El mundo de Julián se desplomó el mismo día en que descubrió que la lealtad tiene un precio. Lo tenía todo: un imperio financiero en ascenso, la admiración de la alta sociedad y el amor de la mujer con la que planeaba pasar el resto de sus días. Pero la ambición ciega de su mejor amigo destruyó cada uno de sus logros en cuestión de meses. Traicionado, despojado de su fortuna y abandonado por su prometida.
Su final no tuvo ni un ápice de gloria. Murió solo, tirado en un callejón frío, ahogado con un mendrugo de pan duro mientras hurgaba entre los desperdicios para sobrevivir un día más. Pero la muerte no fue el final; fue la grieta que reescribió su destino.
Al abrir los ojos de golpe, el olor a basura y el dolor en la garganta desaparecieron. Frente a él, el reflejo del espejo de su antiguo pent-house le devolvió la mirada. Estaba tres años atrás, intacto. haría que cada traidor pagara el precio exacto de su ambición.
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Capitulo 5: Tacos con acento de reproche.
Julián dio tres pasos hacia la lona azul, atraído por el vapor especiado que cortaba la brisa helada de la noche. El agua de la lluvia goteaba desde la solapa de su esmoquin Tom Ford, salpicando sus zapatos de charol. En ese rincón iluminado por un foco incandescente de cien vatios, el mundo financiero de las cifras millonarias y la traición latente parecía perder todo su peso.
Detrás de la barra de acero inoxidable, la joven ajustó el nudo de su pañoleta roja. Tenía las mangas de su suéter enrolladas hasta los codos y manejaba la espátula con una agilidad casi rítmica sobre el comal. Movía los trozos de carne con una precisión calculada, elevando pequeñas nubes de humo sazonado con cebolla y chile toreado.
—Si va a quedarse ahí parado atrapando agua como gárgola de iglesia, al menos pida una quesadilla, marchante —dijo la joven sin levantar la vista del comal, aunque una sonrisa ladina se le dibujaba en la comisura de los labios—. El aire es gratis, pero el aroma del bistec sí me cuesta la renta.
Julián parpadeó, saliendo del trance. La voz de la mujer era firme, metálica y llena de una vitalidad que vibraba en el ambiente.
—Disculpa —contestó él, acomodándose la chaqueta húmeda con un gesto aristocrático que resultaba completamente fuera de lugar en esa esquina—. Solo estaba... observando.
—Pues la observación no me deja para la venta del día —respondió ella, alzando finalmente la cabeza.
Sus ojos negros, vivos y agudos como los de un halcón, recorrieron a Julián de pies a cabeza. Se detuvo en el corbatín ligeramente chueco, los botones de plata de los puños y la tela importada empapada por la lluvia. La expresión de la joven pasó de la picardía al asombro, y luego a un matiz de abierta burla.
—Vaya, vaya, vaya... Parece que a un pingüino se le perdió el banquete de la alta sociedad —comentó ella, apoyando las dos manos sobre el borde de la barra—. ¿Se le escapó el novio a la novia, o lo dejaron afuera porque el traje no traía sombrilla incluida?
—Tuve una noche complicada, eso es todo —repuso Julián, apretando los labios. Le sorprendió no sentirse molesto por la impertinencia; al contrario, la frescura de la muchacha actuaba como un tónico contra la falsedad de Isabella y Marcos—. Y para tu información, esto es un esmoquin.
—Esmoquin, traje o pijama de lujo, igual se le está arruinando con el agua de la lona —replicó ella, señalando con la espátula un rincón seco bajo la carpa—. Pase para acá antes de que agarre una pulmonía. Soy Jimena. ¿Va a comer algo o solo vino a mojar el piso?
Julián echó un vistazo a las banquetas plásticas de color azul. Dudó durante medio segundo, pero el olor del guisado que chisporroteaba en el metal superó cualquier remilgo de etiqueta. Se acercó y tomó asiento en una de las sillas, sintiendo el calor agradable que emanaba del fogón a gas.
—Sorpréndeme, Jimena —dijo él, apoyando los antebrazos sobre la barra limpia—. Dame tres de lo que sea que huela tan bien.
—Sale una orden de tacos campechanos con copia de cebollita asada —anunció Jimena con destreza.
Tomó dos tortillas de maíz con unas pinzas, las pasó ligeramente por el aceite del comal para darles flexibilidad y en cuestión de segundos las colmó de carne jugosa, chorizo bien dorado y un toque de chicharrón prensado. Con un movimiento fluido, colocó el plato de plástico cubierto con una bolsa sobre la barra, junto a dos frascos de salsa: una verde cremosa y una roja de aspecto amenazante.
—Si no le pone salsa roja, es como si no hubiera venido —advirtió Jimena, cruzándose de brazos mientras lo observaba con curiosidad—. Aunque no sé si un estómago acostumbrado al caviar agunte el chile de árbol de mi abuela.
Julián no respondió. Sostuvo el taco con cuidado, intentando recordar la última vez que había comido con las manos sin preocuparse por la etiqueta del protocolo. Le dio un muerdo generoso.
El sabor lo golpeó de lleno. La sazón era intensa, casera, perfecta; el crujido del chicharrón se combinaba con la jugosidad de la carne y el picante justo que le devolvió el calor al cuerpo de golpe. Cerró los ojos durante un segundo, saboreando algo que no tenía nada que ver con los platillos insípidos y pretenciosos del L’Étoile. Esto era real. Era la vida misma abierta en una tortilla.
—Esto... está increíble —confesó Julián, abriendo los ojos y dando un segundo bocado con auténtico apetito.
—Claro que está increíble, es "La Sazón de Jimena" —dijo ella con orgullo, sonriendo de una forma tan limpia y luminosa que a Julián se le detuvo el corazón por un instante—. Aquí no vendemos humo, marchante. Pura calidad para la gente que se rompe la espalda trabajando.
Mientras comía, Julián notó el leve temblor en las manos de la joven cuando acomodaba las servilletas, y cómo miraba de reojo la pantalla de su teléfono gastado cada vez que vibraba. Había una sombra de cansancio y tensión detrás de su actitud chispeante.
—¿Sueles trabajar hasta tan tarde? —preguntó Julián, terminándose el segundo taco.
—El trabajo no tiene horario cuando hay cuentas que pagar —contestó Jimena, bajando la mirada un segundo antes de recuperar su tono alegre—. Además, tengo una meta importante y los milagros no caen del cielo. Hay que juntar cada peso.
Julián asintió en silencio, entendiendo perfectamente la urgencia en sus palabras. Terminado el tercer taco, se limpió los dedos con una servilleta de papel y metió la mano al bolsillo interior de su saco para sacar la cartera de piel. Al abrirla, se dio cuenta de que solo llevaba billetes de cien dólares y un par de tarjetas de crédito Platinum.
Sacó un billete verde de cien dólares y lo colocó sobre la barra.
—Quédate con el cambio —dijo con naturalidad.
Jimena miró el billete verde, luego miró a Julián y soltó una carcajada sonora, llena de sarcasmo, que hizo voltear a un cliente que pasaba por la acera.
—¿Me estás vacilando, trajeado? —preguntó Jimena, tomando el billete con dos dedos como si fuera un bicho raro—. ¿Qué se supone que haga yo con esto a las doce de la noche en un puesto de tacos? ¿Ir al banco a pedir que me lo cambien por monedas para el camión?
—Es dinero real, Jimena. Son cien dólares. Cubre los tacos y el resto es tu propina por la recomendación —explicó él, confundido.
—Escúchame bien, Don Dinero —dijo Jimena, apoyándose en la barra y mirándolo fijamente a los ojos con una seriedad aplastante—. Mis tacos valen noventa pesos. Yo no soy un objeto de caridad para que vengas a deslumbrarme con tus billetes gringos porque tuviste un mal día. Aquí la gente paga lo que consume con moneda nacional y con respeto.
Julián se quedó helado. La firmeza en la voz de Jimena, su dignidad intacta y la chispa de orgullo en sus ojos lo dejaron completamente desarmado. Por primera vez en años, alguien le decía la verdad a la cara sin importarle su dinero ni su estatus.
—No fue mi intención faltarte al respeto —dijo Julián, bajando la cabeza con auténtica humildad—. De verdad. Es solo que no traigo efectivo local encima.
Jimena suspiró, observándolo con detenimiento. Notó la sinceridad en la disculpa del hombre y cómo la arrogancia inicial se había evaporado de golpe.
—Está bien, pingüino —dijo ella, devolviéndole el billete por la barra—. Te voy a fiar los noventa pesos. Pero me los vas a venir a pagar mañana mismo, peso sobre peso. Y nada de dólares ni propinas exageradas. ¿Queda claro?
Julián miró la mano de Jimena, pequeña pero fuerte, curtida por el trabajo duro. Sonrió por primera vez en todo el día con una calidez genuina.
—Mañana a la misma hora estaré aquí, Jimena. Con el cambio exacto.