Ian es el omega perfecto: dócil, hermoso, prometido al alfa más codiciado de la preparatoria. No sabe que para Karl es solo una fachada. Cuando descubre la verdad, muere empujado por unas escaleras.
Pero en su cuerpo despierta Joseph, un chico de barrio con alma de superviviente. Ahora habita la piel del omega ingenuo y tiene un plan: desenmascarar a Karl y liberarse del compromiso.
El problema es Kevin, el hermano mayor de Karl. El heredero silencioso. El único que parece ver más allá de la farsa.
Lo que empieza como venganza se convierte en un amor prohibido. Porque las feromonas no mienten, y Joseph tendrá que elegir entre seguir habitando una mentira o confesar quién es... y perderlo todo.
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CAPÍTULO 19: La llamada.
Era sábado.
Me desperté con esa sensación, la misma de siempre. La calidez en el pecho, el eco de un sueño que no era mío. Los sueños con Kevin ya no eran esporádicos, eran recurrentes, cada noche un flash distinto, un recuerdo, una imagen. Y cada mañana, al despertar, me quedaba esa sensación.
Ian no lo había valorado nunca, quizás porque Kevin siempre había estado ahí, él daba por hecho que estaría y por eso, en lugar de verlo, solo tenía ojos para Karl, el idiota que lo ignoraba. Tal vez la vida le esté dando la oportunidad a este cuerpo de retribuir un poco de todo ese cuidado a través de mí. Tal vez, por eso, desperté aquí. No solo para vengar a Ian, sino para agradecer a Kevin todo lo que Ian nunca supo agradecer.
Era una idea extraña, pero no podía sacármela de la cabeza.
Me quedé un rato en la cama, mirando el dosel rosado, pensando en Kevin, en su voz, en la última vez que hablamos. Sonaba cansado, solo, como si cargara con algo que no podía compartir con nadie. Tomé el teléfono sin pensar demasiado. Marqué su número.
Sonó una vez, dos, tres, cuatro.
Y entonces, al otro lado, una voz. Grave. Ronca. Como si acabara de despertar.
—¿Ian?
Sentí algo en el pecho, algo que no tenía nada que ver con Ian. A mí siempre me habían gustado las voces graves, las voces que suenan a noche, a whiskey, a secretos. Y la de Kevin, recién levantado, era exactamente eso. Me recorrió la espalda como un escalofrío.
—Hola. ¿Te desperté?
—No. Solo estaba remoloneando un poco en la cama, ayer me acosté tarde.
Su voz sonaba diferente, como si arrastrara las palabras, y yo me quedé escuchando, sin decir nada, solo oyéndolo respirar al otro lado.
—Oh, lo siento. No quise interrumpir tu descanso.
—No pasa nada. Ya es tarde, debo salir de la cama.
Escuché ruido. Sábanas moviéndose, el crujido de un colchón, Kevin incorporándose. Y en mi cabeza, sin querer, apareció una imagen. Kevin en la cama, el pelo revuelto, los ojos entreabiertos, la piel caliente. Aparté la imagen rápido, muy rápido, pero no lo suficiente.
—¿Está todo bien? —preguntó.
Su voz sonaba más despierta ahora, más él, pero todavía había algo. Un dejo de confusión, de curiosidad.
—Sí, sí. Solo llamaba para... para saber cómo estás. El otro día sonabas agotado.
Me quedé callado. Yo, que no me callo con nada, me quedé callado.
—Estoy bien —dijo Kevin, pero algo en su tono me dijo que no, que se estaba callando algo, que había una pregunta debajo de la respuesta. Sonaba extrañado, curioso, como si no entendiera por qué lo llamaba.
—Dilo —dije.
—¿Qué? —Su voz sonó totalmente confundida, como si le hubiera hablado en otro idioma.
—Que digas lo que te estás callando. ¿Qué quieres saber?
Hubo un silencio al otro lado. Un silencio largo, de esos que pesan.
—No sabía que podías ser tan perceptivo —contestó.
Su voz sonaba más baja, más lenta, como si estuviera eligiendo las palabras con cuidado.
—No soy perceptivo, estás siendo evidente.
Lo escuché reír. Una risa ronca, grave, que me subió por la espalda y me apretó el pecho.
—Es extraño que me llames, no sueles hacerlo. Solo me sorprendiste.
Su voz sonaba más suave ahora, pero había algo detrás, algo que no decía. Un dejo de amargura, de años de silencio, de llamadas que nunca llegaron.
—Somos amigos desde niños, ¿no? Según las pocas imágenes que tengo, éramos cercanos. Lo extraño es que no te llamara para saber de ti.
—Supongo que no tenías mucho tiempo —dijo, tratando de sonar natural. Pero la amargura estaba ahí, flotando en el aire, en el silencio entre las palabras.
Ian, eras un idiota, pensé.
—¿Qué piensas hacer hoy? —dije, cambiando de tema. Porque no quería seguir escuchando esa amargura, porque me dolía y no sabía por qué—. ¿Estudiar y trabajar como el chico perfecto que eres?
—No soy perfecto, Ian, estoy muy lejos de serlo. Solo me esfuerzo por mantenerme haciendo lo que es correcto.
Su voz sonaba cansada, no de sueño, de otra cosa. De años de esfuerzo, de años de hacer lo correcto, de cargar con el peso de ser el heredero.
—¿Lo que es correcto para ti o para otros?
Hubo un silencio largo, muy largo. Lo escuché respirar hondo, profundo, como si la pregunta le hubiera removido algo. Como si le hubiera tocado una fibra que llevaba años sin tocar.
—Intento hacer lo socialmente correcto —contestó al fin. Y su voz sonó más pequeña, más vulnerable, como si se hubiera quitado una máscara.
—Pues no lo hagas, nadie valora eso.
—¿Me estás diciendo tú eso a mí? —preguntó con cierta ironía, pero también con sorpresa, con curiosidad. Como si no pudiera creer que Ian, el Ian que él conocía, le estuviera diciendo eso.
—Sí —le dije con firmeza—. Porque yo ya no pienso hacerlo.
Otro silencio.
—No eres para nada el Ian que recuerdo, y no entiendo cómo has podido cambiar tanto.
Me lo dijo con una voz más grave, más seria, como si estuviera hablando con alguien nuevo. Alguien que no conocía.
—Tú tampoco eres el Kevin de mis recuerdos —contesté.
Se quedó totalmente en silencio, un silencio absoluto, tan profundo que podía oír su respiración, lenta, pausada, como si estuviera procesando lo que acababa de decirle. Y durante un largo rato, ninguno de los dos supo qué decir, solo estábamos ahí, respirando, escuchándonos. En silencio.
—¿Vendrás este fin de semana? —pregunté. Y me arrepentí en ese mismo segundo.
Pero no podía negar que la compañía de Kevin era lo más real que tenía después de Marta y Julia, y su visita sería un soplo de aire fresco en este fin de semana de perfección y falsedad.
—¿Quieres que vaya? —dijo, y pude escuchar el titubeo en su voz. La duda, la inseguridad, como si no supiera si lo decía en serio.
—¿Quieres venir? —contesté. Porque no quería que viniera para hacerme un favor, quería que lo hiciera solo si realmente lo deseaba.
—Ian, yo... —dijo. Y se quedó callado.
Pero la duda, la indecisión, era tan fuerte que podía sentirla a través del teléfono. Como si estuviera luchando consigo mismo, como si hubiera algo que quería decir pero no se atrevía.
—Si quieres venir, te esperaré, no tengo nada que hacer este fin de semana.
Lo escuché respirar hondo, una vez, dos, antes de decir:
—Iré. Espérame.
Su voz sonó más firme, más decidida y yo no pude evitar sonreír.
—Está bien, estaré en casa —contesté.
—Llego en un rato —dijo—. Nos vemos, Ian.
—Nos vemos.
Y colgué.
Me quedé mirando el teléfono. La pantalla se apagó y yo seguía ahí, sentado en la cama, con una sonrisa que no podía borrar y con algo en el pecho. Algo que no era de Ian, que era mío, algo que, por primera vez, no me daba asco, que me gustaba.
Kevin venía.
No sabía qué iba a pasar, no sabía qué esperar, pero por primera vez en días, el fin de semana no se me antojaba una condena. No era solo fingir para Karl, no era solo esperar el lunes para seguir con el plan, era Kevin. Era pasar tiempo con alguien que no me pedía nada, que no me mentía, alguien que solo estaba.
Me levanté, me duché y me quedé frente al armario, con la toalla enredada en la cintura, mirando la ropa.
A Kevin ya lo había visto una vez, sabía cómo vestía. Sobrio, elegante, sin esfuerzo. Colores neutros, nada de logos, nada de estridencias. No era mi estilo, pero tampoco quería desentonar. Descarté los pantalones rotos, los anchos con bolsillos, descarté las sudaderas. Todo eso era para el instituto, para la calle, para cuando no me importaba lo que pensaran.
Hoy sí me importaba, aunque no quisiera admitirlo.
Busqué algo más sobrio, pero sin dejar de ser yo. Al final, me decidí. Camiseta negra de manga larga de algodón grueso con el cuello redondo. Las mangas empujadas hacia arriba, hasta el antebrazo, sin mucho cuidado. Jeans oscuros, rectos, sin rotos. Botines negros, el arete de plata, la cadenita asomando por el cuello. El pelo suelto, un poco peinado hacia atrás con los dedos, sin producto, solo un gesto rápido. Un mechón cayendo sobre la frente, al descuido.
Me miré al espejo y me reí de mí mismo.
—Pareces un idiota —le dije a mi reflejo—. Ni que fuera una cita.
Pero no me cambié.
Bajé a desayunar. Elvira estaba en el comedor, cuando me vio, sonrió.
—¿Estás contento, hijo? —preguntó.
—Sí —dije—. Viene Kevin hoy.
Su sonrisa se hizo más amplia, una sonrisa genuina.
—Qué bien, me alegra que se lleven bien.
—Sí, a mi también.
Y no era una mentira.
y el pobre de Diego debería ser pronto un aliado, hay que desvaratarles el mundo, como hicieron ellos, pero con la verdad, esa es la diferencia entre unos y otros 😏💪
y también recuperar la presencia de Kevin!!! vamos muchacho, conversa con tu amiga y que te ponga en eje!!!🤭
Podría mostrar un punto para cambiar de prometido🤭🤭🤭 aunque si pudiera ser, para eso falta. No veo la hora de que se planten un beso🫦 (para eso también debe falta pero espero 🙏 🥰)
Kevin por favor no hagas caso sigue viendo a Ian 😍😍😍😍escondidos 😍😍😍😍interesante 😍😍😍😍
Kevin, demuestre lo que realmente vale saber y querer saber del que te gusta 😉.
Será que la madre de Ian les dijo a donde iban estos dos a Karl??? 👀