Lía Castillo solo quería convertirse en una estrella.
Como vocalista de Lumina Hearts, su grupo de idols empieza a conquistar seguidores y cumplir sus primeros sueños. Pero una noche de celebración, unas copas de más y un tropiezo cambian su vida para siempre.
Lía termina frente a un hombre demasiado atractivo para ser real. Sin saber quién es, lo llama guapo, lo besa y pasa la noche con él.
Al despertar, huye convencida de que todo quedó atrás.
Hasta que Dante Varela aparece.
Él es el líder de la familia criminal más poderosa y temida de la región. Y no está dispuesto a olvidar a la mujer que se atrevió a besarlo sin miedo.
Cuando Dante amenaza con destruir la carrera de Lumina Hearts, Lía se ve obligada a elegir entre su sueño y convertirse en la amante del mafioso.
Pero Dante pronto descubrirá que retenerla será mucho más fácil que hacerla enamorarse de él.
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La noche que todo se rompió
El pulso de la fiesta latía al ritmo de la música electrónica, una vibración constante que subía por las suelas de los zapatos y se instalaba en el pecho. El local, de paredes neón y luces que cambiaban de color cada pocos segundos, estaba lleno de gente importante: productores, representantes, cantantes consagrados. Y nosotras, Lumina Hearts, estábamos allí. Nosotras. Tres chicas que apenas seis meses antes ensayábamos en un garaje con un espejo roto y un altavoz prestado, y ahora… ahora estábamos en la fiesta de la industria más esperada del año, celebrando que nos habían dado un puesto en el festival de verano.
—¡Por nosotras! —gritó Mila, levantando su vaso con los ojos brillantes de emoción y un poco de alcohol—. ¡Porque pronto vamos a llenar estadios!
—¡Por nosotras! —respondimos Luna y yo al unísono, chocando nuestros vasos.
El líquido dulce y frío bajó por mi garganta, y con él, toda la tensión acumulada de meses de ensayos, de rechazos, de dudas, se disolvió. Me sentía invencible. Feliz. Como si el mundo entero fuera brillante y suave, y no existiera nada malo en él. La gente me sonreía, la música era perfecta, y cada vez que alguien me felicitaba, me sentía más grande, más real, más… viva.
Bebí otro vaso. Y luego otro. No era mi intención emborracharme, de verdad. Pero la alegría era tan grande que necesitaba que algo me ayudara a seguirle el ritmo. Mi cabeza empezó a sentirse ligera, como si flotara, y todo lo que veía tenía un brillo especial, como si alguien hubiera puesto un filtro de sueños sobre la realidad.
—Voy al baño —les dije, aunque no estaba segura de si me escucharon por encima del ruido.
Me abrí paso entre la multitud, esquivando personas que bailaban y reían, hasta llegar a un pasillo lateral mucho más silencioso y tenue. Las luces aquí eran más bajas, de un tono ámbar cálido, y la música se oía de fondo, apagada, como un latido lejano. Caminé despacio, disfrutando del silencio, de la calma que contrastaba con el caos de la sala principal. El pasillo era largo, con puertas de madera oscura a los lados, y al fondo, vi una zona de descanso con sofás de cuero negro y una alfombra gruesa de terciopelo.
No vi el borde.
Mis zapatos resbalaron sobre el terciopelo, el equilibrio se me fue de golpe, y antes de que pudiera reaccionar, caí hacia adelante, las manos extendidas, chocando contra algo duro, firme y cálido.
—¡Auch… —murmuré, aturdida, apoyando las palmas sobre un pecho sólido que se movía con una respiración lenta y tranquila.
Me tomé un momento para recomponerme, frotándome la frente donde un mechón de mi cabello se había enredado, y entonces levanté la vista.
El mundo se detuvo.
Estaba recostado en el sofá más grande y apartado, con una pierna cruzada sobre la otra, un vaso en una mano y la mirada fija en mí. Era… no tenía palabras. Nunca en mi vida había visto a alguien así. Tenía el cabello negro, corto y ligeramente despeinado, como si se hubiera pasado las manos por él varias veces. Su piel era pálida, lo que hacía que sus rasgos se vieran aún más marcados: una mandíbula fuerte, pómulos altos, labios de un rojo natural que contrastaba con todo lo demás. Pero fueron sus ojos lo que me dejó sin aliento. Eran oscuros, tan oscuros que no se distinguía dónde terminaba la pupila y dónde empezaba el iris, y en ellos había algo que me heló la sangre en el instante en que lo vi. Una frialdad absoluta. Una autoridad que no necesitaba palabras para imponerse. Una advertencia silenciosa que gritaba huye. Vete mientras puedas.
Y lo peor de todo… era la mirada más hermosa que había visto jamás.
Alrededor de él, el pasillo estaba vacío. La gente que pasaba por la entrada bajaba la voz, desviaba la mirada y aceleraba el paso, como si su presencia misma fuera un campo de fuerza que nadie se atrevía a cruzar. Nadie se acercaba. Nadie respiraba demasiado fuerte. Era como si estuviera solo en su propia isla, separado del resto del mundo por un abismo que nadie se atrevía a saltar.
Y yo, con la cabeza llena de neblina de alcohol y el corazón demasiado grande para mi cuerpo, no sentí miedo. No en ese momento. Solo vi belleza. Vi intensidad. Vi algo que me llamaba sin saber por qué.
Me puse de pie despacio, sin apartar la vista de él, y una sonrisa tonta y valiente se formó en mis labios.
—¡Qué guapo eres! —dije en voz alta, clara y segura, como si estuviera diciendo lo obvio.
Él parpadeó. Por primera vez, vi una reacción. Una sorpresa leve, casi imperceptible, que cruzó su rostro antes de que recuperara esa expresión impasible y fría. Se inclinó un poco hacia adelante, dejando el vaso sobre la mesa auxiliar con un golpe seco y preciso, y su voz llegó a mí, grave, profunda, tan aterciopelada como peligrosa.
—¿Qué has dicho?
En lugar de retroceder. En lugar de disculparme y correr. Me acerqué.
Me arrodillé sobre la alfombra, sintiendo el terciopelo suave bajo mis rodillas, y avancé. Gateando. Despacio, torpe, el mundo dándome vueltas a mi alrededor, sin saber que estaba caminando directo hacia mi propia perdición. Me detuve a su altura, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, tan cerca que podía olerlo: una mezcla de madera oscura, café recién hecho y una fragancia masculina, intensa, que se me quedó grabada en la memoria para siempre.
Levanté la cabeza, lo miré directamente a esos ojos negros que parecían devorarme, y repetí, con una sinceridad absoluta y una valentía que no me pertenecía:
—Que eres el hombre más guapo que he visto en mi vida… y dame un beso.
Y sin esperar permiso. Sin pensar en las consecuencias. Sin saber quién era ni qué clase de monstruo tenía delante, me incliné y lo besé.
Fue un instante de locura pura y absoluta. Mis labios rozaron los suyos suavemente, casi con timidez, y por un segundo nada pasó. Él no se movió. No me apartó. No dijo nada. Y entonces, sus manos, grandes, fuertes y decididas, rodearon mi cintura y me atrajo hacia sí, respondiendo al beso con una intensidad que me quitó el aire.
El mundo desapareció. Las luces neón, la música, la fiesta, mis compañeras, mi carrera… todo se desvaneció hasta quedar reducido a él. Su sabor, su calor, la forma en que sus dedos se entrelazaron en mi cabello, la respiración entrecortada contra mi piel. No era un beso dulce ni tierno. Era posesivo. Hambriento. Como si llevara mucho tiempo sin comer y yo fuera su primer bocado. Y yo… yo me dejé llevar. Completamente. Sin resistencia. Sin preguntas.
No supe cuándo se levantó ni cuándo me tomó en brazos. No recuerdo cómo llegamos a la habitación privada al final del pasillo. Solo recuerdo la sensación de seguridad y peligro a la vez, la forma en que me miraba como si fuera algo precioso y frágil que estaba a punto de romper, y la última cosa que pensé antes de que todo se apagara fue: Esto es un error. El más hermoso de todos los errores.
Y luego, nada. Solo oscuridad, calor, y la certeza de que mi vida, tal como la conocía, había terminado sin que yo me diera cuenta.