso.
—Tú t-también estás rojo —señaló, con una timidez que lo delataba.
Kaelen carraspeó, incómodo consigo mismo.
—El frío —intentó justificar, con una seriedad que no convencía a nadie.
El momento se aflojó en una ternura compartida. No hubo abrazo. No hubo más contacto. Hubo dos personas aprendiendo a sostener el pulso cuando el cuerpo habla antes que las palabras.
Caminaron de nuevo, más despacio, eligiendo los pasos secos. El río siguió murmurando. Y Lysien, con el corazón aún latiendo fuerte, supo que no todo rubor es vergüenza: algunos son la alegría de no caer solo.
se dieron el picó tan anhelado 🤭
me encanta 💖 y ojalá en el próximo caputulo almenas le de un beso al pobre kaelen.
la evolución q a tenido es .uy buena a comparación con otras novelas de omegas q lloran y se sienten morir este me gusta y mucho
sigue así autora