Cinco años después de irse de Buenos Aires con el corazón roto, Giulia Rivas vuelve con una sola prioridad: cuidar a su hija Dulce y reconstruir su carrera como diseñadora de joyas.
No busca explicaciones.
No busca venganza.
Y mucho menos busca volver a ver a Julián Alcázar.
Pero en el aeropuerto, un nene desconocido se le abraza a la pierna y la llama mamá.
Benja tiene la edad que tendría el hijo que Giulia creyó haber perdido. Tiene los ojos de Julián, su carácter imposible y una certeza que nadie logra sacarle de la cabeza: ella es su mamá.
Julián también queda atrapado en esa reaparición.
Para él, Giulia fue la mujer que lo abandonó sin mirar atrás. Para ella, Julián fue el hombre que eligió a otra mientras ella lo perdía todo.
Ahora trabajan bajo el mismo imperio empresarial, se cruzan en pasillos, fiestas privadas, hospitales y mentiras que llevan demasiado tiempo enterradas.
Entre una hija que sueña con conocer a su papá, un hijo que nunca dejó de buscar a su mamá y una mujer dispuesta a destruir cualquier verdad antes de perder su lugar, Giulia y Julián van a descubrir que lo que los separó no fue falta de amor.
Fue una mentira.
Y esa mentira está a punto de caer.
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Capítulo 6
Capítulo 6
El gerente Leiva llegó apurado.
Al ver a Wanda Salvatierra, la estrella brillante de las pantallas, con el pelo revuelto y una pinta lamentable, se quedó helado.
Al lado de ella, Giulia estaba impecable. Ni un pelo fuera de lugar. Serena, elegante, como si acabara de entrar.
La explicación era simple.
Cuando Wanda había llamado bastardo a Benja, Giulia no se lo dejó pasar.
Benja, con sus anteojitos de sol, también se había lanzado a defender a la tía linda con la que pensaba casarse.
Wanda no tuvo ninguna consideración por que fuera un nene. Le pellizcó varias veces el brazo, fuerte, sin medir la mano.
Eso terminó de encender a Giulia.
En el exterior había aprendido defensa personal. Y cuando decidió moverse, Wanda y Micaela juntas no pudieron con ella.
Si los mozos no las separaban, Wanda habría salido con marcas en la cara.
Giulia se agachó frente a Benja. Al ver las marcas rojas en su bracito blanco, se le llenaron los ojos de dolor.
—No duele. Benja es muy valiente —dijo el nene, inflando un poco el pecho.
Giulia le sopló las marcas con cuidado.
Dulce hacía lo mismo cada vez que se golpeaba sin querer. Decía que si mami soplaba, dejaba de doler.
Del otro lado, Wanda apartó de un empujón a la empleada que intentaba ayudarla.
—¡Échenlos!
Señaló a Giulia y a Benja, dando órdenes al gerente Leiva con una soberbia insoportable.
Leiva no estaba feliz con su actitud, pero tampoco podía ignorar a la gente que Wanda tenía detrás.
Después de pensarlo unos segundos, decidió pedirles a Giulia y al chico que se retiraran.
Benja se quitó los anteojos.
Con la cara seria, imitando la expresión de su papá cuando se enojaba, caminó hasta el gerente. Metió una mano en el bolsillo, sacó la tarjeta black y se la estampó en la palma.
Giulia se levantó.
La comisura de sus labios tembló un poco.
¿De quién había aprendido ese aire de “mañana compro todo este lugar y los echo a todos”?
Al principio, Leiva no le dio demasiada importancia.
Pero bajó la vista a la tarjeta.
La cara le cambió.
Era la tarjeta black de socio fundador de La Cúpula.
En toda Buenos Aires no habría más de diez personas con una tarjeta así. Todos apellidos pesados, gente que podía abrir puertas sin tocar el picaporte.
Miró entonces la ropa cara del nene. Después observó su carita.
Algo le hizo clic en la cabeza.
Era el hijo de Julián Alcázar.
Lo había visto una sola vez, pero esa cara se le había quedado grabada.
Ya no dudó.
Levantó la mano y llamó a seguridad.
—Saquen a estas personas.
Wanda sonrió con alivio, como si por fin hubieran reconocido su lugar.
La sonrisa le duró poco.
—¡¿Qué hacen?! ¡Gerente Leiva, qué significa esto!
Ella y Micaela fueron empujadas hacia la salida por los guardias. Ni siquiera pudieron cuidar su imagen mientras protestaban a los gritos.
Leiva no las miró más.
Se inclinó con respeto y acompañó a Giulia y a Benja hasta el mejor salón privado del restaurante.
Poco después, los mozos entraron uno detrás de otro con bandejas.
Los platos eran todos especialidades de la casa.
Giulia despidió al gerente, demasiado servicial para su gusto, y puso un langostino en el plato de Benja. Al verlo comer con las mejillas infladas, sintió que algo se le ablandaba por dentro.
—Los chicos tienen que comer verduras.
Sonrió y, con los cubiertos de servir, le puso zanahoria.
Benja frunció enseguida las cejas y cubrió su plato con las dos manos.
—No me gusta la zanahoria. No quiero.
Giulia parpadeó apenas.
Qué casualidad.
A ella tampoco le gustaba la zanahoria.
Ese chico era hijo de Malena. Ella lo sabía. Y aun así, no podía sentir rechazo.
En cambio, le nacía acercarse.
Cada vez que intentaba tomar distancia, algo le dolía de una forma difícil de explicar.
Ese dolor se parecía demasiado al que sintió cuando le dijeron que su hijo había muerto.
Mientras se quedaba perdida en sus pensamientos, un langostino apareció en su plato.
Benja levantó la carita fina y redonda.
—Giulia, no estés triste. Estoy yo. No voy a dejar que nadie te moleste.
La sonrisa de Giulia volvió.
Le acarició el pelo.
—Bueno. Entonces voy a tener que pedirle protección al señor Benja.
Benja se golpeó suavemente el pecho, como dándole permiso para confiar.
Su aire de adulto serio la hizo reír por dentro.
Giulia comió el langostino.
Le supo más rico que cualquier otra cosa.
Dentro del salón, la escena era cálida.
Afuera, Wanda no pensaba rendirse. Seguía haciendo un escándalo en la entrada de La Cúpula, amenazando con subir todo a internet y hundir la reputación del restaurante.
Micaela no lograba calmarla.
Wanda estaba demasiado furiosa. Encima empezó a despreciar a Micaela en silencio.
La familia Roldán era rica y conocida en la ciudad. Aunque Micaela fuera hija adoptiva, en público representaba a los Roldán.
Y aun así, después de que las echaran, ni siquiera se atrevía a levantar la voz.
Micaela, por su parte, seguía pensando en el nene.
Le resultaba familiar. No lograba ubicarlo, pero la actitud del gerente Leiva ya decía bastante.
Tenía la intuición de que, si seguían armando lío, todo se iba a descontrolar.
Al ver que Wanda no la escuchaba, Micaela se cansó y se fue primero.
Wanda continuó gritando hasta que Leiva tuvo que aparecer otra vez.
—Wanda, qué boca grande tenés. Subí lo que quieras. Vamos a ver si podés cerrar La Cúpula.
Sonreía.
Pero esa sonrisa daba más frío que un insulto.
Wanda no era tonta. Sabía que La Cúpula atendía a gente rica y poderosa. El dueño, fuera quien fuera, no podía ser cualquiera.
No iba a tragarse el enojo, pero tampoco podía pelear sola contra una pared.
Le devolvió una sonrisa burlona.
—Yo no podré. Pero no sé si te animás a faltarle el respeto a Julián Alcázar y a Malena Montes.
Leiva casi se rio.
El hijo precioso de Julián Alcázar estaba comiendo adentro, tratado como un príncipe.
Ella no solo no lo había reconocido, sino que todavía usaba el apellido Alcázar para amenazar.
Hizo una seña a seguridad.
—Llévensela. Y de ahora en adelante La Cúpula no vuelve a recibirla. No queremos que afecte la imagen del restaurante.
Entonces, una fila de autos negros apareció a lo lejos.
Todas las miradas se movieron hacia la entrada.
El Maybach del frente se detuvo primero.
Julián Alcázar bajó del auto.
El traje negro hecho a medida le marcaba el cuerpo alto y recto. Su presencia era elegante, fría, con una presión que hacía que la gente bajara la voz sin darse cuenta.
Tenía la boca tensa. La cara sin expresión parecía cubierta por una sombra.
Pero Wanda lo vio como si fuera su salvador.
—¡Julián!
Por fin.
Con Julián de su lado, haría echar a ese gerente miserable.
Y Giulia tendría que pedirle perdón de rodillas.
Wanda se recompuso como pudo, puso su sonrisa más amable y corrió hacia Julián para que le hiciera justicia.
Dos custodios vestidos de negro le cortaron el paso.
Lo mismo hicieron con el gerente Leiva.
Julián ni siquiera miró a Wanda.
Sus ojos fueron hacia Leiva.
El gerente entendió enseguida y se inclinó.
—El nene está comiendo adentro. Por acá, señor Alcázar.
Wanda quedó afuera, bloqueada, pisando fuerte de rabia.
Julián abrió la puerta del salón privado.
Benja estaba agregando a Giulia en su celular infantil.
Los dos tenían las frentes casi juntas. No se sabía qué habían dicho, pero la risa de ella se escapó clara y suave.
Julián se quedó quieto un segundo.
No quería admitirlo, pero durante incontables noches odiando a Giulia, quizás alguna vez había imaginado cómo habría sido si ella no se iba.
Ellos tres juntos.
Una familia.
Algo parecido a lo que veía ahora.
Giulia oyó el ruido y levantó la cabeza.
Sus ojos chocaron con los de Julián.
La suavidad de hacía un segundo desapareció como si nunca hubiera existido.
—Benja —dijo Julián con frialdad.
—¡Papi!
Benja, en cambio, se iluminó como un sol. Corrió hacia él y se le tiró a los brazos.
Quería contarle que ese día le había regalado flores a Giulia y la había invitado a comer. Seguro ella lo quería mucho. Seguro iba a aceptar casarse con él.
Así podría jugar con ella todos los días.
Julián lo levantó, pero siguió mirando a Giulia.
Con su hijo se reía así.
Y al verlo a él, volvía a esa cara distante de desconocida.
El rostro de Julián se endureció otro poco.
—Te fuiste de casa sin avisar. Tu bisabuelo no te encontraba y se desmayó del susto. Ahora está en el hospital.
Su voz fue más severa que nunca.
Parecía retar a Benja.
Pero también estaba culpando a Giulia por no haberlo llamado enseguida y por andar con el chico como si no pasara nada.
Giulia entendió la insinuación.
El pecho se le apretó.
También se le enfrió la cara.