nada es para siempre
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19
El caos en la pista de baile se propagó como la pólvora tras el certero derechazo de Azul. Los amigos del sujeto de la barra saltaron a defenderlo, otros comensales se metieron para apartarlos y en menos de diez segundos la zona central del antro se había convertido en una auténtica batalla campal. Las luces seguían parpadeando ajenas al desastre, iluminando puñetazos, empujones y vasos de cristal que salían volando por los aires.
—¡Corre, fortachón! —gritó Azul, con la adrenalina a tope, dándose la vuelta de inmediato para buscar una ruta de escape.
—Espera, mis guar... —intentó decir Dmitriy, girando la cabeza hacia el segundo piso para buscar con la mirada a su equipo de seguridad privada.
Azul no lo dejó terminar. Con una agilidad sorprendente, tomó firmemente de la mano a Dmitriy y lo jaló con todas sus fuerzas. Abriéndose paso entre la gente que ya intercambiaba golpes a diestra y siniestra, la joven comenzó a sacarlo de ahí a rastras. Al ver la determinación de la mexicana y notar que la multitud se les venía encima, Dmitriy puso toda su cooperación; entendió de inmediato que, en un espacio tan abarrotado, su enorme tamaño lo rebasaba y lo convertía en un blanco demasiado fácil para cualquiera que quisiera buscar pelea.
Mientras tanto, en la parte superior, los guardaespaldas rusos intentaban descifrar la trifulca a través del denso humo de la pista. El jefe del equipo presionó el auricular de su oreja con desesperación.
—¿Dónde está el joven Dmitriy? —bramó por el radio.
—¡No lo veo! Hay demasiada gente peleando abajo. Atentos todos, si ven que sale por la puerta principal, intercéptenlo —respondió otro de los escoltas desde el vestíbulo.
—¡Búsquenlo ya! Si le pasa algo, estamos muertos —sentenció el jefe, bajando las escaleras a toda prisa, apartando a los clientes que huían del disturbio.
Abajo, cerca del pasillo que conducía a las salidas de emergencia, Azul avanzaba a paso veloz con el rubio pisándole los talones. La situación le resultaba tan surrealista que no pudo contener una carcajada nerviosa en medio de la huida.
—¡Corre, corre! Jajaja —se burló ella, mirando de reojo cómo el gigante ruso intentaba no tropezar con las mesas bajas.
Dmitriy, dándose cuenta de que el ritmo de Azul iba a ser superado por los elementos de seguridad del antro que ya bloqueaban los pasillos principales, decidió tomar las riendas de la evasión. Sin pedir permiso, el heredero dio dos zancadas descomunales, se agachó con agilidad y, de un solo movimiento, se puso a Azul al hombro como si no pesara absolutamente nada. Con su imponente complexión abriendo camino, Dmitriy corrió con fuerza bruta, empujó una pesada puerta metálica con el letrero de "Solo Personal" y salió disparado por la puerta trasera del bar, directo al aire fresco de la madrugada del callejón.
Azul, colgada de su espalda , golpeó suavemente mientras contenía la risa por la audacia del secuestro.
—¡A la derecha, fortachón! ¡Dale por ahí! —le indicó, señalando el pasaje que conectaba con una de las avenidas principales .
Dmitriy obedeció sin dudar, acelerando el paso mientras sus pesados zapatos resonaban en el pavimento del callejón oscuro, alejándose a toda prisa del establecimiento.
Mientras ellos ganaban distancia, todo en el interior del antro seguía siendo un caos absoluto. La pelea campal continuaba activa en la pista, y los guardias del club se mezclaban con los escoltas privados de la familia , recorriendo los pasillos con linternas y radios encendidos.
—¡Carajo, no lo veo por ninguna parte! —gritó el jefe de seguridad, furioso, tras revisar la zona de la barra principal.
—Ya barrimos todo el perímetro de la salida y nosotros tampoco encontramos rastro de él —informó la voz de su subordinado a través del comunicador, con un tono evidente de preocupación.
Uno de los escoltas más jóvenes se acercó al jefe, limpiándose el sudor de la frente con evidente nerviosismo.
—¿Le avisamos de inmediato al señor Taras? —preguntó, sabiendo el temperamento del primo cuando las cosas salían mal.
El jefe de seguridad se quedó en silencio un segundo, sopesando las brutales consecuencias de interrumpir la noche de Taras con una noticia de ese calibre. Recordó la mirada gélida que su superior le había dedicado antes de irse .
—Hay que peinar toda la zona exterior primero —sentenció el jefe con voz firme, ajustándose el saco—. No le diremos nada hasta agotar las opciones, a menos que queramos terminar todos sin cabeza. ¡Muévanse!
A unas cuantas cuadras de ahí, completamente ajenos a la desesperación de sus custodios, Dmitriy finalmente bajó a Azul de su hombro al llegar a una esquina iluminada, ambos respirando agitadamente pero con una enorme sonrisa de complicidad dibujada en sus rostros, listos para descubrir qué harían con el resto de la madrugada.