Valeria Salcedo se fue de México sin explicar la verdad: estaba enferma, sola y convencida de que dejar a Alejandro Alcázar era la única forma de no arruinarle la vida.
Tres años después, vuelve decidida a empezar de cero con su papá y un nuevo trabajo. Pero el primer proyecto que recibe la pone frente a Camila Rivas, la nueva novia de Alejandro. Una mujer dulce frente a todos, venenosa cuando nadie mira.
Alejandro ya no es el hombre que la amaba. Ahora la humilla, la duda, la acusa y protege a otra con la misma ternura que antes era solo para ella.
Valeria intenta mantenerse lejos, pero cada encuentro abre una herida vieja. Entre mentiras, escándalos, accidentes y nuevas oportunidades, tendrá que decidir si sigue atada al amor que la destruyó o si por fin se elige a sí misma.
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Capítulo 22
Capítulo 22
Al atardecer me dolió el estómago.
Fue un dolor torcido, profundo, de esos que suben hasta la frente. Entonces recordé que llevaba todo el día sin comer.
Llamé a la enfermera.
—La cafetería todavía tiene comida, pero tiene que bajar usted —me dijo.
Me puse una sudadera sobre la bata, tomé mi bolso y caminé apoyada en la pared. Cada paso me recordaba los golpes.
La cafetería estaba casi vacía.
Pedí caldo de pollo, arroz blanco y verduras cocidas. Nada me sabía a nada, pero después de unas cucharadas el estómago dejó de arder.
Estaba por levantarme cuando apareció Camila.
Traía un canasto de fruta como si fuera visita de novela.
—Súper triste lo que te pasó, Valeria. Vine a verte.
Me quedé helada.
—¿Alejandro te dijo dónde estaba?
Camila sonrió.
—Alejandro nunca me oculta nada.
La rabia me subió a la garganta.
—Ya viste el espectáculo. Vete.
—Ay, no vine solo a verte. También te hice un favor.
Me miró con una dulzura falsa.
—Vargas te atacó. Yo contacté a varios medios para que lo expongan. Vas a tener justicia.
Me levanté de golpe.
—Maldita.
Intenté abofetearla, pero me agarró la muñeca.
Sus ojos perdieron la máscara.
—Te advertí que te alejaras de Alejandro. Fuiste a buscarlo al Grupo Alcázar. Creíste que después de esconderte aquí todo iba a terminar en silencio. No. Quiero que todos sepan lo que te pasó. Quiero ver quién te acepta después.
Me soltó.
—Come fruta. La vas a necesitar.
Se fue con sus tacones golpeando el piso.
Me quedé de pie, temblando.
No podía perder tiempo en odiarla.
Si la noticia salía, la historia iba a deformarse. Mi cara golpeada, mi nombre, mi padre, Emiliano, Alejandro, todo se iba a volver alimento para gente sin escrúpulos.
Saqué el celular para llamar a Emiliano.
Antes de marcar, vi a varias personas entrar a la cafetería.
Cámaras.
Micrófonos.
Celulares levantados.
—Señorita Salcedo, somos de Prensa Abierta. Queremos ayudarla.
Uno me puso la cámara casi en la cara.
—No me graben.
—La sociedad debe conocer la verdad. Vamos a denunciar a su agresor.
—No autoricé nada.
—No sea malagradecida. Esto es por su bien.
Entendí que no eran periodistas. Eran buitres pagados por Camila.
—Si publican una sola foto, los denuncio.
El hombre de la cámara se rió.
—Señorita, no está en posición de amenazar.
Me siguió grabando.
Le arrebaté la cámara y la tiré al suelo.
El aparato se rompió.
El hombre me empujó.
—¡Me la vas a pagar!
Seguridad llegó justo a tiempo. Los sacaron entre gritos y amenazas.
El guardia me preguntó si necesitaba ayuda.
Negué con la cabeza.
Cuando me quedé sola, revisé el celular.
Había un mensaje de Emiliano:
“Hoy quería verte para enseñarte una entrevista. Salgo en el canal financiero. Cuando puedas, mírala.”
Abrí la aplicación.
Emiliano aparecía en pantalla con traje oscuro. Habló de Grupo Fuentes, de economía, de inversión. Al final, la conductora le preguntó por su vida personal.
Él sonrió apenas.
Dijo que ya tenía una persona con quien quería caminar la vida y que pronto se comprometería.
Cerré el video.
No supe cómo llamarlo para decirle que mi vida estaba ardiendo.
Entonces pensé en mi papá.
Si los medios llegaban a él antes que yo, podía destruirlo.
Salí del hospital y tomé un taxi a casa.
Apenas llegué a la puerta, escuché voces adentro.
Entré corriendo.
Los mismos reporteros estaban en mi sala.
Mi papá estaba sentado en el sillón, pálido, con las manos temblando. El hombre de la cámara rota le describía mi estado con morbo, exagerando cada detalle.
—Papá, no les creas. Estoy bien. No pasó lo peor. Solo fueron golpes.
Mi papá levantó la cabeza.
Al verme la cara, se le llenaron los ojos de lágrimas.
Se acercó y me tocó con cuidado.
—Valeria, no tengas miedo. Tu papá va a buscar justicia.
—Papá, primero siéntate.
Me giré hacia ellos.
—Lárguense de mi casa.
El hombre sonrió.
—Mañana todo México va a saber tu historia. Deberías agradecernos.
La sangre me hirvió.
Agarré una silla y se la aventé.
Él esquivó. La silla pegó contra un florero y lo hizo pedazos.
Tomé otra.
Mi papá me sujetó por detrás.
—Valeria, no.
—¡Suéltame!
Lo empujé sin pensar.
Oí un golpe seco.
Me giré.
Mi papá estaba en el piso.
Temblaba. Tenía la cara roja, sudor en la frente, la boca abierta intentando respirar. Levantó una mano como si quisiera decirme algo, pero no pudo.
—¡Papá!
Los reporteros salieron corriendo.
Me arrodillé a su lado. Le aflojé el cuello de la camisa, le levanté un poco las piernas y llamé a emergencias.
Después llamé a Santiago.
Mi voz salió rota.
—Santiago, por favor. Mi papá se está muriendo.
...
Cuando Santiago llegó al hospital, yo estaba en una esquina afuera de urgencias.
Al verlo, todo lo que había estado conteniendo se rompió.
Él me abrazó.
—Ya llamé a los mejores cardiólogos. Don Ernesto va a salir de esta.
Lloré contra su pecho sin poder hablar.
a y como midiera emiliano que como hombre acepta este tipo de cosas y aun asi sigue detrás de ella
esta esceitora pone a la mujer peor que una botella vacía de agua en l alcalde pateada hasta por el perro callejero