Segunda parte: Derritiendo el Ducado
El príncipe heredero Christopher tiene veintiséis años, un carisma inigualable, intensos ojos azules y al Imperio entero presionándolo para que elija esposa y tome el trono. Para la alta sociedad, él es solo el carismático, bromista y despreocupado heredero a la corona.
Sin embargo, detrás de esa fachada perfecta y de sus constantes chistes, él guarda un gran y oscuro secreto: es el líder de las Black Shadows, un asesino despiadado y el espadachín más letal del Imperio, un hombre que ama el olor a sangre y que planea llevarse su verdadera identidad a la tumba.
Su plan de mantenerse soltero se desmorona cuando se cruza con una duquesa fuera de lo común. Ella no es una sumisa dama noble y, tras haber reencarnado en ese mundo, guarda el arma más peligrosa de todas: sabe perfectamente quién es el monstruo detrás de la corona. El juego del gato y el ratón ha comenzado, y el "principito" está a punto de descubrir que su prometida tiene las llaves de su
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Capítulo 9: Invitación imperial y el encuentro con Lucero
Tal y como Christopher lo había previsto, el regreso a la capital estuvo lejos de ser una bienvenida pacífica. En cuanto el carruaje real se detuvo ante las imponentes escalinatas del Palacio Imperial, la silueta del viejo Conde Kalen se recortó contra el mármol. No traía su habitual pipa en la mano; en su lugar, sostenía su bastón de madera con un agarre que auguraba tormenta y una cara de muy pocos amigos.
Antes de que el príncipe pudiera siquiera acomodarse la capa de gala para descender con elegancia, el anciano acortó la distancia con una agilidad sorprendente para su edad.
—¡Muchacho impertinente y lengualarga! —exclamó Kalen.
*¡Zas!*
El bastón de madera impactó de lleno y con un golpe seco en la cabeza de Christopher, logrando que el heredero al trono soltara un quejido ahogado y se llevara las manos a la coronilla, completamente indignado. Las sombras de la guardia real dudaron por un segundo si desenvainar, pero tratándose del viejo conde, prefirieron mirar hacia otro lado.
El Emperador, que había salido personalmente a recibir a su hijo junto a la comitiva real, carraspeó intentando contener una sonrisa ante la aparatosa escena.
—Kalen, viejo amigo —intervino el soberano, arqueando una ceja—. ¿Se puede saber qué demonios hizo este insensato para hacerte enojar de esa manera justo al bajarse del carruaje?
—¡Pregúntele a su digno heredero, Su Majestad! —refunfuñó el conde, apuntando a Christopher con la punta del bastón—. No tuvo mejor idea que ir con mi hija Alissa a soltarle el chisme de que yo seguía fumando. ¡Ahora la tengo en la mira! Y lo peor de todo... —Kalen cruzó los brazos, bufando de pura rabia— es que me acaba de mandar una carta diciendo que ella y Cédric se van a instalar en el condado conmigo una temporada entera para vigilarme. ¡No podré encender ni una maldita hoja de tabaco en meses!
El Emperador no pudo aguantar más y soltó una sonora carcajada que retumbó en la entrada, mientras Christopher, a pesar del dolor en la cabeza, le dedicaba al viejo una sonrisa de absoluta suficiencia. Había valido cada maldito segundo.
Detrás del Emperador, la Emperatriz avanzó con gracia celestial, rompiendo la disputa masculina. Saludó a todos con una reverencia perfecta y una calidez que iluminó el lugar.
—Dejen sus quejas para el té, caballeros —dijo la Emperatriz, sonriendo con genuina alegría—. Kalen, deberías estar celebrando en lugar de golpear al príncipe. Cédric y Alissa nos han enviado las buenas nuevas. ¡Muchas felicidades por los nuevos Valerius que vienen en camino! Un embarazo doble es una bendición magnífica para el Norte y para todo el Imperio.
Tras los saludos oficiales y las risas compartidas, Christopher tuvo que poner los pies en la tierra. Las vacaciones habían terminado y las apariencias del compromiso real debían mantenerse ante los ojos de la siempre vigilante aristocracia. Para cumplir con el protocolo, el príncipe organizó un banquete privado en los fastuosos jardines del palacio e invitó formalmente a Sophia y a su familia. Sin embargo, Christopher guardaba un as bajo la manga: Cédric y Alissa, que habían viajado a la capital para atender unos urgentes asuntos comerciales del Ducado y cuidar al conde Kalen, asistirían al evento, trayendo consigo a la pequeña Lucero de seis años.
El día del banquete, Sophia llegó al palacio con el mentón en alto, la espalda recta y el alma blindada. Había pasado días ensayando sus respuestas, armada hasta los dientes con su escudo de sarcasmo moderno y sus verdades incómodas. Estaba lista para otra desgastante batalla psicológica con el "principito", dispuesta a demostrarle que sus amenazas nocturnas sobre las *Black Shadows* no la harían retroceder ni un solo paso. Cruzo los arcos de flores del jardín con paso firme, buscando con la mirada a su depredador azul.
Sin embargo, todos sus planes de frialdad calculada, sus frases hirientes y su distancia aristocrática se desmoronaron por completo en el segundo en que una pequeña figura de seis años apareció en escena.
Lucero, vistiendo un hermoso vestido color azul invernal con detalles de piel blanca, se soltó de la mano de Alissa al ver a la nueva invitada. En lugar de intimidarse por el aura imponente y la mirada severa de Sophia, o de actuar con la sumisión aburrida de los niños de la alta sociedad, la pequeña se detuvo justo frente a ella. Inclinó la cabeza, examinándola con unos ojos enormes que brillaban con pura curiosidad.
Sophia se tensó, esperando que la niña saliera corriendo o rompiera a llorar ante su fría expresión. Pero el efecto fue todo lo contrario. Los modales directos, la energía fuera de lo común y la postura libre de hipocresía de Sophia no asustaron a la pequeña del norte; la fascinaron por completo.
—¡Hola! —dijo Lucero con una sonrisa radiante que desarmó el jardín entero—. Tú debes ser Sophia. El tío Christopher me dijo que eras una duquesa con muchas espinas, pero a mí me encantan las flores que pinchan porque son las más fuertes. ¡Tus ojos son muy bonitos!
Sophia se quedó muda, con una réplica mordaz atrapada en la garganta. Miró a la niña, luego al príncipe que observaba la escena con una ceja arqueada desde lejos, y por primera vez desde que había reencarnado en ese bendito mundo, la fría armadura de la duquesa empezó a agrietarse ante la más pura e inesperada de las debilidades. El juego estaba cambiando de rumbo, y Sophia no tenía un guion para esto.