Lara es una joven de veinte años proveniente de Sucamajé, un pueblito humilde del interior. Cuando la familia enfrenta deudas y su novio la abandona, ella acepta la única oferta que aparece: convertirse en nodriza del bebé de un hombre que ni siquiera conoce. El bebé se llama Miguel. El padre se llama Rafael Cavalcanti.
Rafael es CEO del Grupo Cavalcanti, uno de los mayores conglomerados empresariales de São Paulo. Frío, controlador, acostumbrado a dictar reglas sin justificación, Rafael carga con un pasado de aislamiento emocional que Sofía — la mujer que lo crió como madre — construyó meticulosamente para mantenerlo preso. Cuando Lara entra en la Mansión Cavalcanti con sus ojos asustados y su leche que no deja de producirse sin motivo médico aparente, Rafael intenta mantener la distancia. Intenta.
Lo que comienza como una relación estrictamente profesional —jefe y empleada— va cediendo, poco a poco, al peso de una atracción que ninguno de los dos sabe cómo nombrar. Rafael descubre que la dulzura de Lara no es debilidad, sino una fuerza extraña que atraviesa toda la armadura que él pasó décadas construyendo. Lara descubre que detrás de la frialdad del jefe existe un hombre que nunca supo lo que era ser realmente amado.
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Capítulo 3: El silencio sospechoso
Rafael Cavalcanti estaba parado del otro lado de la puerta de madera con sentimientos contradictorios. El reloj del pasillo seguía marcando los segundos, pero el llanto de Miguel —que normalmente hacía vibrar todo el corredor— había desaparecido por completo. Silencio. Un silencio que, curiosamente, intimidaba a Rafael más que los gritos de su hijo.
Los dos minutos que había prometido ya habían pasado. Las manos grandes apretaron la manija, indecisas entre derribar la puerta o esperar un instante más. El pensamiento divagó hacia Lara, aquella muchacha del interior que parecía tan frágil, pero que había tenido la audacia de echarlo del cuarto de su propio hijo.
¿Qué estará haciendo?, murmuró Rafael en voz baja. La rabia que hervía antes le había cedido el lugar a una curiosidad que lo incomodaba. Rafael no estaba acostumbrado a no tener el control. En la empresa era el rey. En esta casa era el dueño de todo. Y sin embargo, esa muchacha acababa de crear un territorio propio dentro de su propio cuarto.
Sin hacer ruido, Rafael introdujo la llave de reserva en la cerradura. La giró con extremo cuidado, sin dejar que el pestillo hiciera ningún clic. Empujó la puerta unos centímetros, abriendo una rendija para espiar.
Adentro, las luces principales estaban apagadas; solo quedaba el brillo suave de la lámpara del rincón. Rafael entrecerró los ojos. Vio a Lara inclinada sobre la cuna de Miguel. La muchacha acomodaba la mantita del bebé con gestos muy delicados.
Miguel dormía profundamente. De verdad. La respiración era regular, las manitas abiertas al lado de la cabecita, revelando una paz que Rafael no veía hacía semanas. Ningún rostro rojo de llanto, ningún pataleo de frustración.
Lara se abotonaba a toda prisa la parte de arriba del uniforme. Los gestos eran torpes y llenos de pánico. Varias veces se pasó la palma por el frente de la blusa, como si hubiera derramado algo.
Rafael empujó la puerta de golpe y entró. El ruido de sus zapatos en el mármol hizo que Lara diera un brinco. La muchacha se dio la vuelta de inmediato, quedando de espaldas a la cuna de Miguel, el rostro blanco del susto.
—¿Cómo hiciste eso? —La voz de Rafael sonó como un susurro afilado en medio del silencio de la noche.
—Usted... ¿c-cuándo entró? —La voz de Lara temblaba. Bajó la cabeza, las manos entrelazadas frente al estómago, intentando cubrirse el pecho, ligeramente más húmedo que antes.
Rafael no respondió. Avanzó hasta la cuna y se quedó mirando a su hijo. Miguel estaba realmente tranquilo. Pero cuando Rafael se acercó, aspiró un olor muy fuerte en el aire. No era el aroma sintético de la leche de fórmula. Era un olor dulce, cálido e increíblemente fresco, un olor que parecía activar algo primitivo muy adentro de Rafael.
—¿Por qué se durmió tan rápido? ¿Qué le diste? —Rafael se volvió y encaró a Lara con ojos de halcón. Dio un paso al frente, obligándola a retroceder hasta que la espalda le chocó contra la pared fría.
—Yo... solo lo mecí en brazos, señor. Tal vez el pequeño Miguel necesite el contacto piel a piel para sentirse seguro —respondió Lara, las palabras tropezándose en las sílabas. El corazón le latía tan fuerte que temía que él pudiera oírlo.
Rafael entrecerró los ojos y observó el cuello del uniforme de Lara, ligeramente torcido. —¿Solo lo meciste? Entonces, ¿por qué pareces tan asustada? ¿Y por qué estás sudando frío?
Rafael levantó la mano; los dedos casi alcanzaron el hombro de Lara. Sintió el calor que irradiaba del cuerpo de la muchacha. Había algo raro ahí, y él lo sabía. Esa chica escondía algo muy grande detrás de su cara de inocencia.
—No me gusta que me engañen, Lara —susurró Rafael muy cerca de su oído, haciendo que los vellos de la nuca de la muchacha se erizaran—. Si descubro que le diste algo peligroso a mi hijo para que se callara, no voy a dudar en llamar a la policía.
Lara solo pudo sacudir la cabeza, las lágrimas aflorando. —Jamás le haría daño al pequeño Miguel, señor. Se lo juro por Dios... solo quería que estuviera bien.
Rafael se quedó callado un momento, mirando los labios temblorosos de Lara. La desconfianza seguía ahí, pero el olor dulce que emanaba del cuerpo de ella empezó a nublarle la lógica. Retiró la mano, intentando contener el impulso extraño que había surgido en medio de la rabia.
—Vete a tu cuarto. Ilda te va a mostrar dónde es. Mañana temprano hablamos. Y grábate una cosa: nunca más pongas seguro a la puerta de este cuarto cuando estés aquí con Miguel.
Lara asintió rápido y salió casi corriendo. Rafael se quedó mirando a su hijo dormido, respirando los rastros del aroma dulce que ella había dejado. Supo, en ese instante, que Lara no era una niñera común. Y estaba decidido a descubrir qué escondía debajo del uniforme.
Lara corrió por el pasillo del segundo piso, amplio y silencioso. Los calcetines en la alfombra afelpada no hacían ruido, pero el corazón le retumbaba como tambor de guerra en los oídos. Cada vez que revivía la mirada penetrante de Rafael y el momento en que la arrinconó contra la pared, las rodillas casi le fallaban. Era una liebre que había escapado del tigre, pero sabía que el tigre todavía no se había dado por vencido.
—Doña Ilda —susurró Lara al divisar una silueta al fondo del pasillo, cerca de la alacena.
Ilda, que acomodaba unos biberones en la despensa, se volteó con el rostro preocupado. —¿Lara? ¿Qué pasó? Estás blanca como la cal. Parece que viste un fantasma.
Lara fue hasta ella y le agarró el brazo con las manos temblorosas. —Doña Ilda... ¿dónde es mi cuarto? Necesito descansar. Tengo miedo de dar un paso en falso.
Ilda soltó lo que tenía en las manos y condujo a Lara al área de los empleados en la parte trasera de la mansión, que aun así era mucho más cómoda que la casa de Lara en el interior. —¿El señor Rafael te gritó? ¿O Miguel no se quiso calmar?
—Miguel ya está dormido, Doña Ilda. Pero el señor Rafael entró y se puso a interrogarme. Quedó desconfiado —respondió Lara mientras intentaba regular la respiración. Todavía sentía el calor de la boquita de Miguel en el pecho, y el uniforme húmedo la incomodaba mucho.
—Habla más bajo —Ilda abrió la puerta de un cuarto ordenado con una cama individual bien mullida—. Es aquí. Tiene un baño pequeño adentro. Puedes darte un baño.
Ilda cerró la puerta y observó a Lara con atención. —Lara, sé honesta conmigo. ¿Qué hiciste para que el bebé se callara así? Normalmente, aunque tres personas lo carguen al mismo tiempo, Miguel no para de gritar hasta quedarse sin voz.
Lara desvió la mirada, sin valor para enfrentar los ojos experimentados de Ilda. —Solo... le di lo que necesitaba, Doña Ilda. Cariño.
Ilda suspiró, interpretando aquello como una respuesta diplomática de muchacha ingenua. —Está bien. Descansa. Pero acuérdate, Lara: el señor Rafael es muy observador. Hay cámaras en casi todos los rincones de esta casa, excepto en los baños y los cuartos del personal. No hagas nada raro.
El corazón de Lara se hundió. ¿Cámaras? ¿Entonces Rafael podía verlo todo?
—¿C-cámaras, Doña Ilda? ¿En el cuarto de Miguel también? —preguntó, la voz desvaneciéndose.
—Sí. Pero rara vez las revisa cuando está ocupado con el trabajo. Desde que la exesposa se fue, le dio por checarlas desde el celular. Pero deja de preocuparte por eso. Lo importante es que Miguel está tranquilo. Eso ya cuenta mucho a tu favor —dijo Ilda, dándole una palmadita en el hombro a Lara antes de salir.
En cuanto la puerta se cerró, Lara se recargó en ella y se deslizó hasta el suelo. Escondió el rostro entre las rodillas. Las lágrimas cayeron sin pedir permiso. Lloraba por la situación en la que estaba: atrapada en esa mentira para sostener a su familia.
Con dedos lentos, abrió los botones de la blusa. Observó la mancha húmeda en forma de círculo sobre la tela del uniforme. El olor de su propia leche le llenó los sentidos, un aroma que se había convertido, al mismo tiempo, en su salvación y su perdición.
—Mamá... tengo miedo —murmuró.
Del otro lado de la mansión, en el despacho a oscuras, Rafael Cavalcanti estaba sentado en la silla. No miraba los informes financieros de la empresa. Los ojos estaban fijos en el monitor grande que mostraba la grabación de las cámaras de seguridad del cuarto del bebé, unos minutos atrás.
Rebobinó la escena en que Lara pidió quedarse a solas con Miguel. Observó cada movimiento de ella en la pantalla en blanco y negro. Aunque el ángulo de la cámara no mostraba con claridad lo que hacía en la mecedora —el respaldo alto la cubría—, Rafael alcanzaba a ver el ritmo de la espalda de Lara, y cómo Miguel, que se había agitado todo el tiempo, de pronto se había quedado quieto en cuestión de segundos.
Rafael se tocó los propios labios, recordando el olor dulce que había aspirado en el cuarto. —Muchacha —murmuró, la voz ronca y cargada de algo que prefirió no nombrar—, ¿qué le estás dando a mi hijo?
¿ ACASO BUSCARLE UNA NOVIA HA RAFAEL?
¿ NO SEGUIRÁ ENAMORADO DE SU MUJER LA MAMÁ DE MIGUEL?
¿ Y SI ES ASÍ POR QUÉ NO SE LO HA DICHO A LARA?
¿ QUE TAL QUE APARECIERA LA VERDADERA MADRE DE MIGUEL ?
¿ Y EN CASO DE QUE APARECIERA QUE PASARÍA CON LARA ?