El amor es un suspiro mortal; la obsesión es un hambre eterna.”
Francois es un joven florista cuya vida es un jardín de luz y serenidad. Su mundo gira en torno a Margaret, su prometida, una mujer cuya calidez es el único refugio que necesita. Pero la felicidad de los mortales siempre atrae a las sombras, y para Demon, un vampiro antiguo que ha olvidado lo que significa sentir, Francois no es solo una presa: es una obsesión.
Demon no busca simplemente la sangre de Francois; desea corromper su pureza, quebrar su voluntad y poseerlo como la joya más preciada de su colección macabra. Consumido por unos celos patológicos hacia Margaret, el vampiro inicia un asfixiante juego de manipulación psicológica. A través de visiones aterradoras, regalos envenenados y la seducción del poder prohibido, Demon comienza a aislar a Francois de la realidad, sembrando la desconfianza y la paranoia en la pareja.
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Capítulo 14: El Alquimista de la Agonía
El sótano de la florería, una vez refugio de paz y estudio botánico, se había transformado en una cámara de guerra alquímica. Las paredes vibraban con el eco de las detonaciones que sacudían el piso superior, un recordatorio constante de que el tiempo de la diplomacia y el ocultamiento había terminado. Francois Miller, el hombre que pasó décadas intentando olvidar el sabor de la eternidad, se encontraba ahora inclinado sobre un altar de piedra, con las manos hundidas en una solución de fósforo, mercurio y la esencia destilada del corazón de obsidiana.
—Fran, el estabilizador está fallando —advirtió Margaret, ajustando las válvulas de un viejo alambique que siseaba con vapor carmesí. Su rostro estaba manchado de hollín, pero sus ojos reflejaban una determinación inquebrantable. Ella era la ingeniera de este milagro oscuro.
—No puede fallar, Maggie —respondió Francois. Su voz no era la del anciano cansado de hacía una hora; era la voz de un hombre que estaba canalizando una fuerza que su cuerpo mortal apenas podía contener. El anillo dorado en sus ojos no solo brillaba, sino que parecía emitir pulsos de calor—. Si no vinculo la piedra a la red de la ciudad ahora, Clara no tendrá ninguna oportunidad ahí fuera.
El Azote de Aegis-Lux
En la superficie, San Jude se había convertido en un infierno de neón y fuego. Clara Miller se deslizaba por las sombras de los edificios con una fluidez que desafiaba la física. Sus dagas de cristal de invernadero dejaban rastros de veneno púrpura en el aire, cortando los sistemas de comunicación de los drones que intentaban fijar su posición.
Sin embargo, en el cruce de la Avenida Central, la oscuridad se rompió. Un foco de luz blanca cegadora descendió del cielo, y con un impacto que agrietó el asfalto, un ser descendió frente a ella.
No era un soldado común. Medía más de dos metros, envuelto en una armadura de combate hidráulica que emitía un zumbido constante. En su casco, en lugar de un visor humano, brillaban seis sensores ópticos de color azul eléctrico. Era un "Paladín-X", el super-soldado insignia de Aegis-Lux, un organismo modificado genéticamente y potenciado con tecnología de supresión de campo.
—Objetivo Híbrido identificado —la voz del Paladín-X era una síntesis mecánica carente de alma—. Protocolo de Erradicación 0-9 activado. No se aceptan rendiciones.
El Paladín-X levantó un cañón de riel montado en su brazo y disparó. Clara reaccionó por puro instinto, saltando hacia una pared lateral, pero la onda de choque del proyectil de plasma la lanzó contra un escaparate. El cristal se hizo añicos, pero antes de que ella pudiera recuperarse, el gigante ya estaba sobre ella, moviéndose con una velocidad que su tamaño no sugería.
—Eres fuerte, hojalata —escupió Clara, limpiándose la sangre del labio mientras sus ojos se tornaban de un ámbar incandescente—. Pero mi padre me enseñó que las máquinas no tienen raíces.
El Ritual de la Red
Bajo tierra, Francois hundió la piedra de obsidiana en el núcleo del alambique. El estallido de energía fue tal que Margaret fue lanzada contra la pared.
—¡Francois, detente! —gritó ella—. ¡Tu corazón no lo soportará!
Pero Francois no escuchaba. Sus sentidos se habían expandido fuera de su cuerpo. A través del fragmento de Demon, podía sentir cada planta, cada brizna de hierba y cada árbol en un radio de diez kilómetros. Podía sentir el miedo de los ciudadanos y el hambre de los vampiros de Julianis que se acercaban por los túneles.
—No estoy usando mi corazón, Maggie —jadeó Francois, mientras sus venas se tornaban negras y visibles bajo su piel—. Estoy usando el de él.
Francois cerró los puños. En ese momento, las tuberías de agua de la ciudad, los cables de fibra óptica y las raíces de los antiguos árboles del parque central se convirtieron en un solo sistema nervioso. Estaba convirtiendo a San Jude en un organismo vivo bajo su control.
—¡Clara! —bramó Francois mentalmente, una orden que resonó en el cráneo de su hija como un trueno—. ¡Ahora!
La Danza de la Espina y el Plasma
En la superficie, Clara sintió la descarga de poder de su padre. El suelo bajo sus pies comenzó a vibrar. El Paladín-X levantó su puño hidráulico para aplastarla, pero antes de que el golpe descendiera, una serie de enredaderas de hierro y fibra de carbono surgieron de las grietas del asfalto, envolviendo las extremidades del coloso metálico.
—¿Qué... es... esto? —la voz mecánica del soldado se distorsionó mientras los sensores detectaban una anomalía biológica masiva.
—Es el jardín de mi padre —dijo Clara con una sonrisa feroz.
Ella no usó sus dagas. Extendió sus manos y, por primera vez, dejó que la esencia pura de la obsidiana fluyera a través de ella. De sus palmas brotaron espinas de cristal líquido que se endurecieron al contacto con el aire. Se lanzó contra el Paladín-X, esquivando sus disparos erráticos mientras las raíces lo inmovilizaban.
Clara clavó sus espinas en las articulaciones de la armadura, inyectando el veneno de la Adelfa purificada directamente en los sistemas de refrigeración del traje. El metal comenzó a chirriar y a corroerse.
—Error de sistema... Fallo de núcleo... —el Paladín-X se desplomó de rodillas, con vapor saliendo de sus circuitos—. Los humanos... no pueden... hacer esto...
—Tienes razón —susurró Clara al oído del sensor principal—. Pero nosotros ya no somos solo humanos.
Con un movimiento final, Clara decapitó la unidad con un tajo de su daga impregnada en poder antiguo. El coloso de Aegis-Lux quedó como un monumento de chatarra en medio de la calle, rodeado de flores blancas que empezaban a brotar de la sangre sintética que goteaba del traje.
La Sombra de Julianis
La victoria duró poco. El aire sobre la avenida se volvió gélido, y el humo de las explosiones se apartó para revelar a una figura que caminaba tranquilamente entre el caos. Julianis.
No estaba solo. Detrás de él, una docena de Antiguos con túnicas ceremoniales avanzaban, ignorando los drones de Aegis-Lux que caían del cielo como moscas, saboteados por la interferencia de Francois desde el sótano.
—Has crecido, pequeña espina —dijo Julianis, deteniéndose a unos metros de Clara. Miró los restos del Paladín-X con desprecio—. Aegis-Lux cree que puede cuantificar lo divino con silicio y acero. Son tan ingenuos como Demon lo fue con sus sentimientos.
—Vete de aquí, Julianis —amenazó Clara, aunque su cuerpo temblaba por el esfuerzo—. Mi padre tiene el control de la ciudad. Un paso más y las raíces te arrastrarán al núcleo de la tierra.
—Tu padre está muriendo, Clara —respondió Julianis con una calma aterradora—. Siento su alma desgarrándose. No puede sostener la red por mucho tiempo. La obsidiana es un parásito que consume al huésped. Él se sacrifica para darte tiempo, pero ¿tiempo para qué? ¿Para que los humanos te diseccionen en un laboratorio o para que yo te convierta en la punta de mi lanza?
El Pacto de Desesperación
En el sótano, Francois se desplomó. Margaret lo atrapó antes de que golpeara el suelo. Su respiración era un silbido agónico.
—Lo hice... —susurró él—. He bloqueado sus armas... pero Julianis... Julianis está en la calle.
—No hables, Fran. Quédate conmigo —Margaret lloraba, intentando cerrar el círculo alquímico para detener el drenaje de energía.
—Maggie... escucha. La única forma de detener a ambos... es el Lirio de la Desolación. Está en el diario... la última página.
Margaret palideció. Ella conocía esa fórmula. No era una planta, era una acción. El Lirio de la Desolación requería que el último rastro de humanidad en un híbrido fuera entregado voluntariamente para crear una zona de exclusión donde nada sobrenatural ni tecnológico pudiera funcionar. Sería la muerte de la magia en San Jude, pero también la muerte de Clara como ser vivo.
—No se lo digas —suplicó Margaret—. No la obligues a eso.
—Ella ya lo sabe —dijo Francois, mirando hacia el techo—. Ella siempre lo supo.
En la calle, Clara miró hacia la florería y luego a Julianis. Ella podía sentir el pensamiento de su padre, la conexión final. Entendía que para salvar a la ciudad de la Cosecha de Julianis y de la Purga de Aegis-Lux, debía florecer por última vez.
—No seré tu reina, Julianis —dijo Clara, mientras su piel empezaba a brillar con una luz blanca cegadora—. Y tampoco seré el experimento de Aegis-Lux. Seré el fin de todos vosotros.
Clara comenzó a elevarse, sus pies dejando el suelo mientras raíces de luz pura brotaban de su pecho, extendiéndose hacia todos los rincones de San Jude. La Gran Cosecha y la Gran Purga estaban a punto de chocar, y en el centro, una familia de floristas se preparaba para dar la vida por un mundo que nunca terminó de comprenderlos.
ah y otra cosa que pasara cuando se le quite la obsesión y lo pruebe por que a parecer todo es un simple capricho el no esta enamorado de francois?!!!