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Donde El Amor No Se Rinde

Donde El Amor No Se Rinde

Status: En proceso
Genre:Padre soltero / Romance
Popularitas:451
Nilai: 5
nombre de autor: yamiiy

Damián y su hijo Elían vivían felices y humildes, hasta que Damián se casó con el poderoso Zorán y su mundo cambió.

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— El camino de ida y vuelta

Cuando Damián llegó a su casa, la noche ya era profunda y silenciosa. Caminó despacio, sin encender luces, hasta la habitación de su hijo. La puerta estaba entreabierta. Entró sin hacer ruido y lo vio: Elían dormía profundamente, medio destapado, el cabello revuelto sobre la almohada, una mano colgando fuera del borde de la cama.

Damián se acercó de puntillas, tomó la manta y la subió con suavidad cubriéndolo bien hasta el cuello. Le acomodó la almohada, le apartó un mechón de pelo de la frente, y se quedó mirándolo largo rato, con el corazón apretado.

¿Quién lo hará si no estoy yo? pensó, con una punzada de dolor. ¿Quién lo tapará cuando se destape? ¿Quién sabrá si comió bien? ¿Si llegó cansado?

Salió despacio, cerró la puerta casi sin ruido, y se fue a su propia habitación. Se acostó, pero el sueño tardó en llegar. Daba vueltas en la cama, una y otra vez, pensando en todo: en la sonrisa de Lía, en la mirada sincera de Zorán, en las palabras de Elían pidiéndole que fuera feliz… y en el miedo silencioso de dejarlo solo.

Mientras tanto, en la mansión, la tristeza se había instalado. Lía no quería jugar, no quería comer, apenas hablaba. Se sentaba en el porche mirando el camino, esperando verlo aparecer. Cuando Zorán la llamaba para comer, ella negaba con la cabeza.

—No tengo hambre —decía con voz bajita—. No hasta que mamá Damián se quede con nosotros de verdad.

Zorán la abrazaba, sin saber qué decir. Su hija tenía el corazón pequeño pero terco, y no iba a rendirse.

Pasaron así varios días. Damián iba y venía, pero la incertidumbre no lo dejaba tranquilo. Hasta que una tarde, al ver a Lía tan apagada, tan silenciosa, algo se rompió dentro de él. Se sentó a su lado, le tomó las manitas y le acarició el rostro.

—Está bien —le dijo suavemente—. Acepto.

La niña lo miró con los ojos muy abiertos, como si no se atreviera a creerlo.

—¿De verdad? ¿Te quedas?

—Sí —asintió él, aunque con una pequeña duda en la mirada—. Pero con una condición. Viviré aquí, en la mansión, contigo y con tu papá… pero iré a casa todos los días. Veré a Elían. Me aseguraré de que todo esté bien. Así estaré con todos.

Lía soltó un grito de alegría y lo abrazó con todas sus fuerzas. Zorán, que escuchaba desde la puerta, se acercó con los ojos brillantes.

—Gracias —le dijo, con la voz emocionada—. Y lo que necesites, el tiempo que necesites con él… yo lo respetaré siempre. Eres libre de ir y venir. Nadie te va a atar.

Así empezó esa nueva etapa. Damián instaló sus cosas en la mansión: su ropa sencilla, sus libros, las macetas que cuidaba con cariño. Pero cada mañana, apenas amanecía, se levantaba temprano, preparaba el desayuno para todos, y luego tomaba el camino hacia su antigua casa.

Llegaba cuando Elían se preparaba para salir. Lo abrazaba, le revisaba la ropa, le dejaba comida lista en la nevera, le preguntaba con ternura si había dormido bien.

—¿Seguro que estás bien solo? —le preguntaba una y otra vez, sin poder evitarlo.

Elían sonreía, dándole un beso en la mejilla.

—Estoy bien, papá. Tú ve a disfrutar. Yo te llamo si te necesito.

Damián asentía, se iba tranquilo… y al rato volvía a mirar el reloj, contando las horas que faltaban para volver a verlo al día siguiente.

Algunas tardes Elían iba a la mansión. Allí lo recibían con alegría: Lía corría a abrazarlo, Zorán lo saludaba con respeto y cariño, y su padre lo miraba radiante, más sereno, más lleno de luz. Veía a su padre feliz, y eso lo hacía feliz a él también.

Pero cuando llegaba la noche y Elían regresaba a su casa, la pequeña vivienda se sentía diferente: silenciosa, vacía. Y Damián, desde la mansión, a veces miraba hacia la ventana y se preguntaba si su hijo estaría bien, si no le faltaría nada, si dormiría bien tapado.

Ambos estaban felices, pero ninguno terminaba de sentirse completo. Algo faltaba, un pedacito de corazón que seguía en otro lugar.

1
Brisa Romero
/Proud/
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