Katherine estaba a punto de casarse con el hombre que amaba… hasta que lo encontró en la cama con su propia hermana.
Con el corazón destrozado y sedienta de venganza, decide devolverles el golpe de la manera más cruel: contratará a un hombre para fingir ser su novio.
Pero no elige a cualquiera.
Leonardo es peligroso, misterioso y demasiado atractivo. Un hombre con un pasado que nadie conoce y secretos que podrían destruirlo todo.
Lo que Katherine no sabe es que su falso novio también está jugando con ella.
Porque Leonardo no necesita su dinero.
No necesita su contrato.
Y definitivamente no necesita enamorarse de ella.
Entonces, ¿por qué está dispuesto a hacer cualquier cosa para protegerla?
La venganza era el plan.
El amor no estaba incluido.
Y descubrir quién es realmente Leonardo podría ser más peligroso que la traición que los unió.
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Capítulo 23
LA VERDAD ANTE TODOS
La sala de juntas del Grupo Herrera estaba llena hasta el último asiento. Directivos, abogados, accionistas… todos esperaban en silencio tenso, con las miradas fijas en la puerta. Hacía años que nadie veía a Leonardo Herrera en este lugar. Muchos creían que jamás volvería. Otros… que no debía.
Katherine entró a su lado, sintiendo el peso de cientos de ojos. Él la apretó la mano sin dejar de caminar, firme, erguido, sin apartar la vista del estrado donde se sentaban los directivos. Al frente, el sillón principal permanecía vacío: el lugar que Javier Moncada había ocupado durante años, y que ahora esperaba su veredicto.
Cuando tomaron asiento, el silencio se volvió absoluto. Leonardo colocó el sobre de cuero sobre la mesa de caoba, con un gesto que hizo contener el aliento a más de uno.
—Gracias por venir —dijo, con voz clara, serena, que recorrió toda la sala—. Hoy no vengo a reclamar riqueza ni poder. Vengo a restaurar la verdad que fue robada.
Extendió el documento ante todos.
—Este es el testamento original de mi padre. El que nunca se leyó. El que fue ocultado, y luego quemado en un intento de borrarlo para siempre. Pero sobrevivió. Y hoy habla.
Un murmullo recorrió la sala mientras el abogado leía en voz alta. Cada línea confirmaba lo que pocos se atrevían a sospechar: la herencia le correspondía íntegramente a Leonardo; la acusación que lo llevó a prisión carecía de fundamento legal; y al final, las palabras que nombraban a Javier Moncada como el traidor que usurpó el puesto que no le pertenecía.
Al terminar, el estruendo fue inmediato. Algunos se levantaron, otros hablaban entre sí, otros miraban con indignación. Katherine vio el rostro de su padre, sentado al frente, pálido y conmocionado. Tenía las manos temblorosas sobre las rodillas, la mirada perdida en el vacío. Cuando la encontró, sus ojos se llenaron de un dolor tan profundo que ella sintió que le partía el alma.
—¿Tú… sabías? —le preguntó en un susurro que solo ella oyó.
—No, papá —respondió ella, acercándose—. Lo supe igual que tú. Javier lo engañó a todos.
—Yo le di mi confianza —murmuró él, con la voz quebrada—. Le di la mano como a un hermano. Y él… nos usó a todos.
Leonardo se acercó entonces, despacio, sin arrogancia, solo con sinceridad.
—Señor, nunca dudé de usted. Sabía que no era cómplice. Javier manipulaba a quien le convenía. A mi madrastra, al abogado, a mi propio entorno… y a usted también.
Su padre asintió lentamente, con los ojos llenos de lágrimas.
—Gracias —dijo, estrechándole la mano—. Gracias por protegerla. Y por no dejarnos caer en la mentira.
Pero la paz no duró. Alguien gritó desde el fondo:
—¿Y quién nos asegura que este documento es auténtico? ¡Podría ser falso!
Otros asintieron, murmurando. La duda volvió a instalarse, fría y venenosa. Leonardo los miró a todos con calma.
—Lo confirmarán los peritos. Ya está en manos de la justicia. Y además… hay testigos.
Hizo una seña. La puerta se abrió y entró una mujer mayor, vestida con sencillez, pero con la cabeza alta. La antigua secretaria personal del padre de Leonardo, la única que había permanecido leal en el silencio.
—Estuve presente cuando se firmó —dijo, con voz firme—. El señor Herrera me llamó para que fuera testigo. Me advirtió que alguien intentaría destruirlo. Me pidió que recordara cada detalle. Y lo hice.
Sus palabras rompieron la resistencia. La sala se inclinó hacia la verdad, inevitable y clara. Los que dudaban bajaron la mirada. La realidad ya no podía ocultarse: Javier Moncada había construido su poder sobre mentiras, traiciones y sufrimiento ajeno.
Al salir de la reunión, el sol brillaba con fuerza, pero el aire seguía cargado. Katherine caminaba junto a Leonardo, sabiendo que la batalla legal apenas comenzaba, que Javier tenía aliados, que su nombre seguiría siendo manchado por quienes no querían ver la verdad… pero por primera vez, no estaban solos.
Su padre los alcanzó antes de que llegaran al coche. Lo abrazó a ella con fuerza, y luego le estrechó la mano a Leonardo, con respeto y gratitud.
—Los defenderé —prometió—. Con todo lo que tengo. Javier no destruirá a mi familia.
Cuando se quedaron solos, Leonardo apoyó la frente contra la de ella, soltando un suspiro profundo.
—Pensé que este momento me daría poder —confesó—. Pensé que sentiría triunfo. Pero lo único que siento es alivio. Alivio de que ya no tengamos que escondernos.
Katherine le acarició el rostro, recorriendo cada rasgo, cada marca de la lucha que había librado.
—Lo lograste. Tu nombre está limpio. Y yo estoy contigo. Siempre.
La besó entonces, con ternura y devoción, en medio del sol de la tarde, sin importarles quién los viera. Ya no había necesidad de fingir. Ya no había secretos entre ellos. Solo el amor que había sobrevivido a todo, y un futuro que, aunque incierto, era suyo para construirlo.
Pero mientras se besaban, un coche oscuro pasó lentamente frente a ellos. En el asiento trasero, una mirada fría y llena de odio los observó unos instantes antes de desaparecer entre el tráfico. Javier Moncada no estaba vencido. Y su amenaza pendía aún en el aire, invisible y letal.