Durante siete años, Amelia Ferrer creyó que estaba construyendo un matrimonio y un futuro junto a Esteban Llorente. Renunció a sus propios sueños para convertir la empresa familiar de su esposo en un imperio, convencida de que algún día ambos compartirían el éxito que habían levantado juntos.
Todo cambia cuando descubre que Esteban y su madre llevan meses preparando un divorcio cuidadosamente planificado. No solo pretenden separarse de ella: quieren borrar cualquier rastro de su trabajo, apropiarse de sus aportes y dejarla sin un solo derecho sobre la empresa que ayudó a crear.
Amelia firma el divorcio sin discutir. Lo que nadie imagina es que una antigua sociedad fundada por su padre conserva, sin que ella lo sepa, derechos sobre uno de los activos más valiosos del Grupo Llorente.
Ese descubrimiento llama la atención de Gael Santoro, heredero de uno de los conglomerados empresariales más poderosos del país.
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Capítulo 23: El precio de la verdad
Amelia permaneció inmóvil frente a la pantalla del teléfono. La fotografía de su padre seguía abierta, iluminando el interior del automóvil con el rostro de Leonardo Ferrer. No había duda. Era él. Más envejecido, con el cabello gris y varias líneas profundas alrededor de los ojos, pero vivo.
Durante años había llorado su muerte.
Durante años había aprendido a vivir sin él.
Y ahora alguien acababa de demostrarle que todo había sido una mentira.
Gael observó la pantalla.
—No respondas.
Amelia levantó la mirada.
—Es mi padre.
—Precisamente por eso.
—Podrían matarlo.
—Y también podrían estar esperando que reaccionemos impulsivamente.
Ella apretó el teléfono.
—No puedo quedarme sin hacer nada.
—No te estoy diciendo que no hagamos nada. Te estoy diciendo que no vamos a jugar bajo sus reglas.
Amelia volvió a mirar la fotografía.
—¿Y cuáles son nuestras reglas?
Gael sostuvo su mirada.
—Primero descubrimos quién envió el mensaje. Después encontramos la bóveda. Y, al mismo tiempo, buscamos a tu padre.
—Si saben que tenemos la llave, podrían moverlo.
—Entonces tenemos que actuar rápido.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez llegó un mensaje de texto.
«Tienes seis horas. No informes a la policía. No informes al tribunal. No informes a nadie. Si la llave abandona tu poder, Leonardo desaparece.»
Amelia sintió un vacío en el estómago.
—Seis horas.
Gael leyó el mensaje.
—Quieren asustarte.
—Lo consiguieron.
—No.
Ella lo miró.
—Sí tengo miedo, Gael.
—Lo sé.
—Tengo miedo porque mi padre está vivo y alguien lo tiene encerrado.
Gael acercó una mano a la de ella.
—Entonces vamos a sacarlo de ahí.
Amelia entrelazó sus dedos con los de él durante unos segundos.
Después retiró lentamente la mano.
—Tenemos que regresar a la Torre.
Cuando llegaron, Gabriel ya había comenzado a rastrear el número. Elena estaba en una sala privada junto a Catalina. Al ver entrar a Amelia, ambas comprendieron inmediatamente que algo había ocurrido.
—Lo encontraron —dijo Elena.
Amelia negó.
—Él nos encontró a nosotros.
Le mostró la fotografía.
Elena palideció.
Catalina se acercó.
—¿Leonardo?
—Está vivo.
Catalina tomó el teléfono con manos temblorosas.
—Dios mío.
—Ahora quiero respuestas —dijo Amelia—. Todas.
Catalina cerró los ojos.
—No puedo darte todas.
—Entonces dame las que tengas.
Elena intervino:
—Catalina, ya no podemos seguir ocultándolo.
Catalina la miró.
—Si hablamos ahora, podemos ponerlo en peligro.
—Ya está en peligro.
Amelia golpeó suavemente la mesa con la palma.
—¡Mi padre está en algún lugar secuestrado! No pueden seguir decidiendo qué debo saber.
Catalina permaneció callada.
Finalmente, abrió su bolso y sacó una fotografía antigua.
—Esto ocurrió seis meses antes de la supuesta muerte de Leonardo.
Amelia tomó la fotografía.
Aparecían tres personas.
Leonardo.
Elena.
Y un tercer hombre.
Amelia reconoció el rostro inmediatamente.
—No.
Gael se acercó.
—¿Quién es?
Amelia levantó la fotografía.
—Esteban Llorente.
El mismo hombre que durante años había sido presentado como uno de los principales enemigos de su padre.
Catalina asintió.
—Pero hay algo que nunca supiste. Esteban y Leonardo no siempre fueron enemigos.
Amelia frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Fueron socios.
La revelación dejó a todos en silencio.
—Trabajaron juntos en las primeras investigaciones que dieron origen al Proyecto Legado —continuó Catalina—. Leonardo era el investigador principal. Elena desarrolló la parte científica. Esteban financió una parte del proyecto.
—Entonces ¿por qué terminaron enfrentados?
Elena respondió:
—Porque Esteban quiso venderlo.
—¿A quién?
—A una empresa extranjera que estaba dispuesta a pagar una fortuna por la tecnología.
Gael preguntó:
—¿Y Leonardo se negó?
—Sí.
—¿Eso provocó la ruptura?
Elena negó.
—Eso provocó algo peor.
Se acercó a la ventana.
—Descubrimos que la empresa no quería utilizar la tecnología para fines industriales. Pretendía convertirla en un sistema de control energético capaz de afectar redes enteras.
Amelia sintió un escalofrío.
—¿Y Esteban quería entregársela?
—Sí.
—Entonces los Llorente no quieren el Proyecto Legado para enriquecerse.
—El dinero siempre fue solo una parte —dijo Elena.
Gael miró la fotografía.
—¿Y Victoria sabe esto?
Catalina respondió:
—No todo.
—Pero sabe algo.
—Suficiente para ser peligrosa.
Amelia dejó la fotografía sobre la mesa.
—¿Y R?
Catalina permaneció inmóvil.
—¿Quién es?
Nadie respondió.
Amelia la miró directamente.
—Me dijiste que no podía saberlo.
Catalina suspiró.
—Porque R no es una persona.
Gael frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Es una organización.
Elena asintió.
—Una red creada hace décadas. Personas de distintos países, empresas y sectores que compran información tecnológica y utilizan intermediarios para obtener investigaciones que no pueden conseguir legalmente.
Amelia sintió un escalofrío.
—¿Y Esteban trabajaba para ellos?
—Sí.
—¿Victoria también?
—No oficialmente.
Gabriel entró en ese momento.
—Encontramos algo.
Todos se volvieron.
—El número que envió el mensaje fue utilizado durante menos de treinta segundos. Después desapareció.
Gael preguntó:
—¿Pudiste rastrear la señal?
—Parcialmente.
Gabriel colocó una pantalla sobre la mesa.
—La señal salió de un dispositivo que estuvo conectado a una red privada cerca del puerto.
Amelia tomó su bolso.
—Vamos.
Gael la detuvo.
—No sabemos si tu padre está allí.
—Pero es nuestro único rastro.
—Y puede ser una trampa.
—Entonces iremos preparados.
Catalina se levantó.
—Yo voy.
Amelia la miró.
—¿Por qué?
—Porque conozco a las personas que trabajan para esa red.
Elena tomó su abrigo.
—Y yo también.
Gael negó.
—No podemos llevar a todos.
Elena respondió:
—No soy una persona que necesite protección.
—No dije eso.
—Lo pensaste.
Amelia intervino:
—Vamos todos.
El trayecto hasta el puerto fue tenso. Cuando llegaron, Gabriel señaló un almacén ubicado cerca de una zona poco transitada.
—La señal apareció aquí.
Entraron con extrema cautela.
El interior estaba vacío.
Demasiado vacío.
No había trabajadores.
No había vehículos.
No había cámaras visibles.
Amelia avanzó lentamente.
—Aquí no hay nadie.
Gael miró alrededor.
—Eso no significa que estemos solos.
Un sonido metálico se escuchó detrás de ellos.
Las puertas del almacén se cerraron.
Las luces se apagaron.
Amelia sintió que alguien la sujetaba por detrás.
Intentó liberarse, pero una mano cubrió su boca.
Gael reaccionó inmediatamente.
—¡Amelia!
Se escuchó un golpe.
Después otro.
La oscuridad se llenó de movimientos.
Gabriel logró encender una pequeña luz de emergencia.
Varias personas aparecieron entre las sombras.
Gael se abalanzó sobre uno de ellos.
Amelia consiguió liberarse y retrocedió.
Entonces una voz femenina habló desde el segundo nivel.
—No lastimen a nadie.
Todos se detuvieron.
Amelia levantó la mirada.
Victoria estaba allí.
Pero no estaba sola.
A su lado había un hombre mayor.
Amelia lo reconoció de inmediato.
Esteban Llorente.
Su padre.
El hombre que llevaba años siendo presentado como enemigo de los Ferrer estaba allí, vivo y perfectamente tranquilo.
Victoria descendió lentamente las escaleras.
—Bienvenida, Amelia.
Amelia no podía apartar la mirada de Esteban.
—¿Qué haces aquí?
Victoria sonrió.
—Lo mismo que tú.
—¿Buscar a mi padre?
Victoria negó.
—Buscar la verdad.
Amelia frunció el ceño.
—¿Dónde está Leonardo?
Esteban dio un paso hacia delante.
—Vivo.
—¿Dónde?
—En un lugar donde nadie puede encontrarlo.
Amelia sintió que la rabia crecía.
—Devuélvemelo.
Esteban la observó.
—No soy yo quien lo tiene.
El silencio fue inmediato.
Victoria giró lentamente hacia él.
—Papá.
Esteban no respondió.
Amelia comprendió que algo no encajaba.
—Entonces ¿quién lo tiene?
Esteban miró a Catalina.
Su expresión cambió.
—Ella.
Amelia se volvió hacia Catalina.
—¿Qué?
Catalina quedó completamente inmóvil.
Elena palideció.
—No.
Esteban continuó:
—Catalina Santoro sabe dónde está Leonardo Ferrer.
Gael miró a su madre.
—¿Es cierto?
Catalina no respondió.
Amelia sintió que el mundo volvía a cambiar bajo sus pies.
—Mamá —susurró Elena—. Dime que está mintiendo.
Catalina cerró los ojos.
Y cuando finalmente habló, su voz apenas fue audible.
—Leonardo está vivo.
Amelia dio un paso hacia ella.
—Eso ya lo sé.
Catalina levantó la mirada.
—Y fui yo quien lo escondió.