«—¿De verdad crees que un hombre como yo jugaría con su propio apellido por una simple actuación? Esto dejó de ser un contrato hace mucho tiempo, Dayana.»
Traicionada por su prometido y despojada de su herencia por su propia familia, Dayana Logan pensó que lo había perdido todo en la noche más fría de su vida. Pero el destino le tenía preparada una carta salvaje: Nolan Cross, el "Emperador de Hielo", el CEO más despiadado e implacable del mundo de los negocios, le ofrece un trato que no puede rechazar. Un matrimonio falso de conveniencia mutua.
Para el mundo, ella es la reina protegida por el escudo de acero de la dinastía Cross; para él, solo un peón en su tablero corporativo. Sin embargo, cuando los secretos familiares explotan en la prensa y una mentira desesperada los obliga a anunciar un heredero falso, las líneas del contrato comienzan a borrarse bajo el fuego de una posesividad salvaje y peligrosa.
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Capítulo 10: Veneno familiar
En la suntuosa residencia de la familia Logan, el ambiente era denso, casi asfixiante. Los lujosos muebles de diseño clásico y los retratos familiares colgados en las paredes de la biblioteca parecían testigos mudos de una desgracia. Arturo Logan, el padre de Dayana, permanecía sentado en su sillón de cuero, con el rostro demacrado y una mano temblorosa apoyada en su bastón. Su salud, ya de por sí delicada, había flaqueado tras el colapso público en la catedral y la estrepitosa caída de las acciones de su empresa.
A su lado, Vanessa caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado. Sus ojos, usualmente brillantes con una falsa inocencia, destilaban un odio puro y concentrado. Llevaba en la mano su tableta, mostrando por vigésima vez el video que se había vuelto viral: Nolan Cross protegiendo a Dayana en plena calle, declarándola su esposa ante todo el país.
Los celos la estaban devorando viva. Se suponía que Dayana debía estar hundida en la miseria, despojada de su herencia y humillada. En cambio, su insípida hermanastra ahora vestía ropa que costaba una fortuna, habitaba la mansión más resguardada del país y tenía al hombre más poderoso de la élite de rodillas ante ella. Mientras tanto, Richard —el trofeo que Vanessa tanto se había esmerado en robarle— ahora era un paria financiero, un hombre que dependía de los abogados para no terminar en prisión.
—Papá, ¿de verdad vas a quedarte de brazos cruzados viendo cómo esa hipócrita nos destruye? —sollozó Vanessa, forzando un par de lágrimas perfectas que rodaron por sus mejillas— Mira lo que le hizo a Richard. ¡Y todo para quedarse con el control total! Dayana planeó esto desde el principio. Nos tendió una trampa.
Arturo Logan soltó un pesado suspiro, su frente arrugándose por la frustración.
—Dayana firmó un acuerdo con Cross, Vanessa. Las acciones de su madre legalmente ya no están bajo mi control. No hay nada que los abogados puedan hacer contra Cross Enterprises. Es un suicidio legal.
—¿Y tú de verdad te crees ese cuento de hadas? —Vanessa se detuvo en seco frente a su padre, inclinándose y bajando la voz con una malicia quirúrgica— ¿Nolan Cross, el hombre más gélido y calculador de los negocios, enamorándose de la noche a la mañana de Dayana? Por favor, papá. Todo el mundo en la alta sociedad sabe que Cross no tiene corazón. Esto no es un matrimonio real; es una farsa mediática, una estrategia corporativa para quedarse con nuestra empresa y limpiar la imagen de Dayana. Nos están utilizando.
Arturo levantó la vista, sus ojos cansados mostrando una chispa de sospecha. Su orgullo como patriarca y hombre de negocios se resistía a aceptar que una de sus hijas se hubiera aliado con su mayor rival comercial a sus espaldas.
—¿Una farsa? —murmuró el anciano.
—¡Exacto! —insistió Vanessa, inyectando su veneno con precisión— Están fingiendo. Si la prensa descubre que el matrimonio del gran Nolan Cross es un fraude legal por conveniencia, las acciones de Cross caerán y Dayana se quedará sin su escudo de acero. Pero para demostrarlo, tenemos que acorralarlos. Oblígalos a venir aquí, a una cena familiar. Si se niegan, sabremos que es falso. Y si vienen... Richard y yo nos encargaremos de hacerlos caer las máscaras frente a frente. No podrán sostener la mentira bajo nuestro techo.
Arturo guardó silencio durante unos largos segundos. El veneno de Vanessa había hecho efecto, activando el autoritarismo del viejo empresario. Asintió lentamente, tomando su teléfono móvil con mano firme.
Mientras tanto, en el ala este de la Mansión Cross, el ambiente era el opuesto. El silencio y el orden reinaban absolutos. Dayana se encontraba en su estudio privado, revisando los informes financieros de la fundación benéfica de su madre, un proyecto que Richard había intentado clausurar y que ella ahora planeaba revivir con el respaldo financiero de su nuevo apellido.
Había pasado la última hora intentando asimilar el contacto físico de Nolan en la calle. Todavía podía sentir la calidez de su mano firme rodeando su cintura, la rigidez de su pecho contra su espalda y la absoluta seguridad que le había transmitido. Aunque sabía perfectamente que todo había sido una magnífica actuación para las cámaras de televisión, su cuerpo no parecía entender de contratos comerciales; su pulso aún se aceleraba al recordarlo.
De repente, la pantalla de su teléfono móvil se iluminó, rompiendo la quietitud del estudio.
Dayana se tensó al ver el nombre en el identificador de llamadas. No era Richard, ni Vanessa. Era un número que solía inspirarle un profundo respeto, pero que ahora solo le provocaba una gélida distancia.
Padre.
Dejó los documentos sobre el escritorio de cristal y, tras respirar hondo para estabilizar su voz, deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el dispositivo al oído.
—¿Hola? —dijo ella, con un tono neutro y formal.
—Dayana —la voz de Arturo Logan resonó al otro lado de la línea, desprovista de cualquier calidez paterna. Era la voz del hombre de negocios, exigente e implacable— Veo que finalmente te dignas a responder. Espero que estés disfrutando de los lujos de tu nueva vida como la señora Cross.
—Si llamas para reclamarme por las acciones, padre, sabes perfectamente que la decisión ya está tomada y es irrevocable. Mis abogados...
—No te llamo para hablar con tus abogados —la interrumpió Arturo con dureza— Te llamo como tu padre. Este fin de semana reprogramamos la cena oficial de compromiso entre Richard y Vanessa para limpiar el nombre de la familia tras el escándalo que provocaste. Y como miembro de esta familia, es tu obligación asistir.
Dayana soltó una risa seca, incrédula ante el descaro de la petición.
—¿Quieres que asista a la cena de compromiso del hombre que me estaba traicionando con mi propia hermanastra en mi propia casa? ¿Te has vuelto loco, padre?
—No irás sola, Dayana —sentenció Arturo, su tono volviéndose peligrosamente autoritario y dictando las condiciones sin dejar espacio a la réplica— Si tu matrimonio con el gran Nolan Cross es tan real, sólido y devoto como le presumieron a los medios de comunicación ayer por la tarde, no tendrás ningún inconveniente en presentarte del brazo de tu esposo. Los espero este sábado a las ocho de la noche en la residencia familiar. Si no asisten, asumiré que todo es una farsa y usaré hasta el último centavo de mi capital para impugnar legalmente el traspaso de tus acciones. Nos vemos el sábado, Dayana.
El pitido sordo de la llamada finalizada resonó en el silencioso estudio.
Dayana apartó el teléfono de su oreja lentamente, con la respiración entrecortada y el rostro pálido. La trampa familiar estaba tendida. Sabía que Nolan detestaba los eventos privados y que jamás se rebajaría a cenar con personas que consideraba insignificantes. Sin embargo, si no asistían, su padre cumpliría su amenaza y desataría una guerra legal que afectaría el acuerdo comercial con Cross Enterprises.
Estaba acorralada, y la única forma de salir de esa emboscada era convencer al Emperador de Hielo de entrar voluntariamente en la guarida de los lobos.
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