Una noche que no debía ocurrir. Un secreto que dura siete años. Y dos niños dispuestos a cambiarlo todo.
Ariana lo había perdido casi todo: el cariño de su padre, su lugar en casa, su sueño de estudiar. Lo único que le quedaba era su tenacidad. Hasta que una trampa cruel la arroja a los brazos de Edgar Alcázar, el presidente del imperio empresarial más poderoso del país, un hombre tan atractivo como glacial. Al amanecer, ella huye con un secreto que jamás imaginó llevar.
Siete años después, Ariana ha rehecho su vida lejos de todo, convertida en madre de unos gemelos que no son niños comunes: Rayan y Zayan son dos pequeños genios capaces de hackear cualquier sistema... y de trazar el plan maestro para encontrar al padre que nunca conocieron.
Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, Edgar no piensa dejarla ir por segunda vez. Pero entre ellos se interponen viejas heridas, un comisario que la protegió en silencio durante años y una familia dispuesta a todo con tal de arrebatarle la herencia al heredero.
¿Podrá el amor sobrevivir a siete años de mentiras y a los secretos que aún no han salido a la luz?
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Capítulo 27
A la mañana siguiente, la luz suave del sol ya se había colado por entre las rendijas de las cortinas de la habitación. Cuando Ariana abrió despacio los párpados, una sensación cálida le acarició el cuerpo. Pero al instante los ojos se le abrieron de par en par: se llevó un susto de muerte al encontrar a Edgar durmiendo justo a su lado, con el brazo fornido enroscado con fuerza en su cintura.
Un pánico descomunal le encendió la mente a Ariana. A toda prisa apartó de un manotazo el brazo de Edgar y pegó un salto fuera de la cama. El rostro se le puso pálido de miedo, idéntico al gesto lleno de trauma de hacía siete años, cuando ocurrió aquella noche fatídica.
Edgar, que apenas dos horas antes había logrado cerrar los ojos, rendido por el agotamiento de contener el hervor de su deseo, despertó sobresaltado al ver el pánico de Ariana.
—Señor... ¿cómo es que usted está en mi habitación? —lo increpó Ariana con la respiración agitada.
Edgar se frotó la cara y se incorporó, sentándose derecho para tratar de calmar a la mujer.
—Tranquila, Ariana... Todo esto no es lo que piensas. Anoche te llevaste un susto de muerte cuando se cortó la luz y cayó el rayo. Cuando iba a irme, después de calmarte, fuiste tú misma la que me tomó de la mano y me suplicó que no me fuera...
El corazón de Ariana dio un vuelco.
De golpe, los recuerdos borrosos de la noche anterior le cruzaron por la mente. Una vergüenza inmensa la asaltó. En ese momento habría querido que la tierra se la tragara.
—En... entonces... ¡quiero irme a casa! —soltó Ariana, tartamudeando y sin saber dónde meterse—. Perdón por haberlo... m... molestado tanto anoche... —susurró, retorciéndose las manos.
Al ver aquel gesto ingenuo y el rubor en las mejillas de Ariana, una sonrisa divertida floreció en los labios de Edgar. El cansancio se le esfumó de golpe, reemplazado por un ánimo cálido de buena mañana.
—Mejor báñate primero y desayunamos juntos. Después los llevo a ti y a los niños de vuelta a casa —dijo Edgar con ternura.
Ariana asintió a toda prisa y salió trotando hacia el baño. Edgar soltó una risa suave, maravillado ante la inocencia de la mujer que amaba, antes de levantarse por fin y dirigirse a su propio cuarto, al otro lado del pasillo, para asearse.
Dentro del baño, Ariana se recostó en el borde del lavabo mientras miraba fijamente su reflejo en el espejo. Un calor y una vergüenza le quemaban el cuerpo entero al recordar cómo había abrazado la cintura de Edgar con tanta fuerza la noche anterior.
—¿Cómo pude ser tan tonta? —susurró, reprochándose a sí misma, dándose palmaditas suaves en las mejillas ardientes—. Pedirle al señor Edgar que me acompañara toda la noche... ¡Parecía que lo estabas provocando, Ari! Ay, ¡qué vergüenza!
Ariana cerró los ojos con fuerza, lamentando su impulso de la noche anterior, que ahora echaba por tierra toda la defensa fría que con tanto esfuerzo había levantado ante aquel hombre.
*
*
Terminado el desayuno en la casa de campo, Ariana y los gemelos se despidieron del señor Fernando. A decir verdad, al anciano le pesaba en el corazón dejarlos ir; deseaba con toda el alma llevarse consigo a Ariana y a sus dos nietos gemelos para que vivieran todos juntos en la lujosa residencia de los Alcázar, en la ciudad. Pero sabía que ahora todo dependía del empeño de su único hijo. ¿Lograría Edgar ablandar el corazón de Ariana hasta que la mujer aceptara ser su nuera?
Edgar llevó entonces a Ariana, a Rayan y a Zayan de vuelta a la casa de nana Meche. Apenas el lujoso auto se detuvo en el patio, Ariana se sintió incómoda de inmediato. Notó las miradas curiosas de algunos vecinos que empezaban a fijarse.
—Señor, es mejor que vuelva a la casa de campo. Yo misma llevo a los niños a la escuela —dijo Ariana en voz baja, lanzando una mirada al entorno.
Los gemelos, siempre perceptivos, entendieron a la perfección que su regreso podía desatar chismes indebidos sobre su madre. Para que nadie la mirara mal, Rayan alzó a propósito la voz.
—¡Muchas gracias, papá! Entonces, ¿queda en firme que salimos a pasear después de la escuela? —llamó Rayan con fuerza, dejando en claro la posición de aquel hombre apuesto para que lo oyeran los vecinos.
Mientras tanto, dentro de la casa, nana Meche y Larisa espiaban a escondidas tras la cortina de la ventana de la sala.
—Lara... ¿así que ese es el padre de los gemelos? Vaya... ¡lo guapo no tiene cura! Con razón los gemelos son distintos de los demás niños del pueblo; ¡mira qué semilla los engendró! —susurró nana Meche, maravillada.
Larisa soltó una risita al oír la ocurrencia de su madre.
—¡Usted sí que tiene cada cosa!
—Pero si es la pura verdad, mija. A ver si tú también te consigues un hombre así, ¡para que tus hijos no salgan feúchos! —agregó nana Meche, tan campante.
Larisa entornó los ojos.
—Ay, ¿qué le pasa, mamá? ¿Qué tiene que ver un hijo feúcho con un hombre guapo como el señor Edgar?
—Ay, es que tú no entiendes, mija. Se dice "mejorar la descendencia". Vengo observando que hasta ahora no se te ve cerca de ningún hombre. ¿Por qué, mija? —preguntó nana Meche, con curiosidad.
El corazón de Larisa dio un vuelco.
Aquella pregunta tan sencilla le selló de golpe los labios. Su corazón, ya cerrado con llave por alguien, no le dejaba atreverse a decir la verdad.
Fue Ramiro quien me dejó así, mamá... Yo estoy enamorada de Ramiro, pero parece que mi amor no es correspondido. Ay... ¡maldito destino!, se lamentó Larisa, dolida, por dentro.
Afuera, Edgar por fin se despidió y arrancó, alejándose de Ariana y los gemelos con el corazón apretado.
Los gemelos se apuraron a alistarse y salieron para la escuela. Al mediodía, cerca de las once, terminó la jornada de clases. En casa, Ariana, agotada, se había quedado profundamente dormida en su habitación, y ni nana Meche ni Larisa tuvieron corazón para despertarla.
Cuando los gemelos salieron por el portón de la escuela, se sorprendieron al ver el lujoso auto de Edgar ya estacionado, prolijo, junto a la entrada. La presencia de Edgar con su elegante traje se convirtió al instante en el centro de las miradas y la comidilla del grupo de padres que iban a recoger a sus hijos.
—Ey, ¿quién es ese hombre? Como que es la primera vez que lo veo. Y de guapo, ¡no tiene cura! ¡Un hombre maduro de ensueño! —susurró una de las señoras, plantada allí sin moverse, contemplando aquella escena tan poco habitual.
Rayan y Zayan agitaron las manos, contentos.
—¡Papá! —gritaron los dos al unísono.
Edgar abrió los brazos, recibió y estrechó con fuerza a sus dos gemelos.
—Apenas unas horas sin verlos, ¿y ya los extraño así? —dijo Edgar con sinceridad.
Rayan curvó una sonrisa traviesa.
—¿Y a mami... la extrañas?
Aquella pregunta inocente hizo que, de pronto, Edgar Alcázar se sonrojara en público. El hombre firme contuvo una sonrisa.
—Pues... ¡claro que la extraño!
—¡Uuuy, papá! ¡Extrañando a cada rato a mami! —lo picó Zayan, muerto de la risa.
—Ya, ¡a ustedes les encanta molestarme... par de insoportables! —replicó Edgar, azorado, dándose por vencido ante las travesuras de sus dos pequeños, que no hacían más que reír, felices, viendo el apuro de su padre.
Continuará...