"En mi vida pasada morí como una tonta; en esta, seré tu peor pesadilla."
Valeria murió traicionada por su esposo y su prima, mientras el único hombre que intentó salvarla fue Damian, el rival que ella siempre despreció.
Tras despertar tres años antes de su muerte, Valeria decide cambiar las reglas: no habrá más lágrimas, solo una fría venganza. Para destruir a quienes la pisotearon, se aliará con el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad: el enemigo de su marido.
¿Podrá convencer al hombre que siempre la amó en secreto de que esta vez ella está de su lado?
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La máscara del amor
El teléfono seguía vibrando en mi mano, un objeto pequeño que parecía pesar una tonelada bajo la mirada gris y gélida de Damián. El nombre de JULIÁN parpadeaba en la pantalla como una señal de advertencia.
Damián no se movió. Se inclinó ligeramente, invadiendo mi espacio con esa confianza depredadora que lo caracterizaba, y me hizo un gesto con la cabeza hacia el teléfono. Su cercanía era una prueba de fuego: si fallaba ahora, si mi voz temblaba, él sabría que no era lo suficientemente fuerte para este juego.
Deslicé el dedo por la pantalla y puse el altavoz.
—¿Julián? —mi voz salió suave, impregnada de una preocupación fingida que me dio asco a mí misma—. ¿Qué pasa? Te escucho agitado.
—¡Es un desastre, Valeria! ¡Un maldito desastre! —El grito de Julián rompió el silencio del almacén, cargado de una rabia que casi podía palparse—. ¡Ese bastardo de Blackwood! ¡No sé cómo lo hizo, pero tenía documentos que solo estaban en mi caja fuerte privada! ¡Me han humillado frente a todo el comité!
Damián arqueó una ceja, una sonrisa imperceptible y cruel dibujándose en sus labios. Estaba disfrutando cada segundo.
—¿De qué hablas? —pregunté, fingiendo sorpresa—. ¿Los documentos de la licitación? Pero si me dijiste que todo estaba bajo control... Julián, me asustas. ¿Estás bien?
—¡No, no estoy bien! —rugió él. Escuché el sonido de algo rompiéndose al otro lado de la línea; probablemente un jarrón o su propio escritorio—. ¡Me han escoltado fuera del edificio como a un criminal! Alguien me traicionó, Valeria. Alguien muy cercano ha estado filtrando información a Blackwood.
Damián estiró la mano y, con una lentitud tortuosa, rozó con la punta de sus dedos la línea de mi mandíbula. El contraste entre el grito de odio de Julián y el toque electrizante de Damián me hizo estremecer.
—Julián, cálmate por favor —dije, cerrando los ojos para concentrarme en la mentira—. Quizás Blackwood contrató a algún hacker, o alguien de la constructora... Sabes que tiene espías en todas partes. ¿Dónde estás ahora?
—Voy de camino a la oficina. Mónica está histérica, dice que la policía podría solicitar una orden de registro. Valeria, necesito que vayas a la casa ahora mismo. Saca la carpeta azul que está en el doble fondo de mi armario y llévatela a un lugar seguro. No confío en nadie más que en ti.
Damián apretó ligeramente mi barbilla, obligándome a mirarlo. Sus ojos me decían: "No lo hagas".
—Lo haré, Julián. Iré de inmediato —mentí, mirando fijamente a Damián—. Pero ten cuidado. Si Blackwood tiene esa información, podría estar vigilándote.
—Ese infeliz pagará por esto. Te lo juro, Valeria. Cuando descubra quién le dio los archivos, voy a desollarlo vivo. Ve a por la carpeta. Te veo en dos horas.
La llamada se cortó con un tono seco. El silencio regresó al almacén, pero ahora se sentía cargado de una tensión eléctrica nueva. Damián no me soltó.
—"No confío en nadie más que en ti" —repitió Damián, imitando el tono de Julián con un desprecio evidente—. El idiota te está entregando las pruebas de su propia caída en bandeja de plata.
—Cree que sigo siendo su perra fiel —respondí, apartando su mano con firmeza—. Pero esa carpeta azul... no es lo que él cree. Conozco esa carpeta. Contiene los contratos originales de los testaferros. Si la obtengo, Julián no tendrá nada con qué defenderse.
Damián dio un paso atrás, cruzando los brazos sobre su pecho. Su mirada me analizaba como si estuviera resolviendo un enigma matemático complejo.
—Él te pidió que la escondieras. Si no la encuentras, o si se entera de que no fuiste a la casa, sabrá que la traidora eres tú. Estás caminando sobre el filo de una navaja, Valeria.
—Por eso necesito que me sigas —dije, dando un paso hacia él—. Julián va hacia la oficina. Mónica estará allí con él. Es mi oportunidad de entrar en la casa, tomar la carpeta y... hacer un pequeño cambio.
—¿Un cambio?
—No voy a robar la carpeta. Voy a sustituir los documentos reales por otros falsificados que lo incriminen en algo mucho más grave que un fraude de licitación. Pero necesito que tus hombres vigilen el perímetro. Si Julián decide regresar antes de tiempo, necesito saberlo.
Damián guardó silencio durante un largo minuto. El sonido del agua golpeando los muelles era lo único que llenaba el espacio.
—Estás loca —dijo finalmente, pero en su voz no había condena, sino una pizca de admiración oscura—. Estás jugando un juego suicida, y parece que te gusta.
—No me gusta, Damián. Pero en mi vida... —me detuve antes de decir "vida anterior"— ...en mi experiencia, si vas a matar a un rey, no puedes fallar el primer tiro.
Damián se acercó una vez más, esta vez sin la agresividad de antes. Su mano se posó en la nuca de mi cuello, sus dedos enredándose ligeramente en mi cabello. Fue un gesto casi posesivo, una marca de propiedad que no me disgustó tanto como debería.
—Te daré el apoyo. Mis hombres estarán en las esquinas de tu mansión. Si Julián aparece, recibirás una señal en tu teléfono. Pero a cambio, Valeria... quiero esa carpeta azul en mis manos esta noche.
—La tendrás —prometí.
—Y una cosa más —su voz bajó a un susurro peligroso—. No vuelvas a usar ese tono de "novia preocupada" frente a mí. Me da ganas de estrangularte o de...
No terminó la frase. Sus ojos bajaron a mis labios con una intensidad que me hizo olvidar cómo respirar por un segundo. Luego, me soltó abruptamente y se dio la vuelta.
—Vete. Tienes noventa minutos antes de que Julián pierda la paciencia. El reloj corre, princesa.
Salí del almacén con el corazón latiendo en la garganta. El juego doble se estaba volviendo cada vez más peligroso, pero por primera vez, sentía que no era yo la que estaba acorralada.
Julián creía que yo era su salvación. Damián creía que yo era su herramienta. Ninguno de los dos sabía que yo era el incendio que iba a consumirlos a ambos.