Cuando la mafia y el amor se cruzan...
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Lo que arde y lo que sangra
La tarde caía pesada, como una promesa de tormenta.
La nieve golpeaba con furia los ventanales de la mansión, dibujando líneas blancas contra el cristal empañado. Afuera, en el patio helado, Dante entrenaba con una intensidad salvaje.
Torso desnudo, piel endurecida por el frío, músculos marcados moviéndose con la precisión de un depredador. Cada golpe que lanzaba al saco colgado entre dos columnas sacudía el aire como un trueno.
La espalda —surcada de cicatrices viejas— se tensaba y volvía a relajarse, como una bestia que se niega a morir.
Sus nudillos sangraban. Pero él no se detenía.
No sentía dolor. No lo quería sentir.
Desde una ventana alta del ala norte, Isabella lo miraba.
El vapor subía de su taza de té entre sus manos, pero ni el calor ni la porcelana le templaban los nervios. Estaba paralizada.
Observándolo.
Ese hombre no era simplemente su captor.
Era algo más. Algo que la hería… pero también la llamaba. Un abismo que la atraía sin razón.
Apretó los dientes y se obligó a apartarse.
Si seguía mirando, iba a terminar olvidando por qué debía odiarlo. Y no podía darse ese lujo.
Isabella apoyó la espalda contra la pared fría junto a la ventana y cerró los ojos durante unos segundos.
El sonido sordo de los golpes seguía llegando desde el exterior, atravesando el cristal como el latido de un corazón demasiado grande para aquella casa. Cada impacto parecía resonar dentro de ella de una manera incómoda, inexplicable.
Intentó concentrarse en otra cosa.
En el calor del té.
En el aroma suave de las hierbas.
En el crujido de la madera antigua bajo sus pasos.
Pero nada funcionó.
Porque una parte de ella seguía imaginando a Dante allá afuera, bajo la nieve, golpeando hasta destrozarse los nudillos.
Como si estuviera castigando algo.
O castigándose a sí mismo.
Esa idea le produjo una sensación extraña en el pecho.
No compasión.
No exactamente.
Era algo más confuso.
Algo que no quería analizar.
La mansión permanecía inquietantemente silenciosa. Los largos pasillos parecían vacíos, y el viento que golpeaba las ventanas producía pequeños silbidos que recorrían las habitaciones como fantasmas invisibles.
Por un instante, Isabella sintió una profunda sensación de cansancio.
Estaba agotada de huir.
Agotada de tener miedo.
Agotada de no saber quién decía la verdad.
Luca.
Vittorio.
Dante.
Todos parecían ocultar piezas de un mismo rompecabezas.
Y ella seguía atrapada en el centro, intentando comprender una historia que había comenzado mucho antes de que supiera siquiera que formaba parte de ella.
Con un suspiro lento, volvió a mirar por la ventana.
Y deseó, aunque solo fuera por un momento, que todo aquello terminara.
A varios kilómetros de allí, en un punto no registrado por ningún mapa oficial, dos figuras se agazapaban junto a una camioneta negra estacionada entre los árboles.
Luca comprobaba su arma.
Vittorio se ajustaba el chaleco antibalas con precisión militar.
—¿Y si todo esto es otra trampa? —murmuró Luca, con la mandíbula apretada.
—Entonces que explote —espetó Vittorio, seco, sin titubear—. Pero esta vez, nos la llevamos.
El terreno había sido triangulado a través de cámaras satelitales hackeadas, junto con información obtenida a cambio de un soborno en Moscú y una llamada en clave.
—Vamos. Por ella —gruñó Luca.
Y con una patada, derribaron la puerta principal.
El caos fue inmediato. Alarma.
Disparos.
Sombras corriendo en todas direcciones.
La mansión estalló en movimiento.
Isabella, que estaba por salir de su habitación, sintió el primer estruendo como un terremoto.
—¿Qué está pasando? —susurró, asustada.
Antes de que pudiera avanzar, un guardia apareció y la empujó violentamente hacia la pared.
—¡Quedate quieta! —ordenó.
La lámpara cayó y la habitación se volvió humo. Isabella tosía, sus ojos llenos de ceniza y miedo.
Y entonces, entre el polvo, vio una figura. Luca.
—¡ISABELLA! —gritó, avanzando como un loco entre los escombros. Ella corrió hacia él sin pensar.
—¡LUCA! —El alma le volvió al cuerpo con ese abrazo.
Él la envolvió con los brazos con desesperación, jadeando.
—Ya está… ya pasó… —le murmuró al oído—. Te tengo. Vamos. Pero no había pasado.
Un disparo atravesó el aire.
La bala rozó el costado de Luca, haciéndolo tambalear.
—¡LUCA! —gritó Isabella, cayendo con él al suelo.
—Tranquila… no es nada… —jadeó con una mueca de dolor, sosteniéndose el costado. Vittorio apareció justo entonces.
Sus ojos se posaron en Isabella como si viera un milagro… o una herida imposible de sanar. La abrazó sin decir palabra.
—Nos vamos.
—¡Dante está abajo! —avisó uno de los suyos, respirando con dificultad—. ¡Está furioso! ¡Viene para acá! Vittorio dudó.
Podría quedarse. Podría enfrentarlo de una vez.
Pero entonces miró a su hija. A Luca, herido.
Y a sus hombres, cansados, expuestos. Eligió.
—¡Suban al helicóptero! ¡YA!
Una hora después – sobre el aire
El helicóptero cortaba el cielo nocturno como una herida abierta.
Isabella iba sentada junto a Luca, que tenía el torso vendado y la cabeza apoyada en su hombro. Ella no dejaba de mirarlo.
De acariciar su mano.
De sentir el peso de su corazón latiendo como una campana rota.
No lloraba por el miedo. Ni siquiera por el shock.
Lloraba por él.
Por lo que sintió al verlo entrar.
Por esa sensación de hogar en medio del infierno.
—Vamos a estar bien —murmuró él, con la voz ronca y temblorosa. Ella cerró los ojos y apoyó su frente contra la suya.
Solo por un instante.
El mundo podía seguir cayéndose.
Mansión Salvatore – noche cerrada Dante estaba solo en el despacho.
La copa de whisky temblaba en su mano.
La camisa abierta, el cuerpo sucio de sangre y tierra. Respiraba como si estuviera a punto de romperse.
Y entonces… lo hizo.
Tiró el vaso contra la pared.
—¡HIJOS DE PUTA! —rugió, con una furia que lo atravesó. Uno de sus hombres entró corriendo, nervioso.
—Se la llevaron. Ya están fuera del país.
Dante se quedó quieto. Demasiado quieto.
El silencio pesó más que el grito. En su interior, algo se quebró. No era solo la venganza.
Era ella. Isabella.
No como prisionera. No como herramienta.
Sino como… algo que no podía nombrar sin asustarse.
—Prepará un plan. Vamos a encontrarla —ordenó.
—¿Y qué hacemos cuando la encontremos? —preguntó el guardia, tragando saliva. Dante lo miró, con los ojos más oscuros que nunca.
—La vamos a traer de vuelta.
—¿Y si no quiere volver? Dante cerró los ojos.
Se pasó la mano por la mandíbula herida. Y murmuró, como un juramento maldito:
—Entonces voy a hacer que lo quiera, apretando con fuerza la libreta de Isabella.
El silencio volvió a pesar.
El guardia supo que estaba frente a un hombre que ya no tenía frenos. Y que eso… era lo más peligroso de todo.