Adrián Varma es el CEO Omega de un imperio tecnológico; un hombre rubio y tierno que oculta su sensibilidad tras trajes impecables y un aroma a pino y toronja. Su mundo perfecto se sacude cuando conoce a Leo, un Alfa atractivo pero con graves dificultades económicas que sobrevive trabajando en lo que puede para salvar a su familia.
A diferencia de otros, Leo exhala un aroma a eucalipto seductor que es capaz de calmar el estrés de Adrián. Lo que comienza como una relación laboral se convierte en una conexión profunda donde el dinero no importa
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Capítulo 20: El Laberinto de Espejos y Cenizas
La lluvia caía sobre la ciudad como un llanto eléctrico, lavando las calles pero sin poder limpiar la tensión que emanaba de la mansión Varma. Según el plan trazado, la división de fuerzas era clara: Adrián, escoltado por Xavi y un equipo de seguridad de élite, se dirigiría al Almacén 44 del puerto, llevando consigo el maletín que supuestamente contenía los archivos originales de las patentes robadas. Mientras tanto, Leo, movido por un instinto de Alfa que le quemaba las entrañas, se dirigiría al antiguo orfanato de los Thorne, el punto rojo que había parpadeado en su pantalla como el corazón de la bestia.
— Ten cuidado, por favor —susurró Adrián antes de separarse, envolviendo a Leo en un aroma a pino cargado de una súplica silenciosa.
— El que debería tener cuidado eres tú —respondió Leo, dándole un beso rápido que sabía a eucalipto y acero—. No te bajes del auto hasta que yo confirme que Valerius está frente a mí.
La separación fue un desgarro. Mientras Leo conducía su motocicleta hacia la zona más deprimida de la ciudad, Adrián llegaba al puerto. El Almacén 44 era una catedral de metal oxidado y sombras. El aroma a salitre y aceite quemado intentaba sofocar el miedo del Omega, quien sostenía el maletín con nudillos blancos.
Xavi dio la señal y las luces del almacén se encendieron, revelando una figura sentada en una silla de oficina en medio del espacio vacío. Estaba de espaldas.
— He venido a pagar la deuda de mi abuelo —gritó Adrián, su voz resonando con una toronja autoritaria que ocultaba su temblor—. ¡Da la cara, Valerius!
La silla giró lentamente, pero no era Valerius. Era un maniquí vestido con el antiguo uniforme de gala de los Thorne, sosteniendo una tablet que se encendió en el acto. En la pantalla, un hombre de cabello gris platino y una cicatriz que le cruzaba el pómulo sonrió con una elegancia depredadora. Era Valerius.
— El heredero de los Varma en el puerto... y el perro guardián en el orfanato —dijo Valerius, su voz filtrada por el audio del almacén—. Qué predecibles son cuando creen que han ganado la partida.
A kilómetros de allí, Leo irrumpía en el orfanato destrozando la puerta principal. Su aroma a eucalipto ahumado se desbordó por los pasillos polvorientos, buscando el rastro de Valerius, pero solo encontró... silencio. No había nadie. En medio del salón principal, encontró una antena repetidora conectada a un servidor: el mismo sistema que había usado para engañar a Leo.
— ¡Adrián, sal de ahí! —gritó Leo por el comunicador, el pánico tiñendo su aroma de un tono amargo—. ¡Es una trampa! ¡El orfanato es solo una antena repetidora, él nunca estuvo aquí!
Pero ya era tarde. En el puerto, las puertas del almacén se cerraron con un estruendo hidráulico.
— No busco las patentes, Adrián —dijo la voz de Valerius a través de la tablet—. Busco que sientas lo que sintió mi familia: la pérdida total. Tu seguridad ha sido hackeada desde adentro. Xavi, ¿realmente creíste que todos tus hombres eran leales al dinero de los Varma?
Adrián vio con horror cómo dos de sus propios guardias apuntaban sus armas, no hacia el frente, sino hacia él y hacia Xavi. El aroma a veneno de los Thorne no estaba en el aire, sino en la traición.
Valerius, que en realidad estaba en un edificio de oficinas justo frente a la mansión Varma, observaba todo por las cámaras. Había dejado a Adrián atrapado en el puerto para poder dirigirse a lo que más le dolía al Omega: su hogar y su madre.
— Leo Valari —dijo Valerius, sabiendo que el Alfa lo escuchaba por el canal abierto—. Tienes diez minutos para llegar a la mansión antes de que yo termine lo que mi sobrino Julian empezó. El Almacén 44 está programado para incendiarse. ¿A quién salvarás primero? ¿Al Omega que amas o a la madre que te dio la vida?
Leo, en el orfanato, sintió que el mundo se detenía. Estaba en el punto más alejado de ambos objetivos. Su aroma a eucalipto se volvió una tormenta de furia y desesperación. Adrián, por su parte, atrapado entre las llamas que empezaban a brotar del Almacén 44 y los cañones de los traidores, tomó una decisión.
— ¡Vete a la mansión, Leo! —gritó Adrián por el micrófono, mientras forcejeaba con Xavi para cubrirse tras unos contenedores—. ¡Protege a tu madre y a mi padre! ¡Yo encontraré la forma de salir! ¡Confía en mí como yo confío en ti!
Leo arrancó su motocicleta, el motor rugiendo como un animal herido. El camino se dividía en dos: el puerto a la izquierda, la mansión a la derecha. El aroma de Adrián, ese pino que tanto amaba, parecía desvanecerse en la distancia del comunicador entre el ruido del fuego.
Valerius Thorne había logrado lo imposible: poner al algoritmo de Leo Valari ante una elección donde cualquier resultado terminaba en muerte. El tablero estaba servido para el acto final, y el aroma predominante en toda la ciudad ya no era el éxito, sino el humo de una deuda que exigía ser pagada con sangre.