Ella puede morir en cualquier momento, pero la presencia del Alfa se convierte en su única ancla para sobrevivir. Kael ha encontrado a su Luna, y destruirá a quien sea necesario con tal de mantener latiendo el corazón de la mujer que ama.
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Capítulo 17
El ambiente en el antequirófano se volvió gélido. Kael mantenía a Camila pegada a su pecho, apretándola con la fuerza justa para que la energía del lazo fluyera de manera constante a través de su piel. El pulso de ella, agitado y errático por la descarga de adrenalina y la devastadora noticia, comenzó a estabilizarse bajo el influjo dominante del Alfa.
—Respira, Camila —le ordenó él al oído, con un murmullo grave que resonó en los huesos de la cirujana—. Mírame. No voy a dejar que te apagues.
Camila alzó los ojos, encontrando en la mirada de Kael un mar de sombras doradas que amenazaban con desatarse.
—Era la única oportunidad en meses, Kael... —murmuró ella, con la voz quebrada por la impotencia profesional y personal—. Un corazón perfectamente compatible no aparece dos veces.
—Aparecerá otro, o moveré el mundo entero para conseguirlo —sentenció Kael. Se giró hacia el equipo de seguridad que ya rodeaba el área—. Bruno, quiero los registros de las consolas de control térmico de los últimos treinta minutos. Y a cada empleado que haya estado a menos de cincuenta metros de la red de acople, me lo pones en la sala de juntas. Ahora.
En los pasillos inferiores, el pánico comenzaba a cundir. El doctor Mauricio Rivas, creyendo que el caos en el quirófano le daría el margen perfecto para escapar, caminaba a paso apresurado hacia la salida de emergencia del nivel -1. Llevaba su maletín personal y el teléfono prepago oculto en la bata.
Sin embargo, al empujar la puerta metálica hacia el estacionamiento, dos hombres de traje oscuro y complexión imponente le cerraron el paso de inmediato.
—Doctor Rivas —dijo uno de los escoltas de Kael con voz glacial—. El señor Kael requiere su presencia en la sala de auditoría.
—¿De qué me están hablando? Tengo una emergencia familiar, necesito salir —protestó Rivas, intentando dar un paso atrás, pero el segundo hombre le bloqueó la retirada por completo, tomándolo del brazo con una presión de acero.
—Nadie sale del edificio. Órdenes directas.
Minutos después, Rivas fue arrojado al centro de la sala de reuniones principal del hospital. La puerta se cerró de golpe tras él. En la cabecera de la mesa, Kael permanecía de pie, de espaldas a la entrada, observando los monitores donde la red de inteligencia de la manada ya proyectaba el rastro digital de los comandos enviados a la consola del sistema de refrigeración.
Camila estaba sentada a su lado, con la bata quirúrgica aún puesta y el rostro pálido, pero con la mirada fría de una médica que acababa de entender la magnitud del crimen.
—Señor Kael... doctora Valenzuela, esto es un atropello —comenzó a sudar Rivas, acomodándose los anteojos con manos temblorosas—. Hubo una falla en el software del hospital, una desgracia técnica...
Kael se giró despacio. La aura de dominación del Alfa llenó cada rincón de la habitación, haciendo que el aire se sintiera denso, casi imposible de respirar para el médico humano.
—Una falla técnica no borra las credenciales de acceso maestro, Rivas —dijo Kael, avanzando con pasos lentos y predadores hacia él—. Tampoco envía un comando manual de sobrecarga térmica exactamente tres minutos antes de la llegada del contenedor.
Kael se detuvo frente a él y, sin dar tiempo a que el hombre reaccionara, le arrebató el maletín de un tirón y extrajo el teléfono prepago del bolsillo de su bata.
—Y un médico ético no recibe tres llamadas consecutivas de un número privado registrado a nombre de Victoria Valenzuela justo antes de sabotear un órgano vital —añadió Kael con una sonrisa despiadada.
Rivas se cayó de rodillas, temblando descontroladamente ante la sola presencia del Alfa.
—¡Fue ella! ¡Ella me obligó! —chilló el médico, completamente quebrado por el terror—. ¡Me prometió dinero para salir del país! Dijo que si Camila moría en el quirófano, nadie sospecharía... ¡Por favor, no me haga nada!
Camila se levantó lentamente de la silla. La conmoción en su rostro se transformó en una indignación pura y cortante. Miró al hombre que había sido su colega durante años con un absoluto desprecio.
—Trataste de matar a una paciente alterando un suministro médico, Mauricio —dijo Camila, con una firmeza que hizo que Kael la mirara con renovada admiración—. Firmaste tu propia sentencia.
Kael inclinó la cabeza hacia Bruno, quien esperaba junto a la puerta.
—Entrégalo a las autoridades federales junto con las pruebas digitales y las grabaciones. Asegúrate de que los cargos incluyan tentativa de homicidio calificado —ordenó Kael, y luego su voz se volvió aún más oscura—. Y localicen a Victoria. No quiero que pase de esta noche sin responder por esto.
—Espera, Kael... Ahora no —dijo Camila, interponiéndose entre el Alfa y la salida mientras intentaba mantener la voz serena—. Será muy fácil para ella ser atrapada, no hay pruebas y ni siquiera tocará un juicio porque mi padre hará de todo por sacarla.
Kael se detuvo en seco, con la mirada encendida en tonos dorados por la rabia contenida. Los músculos de su espalda y mandíbula estaban completamente tensos.
—¿Y qué me sugieres? ¿Que la deje como si nada, cuando está claro que esa mujer no te quiere viva? —dijo el Alfa, notoriamente furioso, haciendo retumbar su voz en las paredes de la habitación.
El volumen y la violencia de la energía de Kael impactaron de lleno en el pecho de Camila. Al estar conectados por el lazo, la ira del Alfa se sintió como una presión física sobre su vulnerable corazón.
—¿Puedes calmarte? Estoy sintiendo tu mala energía en mi pecho y eso me molesta —dijo Camila, llevándose una mano a la barbilla y arrugando el ceño con clara incomodidad.
Al escucharla y notar la mueca de dolor en el rostro de su compañera, la furia de Kael se apagó en un instante. El Alfa cerró los ojos, exhaló profundamente y dio un paso atrás para replegar la abrumadora presencia de su lobo.
—Lo siento —dijo Kael, con un tono bajo y arrepentido, buscando inmediatamente la mirada de la cirujana.
Camila respiró con mayor facilidad a medida que la tensión en su pecho disminuía. Miró a Kael con firmeza, retomando la compostura de una médica que piensa estratégicamente cada jugada.
—Si encontramos algo contra ella más adelante lo usamos, pero así no, es muy simple —concluyó Camila, cruzándose de brazos—. Rivas caerá por el sabotaje al hospital, pero a Victoria hay que destruirla bien, sin dejarle un solo cabo suelto al que mi padre pueda agarrarse para salvarla.