Valentina Buenavista está a punto de casarse con el amor de su vida cuando un hombre de su pasado lo destruye todo. Adrián Altamira —heredero de un imperio empresarial y su enemigo jurado desde la preparatoria— manda a destrozar la boda entera.
Pero eso es solo el principio.
Cuando la empresa de su padre queda al borde de la ruina, Valentina descubre que Adrián fue quien orquestó la caída. Y ahora le ofrece un trato imposible: casarse con él a cambio de salvar el Grupo Buenavista.
Atrapada entre la rabia y la desesperación, Valentina acepta. Lo que no esperaba era que vivir bajo el mismo techo que su peor enemigo despertara algo que no puede —ni quiere— controlar.
Adrián es arrogante, posesivo y exasperante. También es el único que la defiende cuando nadie más lo hace. A medida que las provocaciones se convierten en roces y los roces en besos que la dejan sin aliento, Valentina empieza a preguntarse si realmente lo odia... o si siempre lo ha sentido de otra manera.
Pero hay secretos mucho más oscuros detrás de este matrimonio. Emiliano, el hombre al que Valentina amó durante años, esconde un pasado manchado de sangre. Y la verdad, cuando salga a la luz, lo cambiará todo.
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Capítulo 22
Cuando Adrián salió del reservado VVIP del restaurante, Emiliano apretó los puños con fuerza.
—Si no fuera por su familia, mis padres jamás habrían sufrido así —masculló, con la voz cargada de rencor.
El padre de Adrián había sido el responsable de meter a sus padres en prisión. Su madre se llamaba Nicole. Dio a luz a Emiliano estando presa, pero lamentablemente no sobrevivió. Para colmo, su propia abuela se negó a hacerse cargo de él: lo consideraba una vergüenza para la familia. Por eso terminó abandonado en un orfanato.
Emiliano se enteró tiempo después de que su padre se llamaba Patricio y seguía encerrado en prisión, con una sola pierna, porque le habían amputado la derecha. Todo por culpa de los padres de Adrián.
Emiliano había visitado a su padre una vez. Patricio le dijo que debía hacerse poderoso si quería vengarse de la familia Altamira.
Cuando cursaba la preparatoria, Emiliano empezó a salir con Jimena. Fue entonces cuando descubrió que ella tenía una hermanastra despampanante: una alumna nueva que venía de otra ciudad. Se llamaba Valentina, y era la única heredera del Grupo Buenavista.
Por eso se le ocurrió la idea de utilizar a Valentina para apoderarse del Grupo Buenavista. Sabía que esa empresa no se comparaba con el Grupo Altamira, pero al menos le daría poder. Estaba convencido de que, tarde o temprano, lograría destruir a la familia Altamira.
Y al final, su plan funcionó. Valentina terminó por defenderlo frente a Adrián.
...
En aquel entonces, los tres seguían en la preparatoria. Adrián arrastraba una herida profunda: acababa de perder a su mejor amiga, Fernanda, que había muerto en un accidente.
Recordaba con claridad que, apenas unos días antes, Fernanda le había contado que Emiliano no dejaba de acosarla.
Adrián estaba convencido de que Emiliano era el autor intelectual del accidente de Fernanda.
Caminó hecho una furia, buscándolo por toda la escuela, hasta que lo encontró fumando en el patio trasero.
—¡Maldito!
Sin mediar palabra, Adrián le estampó el puño en la cara.
¡PAM!
No le dio oportunidad de reaccionar. Siguió golpeándolo una y otra vez.
¡PAM!
¡PAM!
¡PAM!
El cuerpo de Emiliano se tambaleó y cayó al suelo de bruces.
Valentina, que pasaba por ahí y presenció la escena, corrió de inmediato a separarlos. Clavó la mirada en Adrián con indignación.
—¡Basta! ¿Por qué te gusta tanto abusar de los más débiles?
—¿Te atreves a enfrentarme? —le preguntó Adrián.
Valentina no retrocedió.
—¿Y por qué habría de tenerte miedo? Que la escuela sea de tu familia no te da derecho a creerte el dueño del mundo. No te tengo ni un poco de miedo.
—¿Acaso no sabes por qué le estoy pegando? —preguntó Adrián con frialdad.
Valentina exhaló un suspiro.
—Porque te crees el todopoderoso de esta escuela, y por eso golpeas a la gente como se te da la gana, sin razón alguna.
Dicho eso, se agachó para ayudar a Emiliano a ponerse de pie.
—¿Estás bien?
Emiliano se limitó a negar con la cabeza mientras hacía una mueca de dolor.
Valentina lo tomó del brazo y se lo llevó de ahí, dejando a Adrián solo en el patio trasero.
Adrián se quedó inmóvil, observando cómo la espalda de Valentina se alejaba hasta perderse de vista.
Emiliano, en cambio, sonreía con una sonrisa triunfal.
A partir de ese día, consiguió acercarse a Valentina. Al principio ella solo sentía lástima por él, porque lo veía recibir golpizas de Adrián constantemente.
Lo que Valentina no sabía era que Emiliano provocaba esos conflictos a propósito, con la intención deliberada de hacer estallar a Adrián.
...
—¿A dónde se habrá ido? ¿Por qué no ha vuelto a esta hora? —murmuró Valentina.
Estaba sentada al borde de la alberca.
Resopló con fastidio.
—¿Qué clase de matrimonio es este? Se va cuando le da la gana sin siquiera avisarme. Y yo aquí, como tonta, ignorando los mensajes de Emiliano.
Todo le parecía profundamente injusto. Lo que no sabía era que su celular estaba intervenido. Adrián podía leer los mensajes de Emiliano e incluso responderle sin que las respuestas aparecieran en el historial de su teléfono.
De pronto, la voz de Adrián la sobresaltó.
—Tengo sed. Ve a prepararme un licuado de aguacate.
Valentina se levantó de golpe, indignada. El tipo acababa de llegar y ya le estaba dando órdenes.
—¿Qué te crees, que soy tu sirvienta? Prepáratelo tú solo.
Adrián le clavó la mirada.
—¿Así que me estás desafiando? ¿O prefieres que te castigue?
Valentina se puso nerviosa. Sabía perfectamente a qué tipo de castigo se refería. De reojo, alcanzó a ver una maceta pequeña con un cactus en miniatura erizado de espinas. Sin pensarlo dos veces, la agarró y se la puso enfrente como un escudo.
—Ni se te ocurra besarme, a menos que quieras que tus labios acaben llenos de espinas —lo amenazó.
Adrián esbozó una sonrisa ladina. Lejos de intimidarse, le encantó ver a Valentina tan alterada, así que se acercó a ella a propósito.
Valentina retrocedió sin dejar de apuntarle con el cactus.
—¡Te dije que no te acerques!
Pero Adrián siguió avanzando, completamente indiferente a sus amenazas.
Valentina, que no dejaba de caminar hacia atrás, no se dio cuenta de que ya estaba justo al borde de la alberca. Perdió el equilibrio, trastabilló y cayó al agua.
—¡Ahhh!
¡SPLASH!
Adrián soltó una carcajada.
—Que disfrutes tu baño nocturno, Valentina.
Dentro del agua, Valentina parecía luchar con desesperación. Sus brazos se agitaban frenéticamente hacia la superficie, como si le costara un esfuerzo enorme mantenerse a flote.
Adrián ya se dirigía hacia la mansión cuando se detuvo en seco al notar que Valentina seguía sin salir de la alberca.
¿Sería posible que esa chica no supiera nadar?