Por amor, la Princesa Vivianne lo entregó todo. Se casó con Alexander, el hijo de un barón, creyendo en sus falsas promesas. ¿Su recompensa? Ser humillada, traicionada por su mejor amiga, desterrada por su propio padre y, finalmente, asesinada en un callejón oscuro.
Pero la sangre del Emperador esconde un secreto. En su último aliento, la magia de Vivianne despierta, haciéndola retroceder en el tiempo hasta la noche en que todo comenzó.
De regreso en el palacio, Vivianne ya no es la joven ingenua de antes. Ha jurado proteger a su padre, salvar su imperio y destruir a quienes la pisotearon. Aunque deba ensuciarse las manos y volverse despiadada, esta vez ella ganará la guerra. Pero lo que no sospecha es que un par de intensos ojos rojos vigilan cada uno de sus movimientos desde las sombras... ¿Un nuevo enemigo o el aliado que necesita para su venganza?
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Capítulo 8: La trampa invertida
Manteniendo la compostura real, Vivianne se desplazó de manera estratégica hacia el centro del salón de baile, simulando prestar atención a la cháchara insulsa de un grupo de condesas. Sin embargo, su mirada permanecía fija en el ala este. Ocultos tras un frondoso arreglo de orquídeas imperiales, Alexander y Lucia discutían en voz baja. Lucían como dos carroñeros impacientes.
Vivianne leyó el movimiento de sus labios y la urgencia en sus gestos. Conocía ese plan a la perfección; la memoria de su primera vida se lo repetía con la nitidez de una condena. En aquella línea temporal, el plan había funcionado sin fisuras: una sirvienta de la baja nobleza se aproximaría cargando una bandeja con copas de vino tinto de las cosechas del sur, simularía un tropiezo debido a la aglomeración y derramaría el líquido oscuro directamente sobre su falda. Al verse manchada y avergonzada ante la corte, Vivianne se retiraría a toda prisa a sus aposentos privados para cambiarse de ropa.
Allí la esperaría Alexander. El traidor irrumpiría en la habitación desierta, fingiendo una preocupación desmedida, y forzaría una situación lo suficientemente ambigua como para que los guardias de la corte los encontraran "comprometidos". Ante el escándalo y para salvaguardar el honor de la corona, su padre no tendría más remedio que bendecir un matrimonio forzado. Fue el inicio de su calvario.
Una sutil inclinación de cabeza al otro lado del salón la sacó de sus pensamientos. Entre la multitud, la imponente figura de Stefan permanecía estática. El duque del norte no la miraba de forma directa, pero su postura tensa le confirmó que la sirvienta ya se había puesto en movimiento. La trampa estaba en marcha.
Vivianne respiró hondo, acomodando el peso de su vestido azul medianoche. En lugar de alejarse del peligro, caminó con paso grácil hacia donde se encontraba Lucia, quien ya se había separado de Alexander y pretendía disimular conversando con la hija de un marqués.
—Vaya, Lucia, veo que sigues aquí —dijo Vivianne al llegar a su lado, forzando un tono de condescendencia que hizo que la otra mujer apretara los dientes bajo su máscara rosa.
—Solo intentaba disfrutar de la música, Su Alteza —respondió Lucia, usando un tono formal que destilaba resentimiento.
Por el rabillo del ojo, Vivianne detectó la aproximación de la joven sirvienta. La muchacha avanzaba con la bandeja de plata temblando levemente entre sus manos, fijos los ojos en el imponente diseño estrellado de la princesa. La distancia se acortaba: cinco pasos, tres pasos, uno.
Justo en el instante en que la sirvienta fingió perder el equilibrio y la pesada copa de cristal comenzó su parábola en el aire, derramando el denso vino tinto, Vivianne actuó con una velocidad y una gracia milimétricas.
En lugar de retroceder, la princesa dio un paso en diagonal, simulando un sutil enganche con la cola de su propio vestido. Con un movimiento limpio de su brazo, rozó el hombro de Lucia, empujándola apenas unos centímetros hacia el frente, ocupando el lugar exacto donde el líquido iba a caer.
El impacto fue certero. El vino tinto, espeso y de un color idéntico a la sangre, voló por el aire y aterrizó de lleno sobre el pecho y la falda del aparatoso vestido rosa pastel de Lucia.
El cristal de la copa se estrelló contra el suelo de mármol, rompiéndose en mil pedazos con un eco estridente que acalló las conversaciones cercanas.
—¡Ahhh! ¡Mi vestido! —el grito de Lucia fue un chillido agudo que resonó en todo el ala oeste del salón.
La joven se miró las manos y la falda con absoluto horror. El tul rosa, que antes pretendía evocar una pureza angelical, ahora estaba completamente empapado por una enorme mancha oscura que se extendía con rapidez, arruinando la costosa tela y haciéndola ver ridícula y desastrosa ante la mirada de toda la alta aristocracia.
Vivianne dio un paso atrás con perfecta elegancia, cubriéndose los labios con su mano enguantada en un gesto de calculada sorpresa.
—Por los cielos, Lucia... qué terrible accidente —declaró la princesa, y aunque sus palabras sonaban a lamento, sus ojos de obsidiana brillaban con un desprecio implacable—. Deberías tener más cuidado por dónde caminas. Presentarte ante la corte imperial en ese estado es una verdadera falta de respeto.
A su alrededor, los murmullos de los nobles no se hicieron esperar. Las mismas condesas que antes criticaban el aura fría de la princesa ahora miraban a Lucia con severidad y burla, tapándose los rostros con sus abanicos de plumas.
A lo lejos, Vivianne alcanzó a ver la expresión de Alexander. El hijo del barón se encontraba pálido, con la mandíbula desencajada al ver cómo su plan maestro se había transformado en la ruina pública de su cómplice.
Lucia, temblando de la rabia y con las lágrimas de una humillación real comenzando a brotar de sus ojos, miró a la sirvienta y luego a Vivianne, dándose cuenta de que la trampa se había invertido por completo. Sin poder articular una sola palabra de defensa, dio media vuelta y corrió hacia la salida de servicio, sosteniendo las capas de tela arruinada mientras el eco de las risas sofocadas de la corte la perseguía.
Vivianne se enderezó, limpiando una inexistente mota de polvo de su manga plateada. La primera estocada había sido limpia, silenciosa y letal. La víctima de la vida pasada había desaparecido; ahora, ella controlaba el tablero.
felicidades por tus novelas.