Valentina Montenegro tenía una vida perfecta en París, hasta que una noche se dejó llevar por un desconocido que le robó el corazón… y desapareció a la mañana siguiente.
Meses después, tras sobrevivir a un atentado, su padre la obliga a regresar al país y le asigna un escolta.
Gael Santoro.
El hombre que Valentina reconoce como aquel desconocido de París.
Solo hay un problema:
Gael nunca estuvo en París.
Ahora, escondida en una finca que guarda más secretos de los que imagina, Valentina tendrá que convivir con el hombre que asegura no conocerla.
Pero mientras intenta descubrir quién le mintió aquella noche, podría terminar enamorándose del hombre equivocado… otra vez.
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Capitulo 7
Gael
Había sido un día horriblemente largo.
Y todavía no terminaba.
Valentina llevaba horas hablando con su madre. Después de todo lo que había ocurrido, entendía que necesitara estar con ella, pero mi paciencia tenía un límite y comenzaba a acercarme peligrosamente a él.
Me encontraba afuera del lugar donde nos habíamos refugiado cuando Alfredo, el secretario de Augusto, se acercó y me extendió un cigarrillo.
—¿Quieres?
Lo miré.
—No me gusta fumar.
—Hoy parece un buen día para empezar.
Tomé el cigarrillo.
No acostumbraba hacerlo, pero estaba demasiado estresado.
Lo encendí y di una calada.
El humo me quemó la garganta.
—Esto sigue sabiendo horrible.
Alfredo soltó una carcajada.
—Entonces, ¿por qué lo fumas?
—Porque hoy necesito algo que sea igual de desagradable que mi día.
—Justo.
Miré hacia el estacionamiento.
—¿Han avanzado en algo?
Alfredo negó con la cabeza.
—Nada.
—¿Nada?
—No dejan pistas que podamos seguir.
Solté el humo lentamente.
Eso era lo que más me molestaba.
Alguien había preparado aquella persecución.
No había sido improvisada.
Los vehículos habían aparecido en el momento exacto.
Conocían nuestros movimientos.
Sabían dónde estábamos.
Y, sobre todo, sabían quién era Valentina.
Augusto salió unos minutos después.
—Gael.
—Señor Montenegro.
Se quedó mirando el cigarrillo que tenía entre los dedos.
—¿Desde cuándo fumas?
—Desde hoy.
Sonrió.
—Eso es culpa mía.
—Probablemente.
Se acercó y me dio una palmada en el hombro.
—Mira el lado positivo.
Lo miré.
—¿Cuál?
—Con todo esto pagarás la deuda.
Solté una pequeña risa.
—¿Tú crees?
—Yo creo.
Su respuesta fue demasiado rápida.
Lo miré con atención.
—No suenas muy confiado en esa respuesta.
Augusto sonrió.
—Eres bueno, Gael Santoro.
—Gracias, supongo.
Di otra calada antes de apagar el cigarrillo contra el suelo.
Había algo en sus palabras que no me gustaba.
La deuda.
Mi hermano.
Todo estaba relacionado.
Y aunque sabía perfectamente por qué había terminado trabajando para Augusto, todavía había demasiadas cosas que no conocía.
Antes de que pudiera preguntarle algo, Valentina salió.
Augusto cambió inmediatamente.
La expresión seria desapareció de su rostro y abrió los brazos.
—Mi princesa.
Valentina corrió hacia él.
—Papá.
Los tres terminaron abrazados.
La escena parecía sacada de una fotografía familiar.
Una familia feliz.
Una familia perfecta.
Pero yo sabía que las apariencias podían engañar.
Me alejé unos pasos.
Mi teléfono vibró.
Era Thiago.
Ya tengo lo que pediste para la finca. Lo dejan mañana. Ya hablé con Martha para que los deje pasar. Yo llego a las once para coordinar todo. Me alegra saber que estás bien y que no te pasó nada grave en el atentado.
Respondí:
Gracias. Nos vemos mañana.
Justo cuando iba a guardar el teléfono, Augusto me llamó.
—Gael.
Guardé el móvil.
—¿Sí?
—Quiero agradecerte.
—No tiene que hacerlo.
—Sí tengo.
Asentí.
—Solo hice mi trabajo.
—Precisamente por eso confío en ti.
No respondí.
Me metí un chicle a la boca para quitarme el sabor del cigarrillo.
Augusto continuó:
—Mañana Valentina tiene un evento importante.
Miré a Valentina.
—¿Qué clase de evento?
—Uno relacionado con su carrera.
—Entonces tendrá que cancelarlo.
Valentina inmediatamente intervino.
—¡No!
Augusto levantó una mano.
—No va a cancelarlo.
La miré.
—¿Entonces?
—Tú vas con ella.
Miré mi ropa.
—¿Así?
Augusto soltó una carcajada.
—No. En traje.
—Bien.
—Y quiero que estés pendiente de ella todo el tiempo.
—Entendido.
Augusto sacó unas llaves de su bolsillo.
—Llévala al apartamento del centro.
Me las entregó.
—¿Este apartamento?
—Sí.
Después sacó otras llaves.
—Y esta es una nueva camioneta.
Las tomé.
—¿Y la otra?
—La recogerán donde la dejaste.
—Gracias.
—No quiero que vuelvas a utilizarla.
Asentí.
No era necesario que explicara por qué.
Los agujeros en los vidrios eran suficiente explicación.
---
Valentina se despidió de sus padres.
Después salió detrás de mí.
—¡Gael!
Seguí caminando.
—¡Espera!
Llegó hasta la camioneta y subió al asiento del copiloto.
—Tu chaqueta.
Me la entregó.
La tomé y la lancé al asiento trasero.
—Gracias.
Ella se quedó en silencio unos segundos.
—También quería decirte gracias.
Encendí el motor.
—¿Por qué?
—Por protegerme.
La miré brevemente.
—Es mi trabajo.
Su expresión cambió.
—Siempre dices eso.
—Porque es verdad.
—Podrías aceptar un agradecimiento sin hacerlo parecer una obligación.
—Gracias.
Ella sonrió.
—De nada.
Negué con la cabeza y emprendí el camino.
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Llegamos al apartamento del centro.
Era uno de los lugares seguros que manejaba Augusto.
No estaba mal.
De hecho, era bastante cómodo.
Pero tenía algunas fallas de seguridad que no me gustaban.
Revisé las cerraduras.
Las ventanas.
Los accesos.
El sistema de seguridad.
No era perfecto.
—¿Qué haces? —preguntó Valentina.
—Revisando.
—¿Todo está bien?
—Podría estar mejor.
Ella suspiró.
—Eso me tranquiliza muchísimo.
La ignoré.
Abrí una puerta.
—Duerme aquí.
Valentina entró.
—¿Esta habitación?
—Sí.
—¿No es la tuya?
—No importa.
—Pero...
—Es la más alejada de la entrada y la más segura en caso de que alguien llegue.
Ella me observó.
—Está bien.
Por una vez no discutió.
Después de unos minutos salió del baño con el cabello húmedo.
Llevaba ropa cómoda.
Me miró.
—Gael.
—¿Qué?
Señaló mi rostro.
—Déjame limpiarte las heridas.
—No es necesario.
—Tienes cortes.
—Son superficiales.
—Solo quiero ayudarte.
—Estoy bien.
Ella cruzó los brazos.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Como si aceptar ayuda fuera una ofensa personal.
La miré.
Por alguna razón, casi sonreí.
—Descansa.
—¿Seguro?
—Sí.
—Bueno.
Se dio la vuelta.
—Gracias.
—Buenas noches.
Entró a la habitación.
Cerró la puerta.
Me quedé mirando durante unos segundos.
Había algo extraño en ella.
Seguía siendo una mujer consentida, impulsiva y demasiado acostumbrada a tener lo que quería.
Pero también había demostrado valor.
Y aquella noche, cuando comenzaron los disparos, había confiado en mí.
No sabía por qué aquello me importaba.
Sacudí la cabeza.
No tenía tiempo para pensar en eso.
Mi teléfono vibró.
Thiago.
Contesté.
—¿Qué tienes?
—¿Viste lo que te envié?
Abrí la fotografía.
Era una captura de las cámaras de seguridad.
—Sí.
—Mira el vehículo.
Amplié la imagen.
—¿Quién conduce?
—No lo sabemos.
—¿Alguna identificación?
—Nada.
—¿Placas?
—Falsas.
Me quedé en silencio.
—Pero encontré algo.
—Habla.
Thiago tardó unos segundos en responder.
—Hay algo más.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—El conductor de uno de los vehículos. Lo vi de cerca cuando revisé las cámaras. Por el aspecto y el acento, podría ser ruso o ucraniano. No estoy seguro.
—¿Y los vehículos?
—Desaparecieron entre la Séptima y la Octava.
Me quedé en silencio.
—¿Desaparecieron?
—Sí. Y eso es lo raro.
—¿Por qué?
—Porque revisé los registros de esa zona. No es la primera vez que sucede. Hace unos días, otro vehículo sospechoso también desapareció exactamente en ese sector.
Me pasé una mano por el rostro.
—¿Crees que nos están siguiendo desde antes?
—Creo que alguien sabe moverse muy bien por la ciudad.
Miré hacia la ventana del apartamento.
Abajo, las luces de los autos se desplazaban como pequeñas líneas brillantes entre los edificios.
—Sigue investigando —le dije.
—Eso pensaba hacer.
—Y Thiago...
—¿Sí?
—No le cuentes a nadie lo que encuentres. A nadie.
Hubo un breve silencio al otro lado.
—¿Ni siquiera a Augusto?
No respondí inmediatamente.
La pregunta me incomodó más de lo que debería.
Augusto era quien me había contratado. El hombre que había pagado la deuda de Thiago y que, en teoría, solo quería proteger a su hija. Hasta ese momento, no tenía ninguna razón concreta para desconfiar de él.
Ninguna.
Pero había algo en toda aquella situación que no terminaba de convencerme.
Las amenazas.
La precisión con la que habían encontrado a Valentina en París.
El ataque de aquella tarde.
Y ahora esto.
Demasiadas coincidencias.
—Por ahora, solo haz tu trabajo —respondí finalmente—. Si encuentras algo importante, me llamas directamente.
—Entendido.
Colgué.
Me quedé unos segundos con el teléfono en la mano.
No sabía quién estaba detrás de todo aquello.
Tampoco sabía qué querían realmente de Valentina.
Pero estaba seguro de una cosa.
Alguien estaba moviendo las piezas desde algún lugar.
Y yo todavía no había descubierto quién.
A la mañana siguiente tendría que acompañar a Valentina a uno de los eventos más importantes de su carrera.