Salvatore Greco nunca tuvo problemas con la tentación.
Hasta que una mujer que no lo necesita se cruza en su camino.
Elira Rama es una sobreviviente.
No cree en rescates ni en promesas. Ha pasado su vida cuidando a otros y luchando por no perder el control de la suya.
Mientras él intenta protegerla y mantenerla a salvo, ella lucha por no depender de nadie.
Y cuando el deseo, el pasado y la ambición chocan, ambos deberán decidir si la tentación es una promesa… o una condena.
Porque no todas las mujeres quieren ser rescatadas.
Y no todos los capos sobreviven a aquello que no pueden dominar.
NovelToon tiene autorización de Yesenia Stefany Bello González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Escuchar
Elira
Resisto con el billete de cinco euros en la mano antes de entregárselo al vendedor, que espera impaciente.
–Pueden retirar en la vitrina –nos dice en cuánto tiene el dinero en su mano y lo ingresa a la caja registradora.
Sé que debería sentirme bien por poder gastar este dinero en algo tan innecesario como dos helados, pero mi mente sigue pensando que es un error. El dinero no debería gastarse en algo tan poco vital. No cuando tengo que reparar mi caravana y comenzar a juntar dinero para pagar el próximo semestre.
Puedo permitírmelo ahora, pero no tengo asegurado el futuro.
–¿Estás segura? –pregunta Salvatore a mi lado tratando de leer el dilema en mis ojos.
Me obligo a asentir. –Por supuesto –respondo–. Elige sabiamente –exijo apuntando la vitrina y a la niña que espera con un cono de galleta en la mano.
Salvatore mira la vitrina y sin pensarlo demasiado hace su pedido.
–Chocolate blanco con oreos y dulce de leche.
La muchacha asiente mientras sus mejillas se vuelven de un rosa chillón poco favorecedor para su rostro.
Sus manos tiemblan mientras arma las bolas. Quiero preguntarle si se siente bien, pero no lo hago cuando la descubro lazando miradas ansiosas hacia el hombre a mi lado, quien la ignora mientras sus ojos siguen leyendo las etiquetas de los helados.
–Tu turno –dice y yo me quedo congelada por varios segundos, tratando de decidir.
No quiero equivocarme. No quiero desperdiciar mi dinero.
Nunca he comprado algo por elección siempre lo he hecho buscando la mejor oferta, sin importarme si realmente me gusta o no. Pensé que cuando pudiera elegir algo libremente sería sencillo, fácil e incluso un momento agradable, pero imagino que no todo es tan simple como lo imagino.
Tener opciones es un derecho que nunca he tenido y se siente demasiado pesado ese poder sobre mis hombros.
Asfixiante incluso.
–Ely –murmura a mi lado, esperando una respuesta mientras su ceño se frunce en preocupación cuando mira mi rostro.
Paseo mis ojos por la vitrina. Hay al menos treinta sabores diferentes. Demasiadas combinaciones.
Mi estomago se aprieta en un nudo doloroso.
No quiero elegir. No puedo hacerlo. No cuando nadie me enseñó que era una posibilidad.
Es mucho más fácil vivir sin elecciones ni posibilidades.
Su mano toma mi barbilla y me obliga a mirarlo. Me hundo en esos ojos azules mientras me obligo a seguir respirando.
–¿Quieres que elija yo? –pregunta y asiento de inmediato, feliz de que alguien pueda tomar la decisión por mí.
Lo veo conversar con la muchacha, pero comienzo a caminar, intentando recuperar el control.
Necesitando volver a mi centro.
–Tu helado –me ofrece con una sonrisa amable y recibo el cono con dos bolas.
Una oscura, que parece ser chocolate y otra de color blanco con manchas naranjas.
–Gracias –susurro y me obligo a probarlo.
El sabor de la crema con manchas naranjas explota en mi boca. Frutal, dulce, delicioso… perfecto.
Lo sostengo con fuerza, preocupada de dejarlo caer. Salvatore se relaja mientras ambos caminamos hasta una banca que queda frente al club.
Miro el anuncio de neón, que pasa desapercibido a la luz del día. Las enormes puertas están cerradas y el lugar, que de noche es ruidoso, ahora habita en un silencio absoluto, solo interrumpido por las bocinas y el canto de algunos pájaros.
Es casi tan silencioso como cuando subo al escenario y puedo descansar.
Descansar de ser yo.
–¿Y cuáles son tus teorías? –pregunta cuando se sienta en la banca.
Me siento al lado de él y miro su rostro.
–Tengo algunas –empiezo entusiasmada–. Al principio, pensé que eras un asesino a sueldo o algo así como un espía, pero lo descarté. No pasas desapercibido –digo apuntando su cuerpo. Es alto y fuerte. De seguro llama la atención dónde vaya–. ¿Guardaespaldas?
Sonríe, pero luego niega.
–¿Policía corrupto?
Su boca se abre en una carcajada que hace vibrar la banca. –No, pero tiene gracia.
–Deberías darme una pista –me quejo.
–Solo diré que es una especie de negocio familiar.
–Negocio. ¿Vendes cosas?
–Sí.
–¿Productos ilegales? –pregunto en un susurro.
Vuelve a sonreír y golpea la punta de mi nariz con su dedo. –Bingo.
Me muevo para quedar frente a él, para poder vigilar mejor sus expresiones faciales, entretenida con este juego de adivinanzas.
–¿Armas?
–Cuando es el momento adecuado lo hacemos, pero no es nuestro negocio principal –murmura pensativo–. ¿Lista para correr? –pregunta mientras aleja un mechón de mi cabello que se ha propuesto entrar a mi boca.
Busco la alarma en mi cabeza, pero esta silenciosa. No sé por qué, pero no le tengo miedo. Es como si supiera que la maldad que habita en él no puede alcanzarme, no para lastimarme.
–¿Eres peligroso? –pregunto más por curiosidad que por miedo.
–Para el resto del mundo, sí.
–¿El resto del mundo? –pregunto tratando de entender.
–En realidad, soy peligroso para todos menos para ti –dice con una sonrisa que ilumina sus ojos azules mientras su dedo índice roza mi barbilla.
Es algo inconsciente, casi accidental. Espero la reacción de mi cuerpo, la tirantez familiar, pero no llega.
Mi cuerpo no se aparta.
Mis dientes no protestan.
Mi respiración no cambia.
Es como si mi cuerpo recordara su tacto… como si no le molestara.
Me obligo a levantarme. No porque me moleste su presencia, sino por lo contrario.
–¿Qué pasa? –pregunta levantándose también.
Comienzo a retroceder, pero su mano toma la mía, reteniéndome.
Estamos muy cerca. Debería molestarme, pero no lo hace y eso me aterra más que cualquier cosa que pueda hacer o vender.
–Estoy… cansada –miento mientras alejo mi mano, mirándola como si no fuera parte de mi cuerpo.
Debería dolerme, pero no lo hace. Lo único que siento es la calidez que dejó su piel.
Vuelvo a mirarlo y recuerdo que ya me tocó antes, cuando estábamos eligiendo los helados. Tomó mi barbilla y tampoco mi cuerpo reaccionó cómo debería. Y luego, tocó mi nariz.
Llevo mi mano a mi barbilla y nariz, sintiendo que mi propia piel no me pertenece.
Se acerca sin tocarme, respetando el espacio que mi mente está pidiendo a gritos, aunque mi cuerpo no esté al corriente.
–Antes –empieza en un susurro vacilante–, retrocedías cuando me acercaba. Te encogías ante mi tacto.
Me cruzo de brazos cuando la sensación de incomodidad aumenta. No solo puede tocarme, ahora puede leer mi mente.
Mira algo más allá de mi cabeza, al vacío, perdido en sus pensamientos.
–No me molesta. Solo… lo notaba –termina antes de acercarse otro paso.
Estamos tan cerca que nuestros cuerpos están rozándose y yo tengo que inclinar mi cabeza en un ángulo incómodo para seguir mirándolo a los ojos.
El silencio que sigue no es incómodo. Es peor. Es denso. Me obliga a mirarme por dentro.
Debería sentirme expuesta.
Debería querer irme.
Debería recuperar esa incomodidad que siempre me ha protegido.
Pero no puedo.
Y eso me asusta más que cualquier otra cosa.
–No sé qué me pasa –digo en voz baja mientras miro el helado derretirse en mi mano–. Mi cuerpo… no está reaccionando cómo debe hacerlo.
–¿Debe… según quién?
No hay respuesta. No de mi parte, porque tampoco lo sé. Es solo algo que hago, que funciona. Un reflejo que me ha mantenido con vida.
–Antes –digo–, mi cuerpo siempre me avisaba. Me decía cuándo alguien era peligroso. Cuándo tenía que irme.
–¿Y ahora?
Respiro hondo.
–Ahora está en silencio.
Se acerca otro paso y me mira, no de forma dominante, de forma cuidadosa. Como si yo fuera algo que no quiere asustar.
–El silencio no siempre es malo –dice.
Niega con la cabeza.
–Para mí sí –respondo–. El silencio significa que algo cambió… y no sé si quiero que cambie.
Me alejo, nerviosa. Necesito moverme. Necesito recuperar algo que se me está escapando entre los dedos.
–Quiero volver a sentirme incómoda –confieso–. Quiero volver a saber quién soy cuando alguien se me acerca.
Salvatore no intenta detenerme. No me toca. Solo me mira.
–Tal vez –dice despacio– no dejaste de ser tú. Tal vez solo dejaste de estar en guerra.
La idea me golpea con más fuerza de la que debería.
Recojo mi mochila, sin mirarlo, y doy otro paso atrás.
–Adiós, Salvatore.
–Adiós, Elira –devuelve en un susurro contenido.
Camino sin rumbo, sin saber si quiero volver a la caravana, con el pecho apretado y la mente revuelta.
Mi cuerpo avanza tranquilo, como si hubiera tomado una decisión sin consultarme. Y por primera vez en mucho tiempo, no sé si quiero corregirlo… o aprender a escucharlo.
❤️🩹🥲🥹
ojalá no deje que la otra vuelva, ya es hora de que disfrute su vida a su manera y con Salvatore que la ama