Fama, dinero, miles de seguidores… Ian lo tiene todo. Y su mánager se asegura de que nada ni nadie arruine su carrera. Hasta que entra una nueva integrante al equipo: ella.
Dicen que es fría, que es profesional, que es incapaz de experimentar ninguna emoción. Para ella, maquillar a la celebridad más grande del momento es solo un trabajo más.
Pero Ian no está acostumbrado a ser invisible para nadie. Lo que empieza como curiosidad pronto se convierte en un reto: hará lo que sea para sacarle una sola reacción, aunque eso signifique poner en riesgo su propia estabilidad y descubrir que su mundo perfecto tiene mucho menos sentido que esa chica que no siente nada.
NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 23 MENSAJES,MIRADAS Y CAOS
Ya íbamos en camino. La camioneta avanzaba suave por la carretera, con el aire acondicionado manteniendo una temperatura agradable y el ruido del motor casi imperceptible. Íbamos en fila: delante un vehículo con los guardaespaldas, justo detrás nosotros, luego otro coche de apoyo y al final el que traía a todos los bailarines. Todo organizado, seguro y tranquilo… o al menos así parecía por fuera.
Yo iba sentada junto a Ian, y en los asientos delanteros iban Jovany y Adriana, hablando de los últimos detalles del evento. De pronto, sin hacer el menor ruido ni cambiar su expresión, sentí cómo deslizaba su mano derecha hasta posarla con suavidad sobre mi muslo. La tela de mi vestido blanco era delgada, así que sentí el calor de su piel al instante, caliente y firme, como si quisiera grabarse en mí.
Lo miré de reojo, con los ojos entrecerrados, fingiendo estar atenta a la ventana, pero él solo esbozó una sonrisa traviesa, sin dejar de mirar al frente. Poco a poco, con movimientos lentos y discretos, empezó a subir la mano, rozando con las yemas de los dedos hacia la parte interna del muslo, donde la piel es más sensible. Un escalofrío me recorrió la espalda, mezcla de enojo y una sensación extraña que me apretaba el estómago.
—¡Quita eso, idiota! —le susurré entre dientes, dándole un manotazo suave pero firme para apartar su mano.
Él soltó una risa bajita, sin ofenderse, y se llevó la mano de vuelta a su regazo, como si nada hubiera pasado. En ese momento, tomó su teléfono para revisarlo, y justo en mi pantalla apareció una notificación de un número desconocido que no tenía guardado.
Lo abrí con curiosidad, y al leerlo casi se me cae el aparato de las manos:
“Dime qué quieres que te haga… quiero estar dentro de ti”
Y justo debajo venía un sticker muy sugerente.
Sentí que me ardían las mejillas hasta las orejas, y miré a Ian con cara de pocos amigos.
—¡Idiota! —le dije en voz baja, pero con tono de indignación—. ¡Yo no hago esas cosas voy virgen!¡Eres un tan cochino! No me hables así, no te voy a contestar nada. ¡Soy tu empleada, tengo un contrato y unas reglas muy claras!
Él alzó las cejas con fingida sorpresa, agarró su propio teléfono, lo abrió y leyó el mensaje en voz alta, claro y fuerte, sin importarle que los de adelante escucharan:
—“Dime qué quieres que te haga… quiero estar dentro de ti” —repitió, y luego soltó una carcajada que retumbó en la camioneta—. ¿En serio te enojas así?
Jovany y Adriana se giraron al instante.
—¿Qué pasa? —preguntó Jovany, confundido.
Ian me miró, todavía riéndose, y respondió con naturalidad:
—Nada, Jovany. Es que hay mucha gente en este festival, y parece que ya empiezan a llegar mensajes de todo tipo.
Adriana negó con la cabeza, sonriendo:
—No es cualquier festival, Ian. Es uno de los más importantes del año, y tú eres el artista principal. Por eso te reservaron el horario más esperado. De hecho, te están esperando.
Luego se giró hacia mí y agregó con aprobación:
—Y hablando de lo que importa… te ves increíble. Melissa hizo un trabajo perfecto.
—Claro que sí —dije yo, sacando pecho con orgullo—. Soy genial en lo que hago, ¿no?
Ian no respondió con palabras; solo me envió otro mensaje en ese mismo instante. Lo revisé y decía simplemente:
“Pues si quedó bien, será que lo haremos aún más especial después”
Me quedé mirando la pantalla, fruncí el ceño y simplemente dejé el mensaje en visto, sin contestar nada. Él esperó unos segundos, y al ver que no respondía, se quejó en voz alta para que todos lo oyeran:
—¡Nunca en mi vida una mujer me había dejado en visto!
Me eché a reír con ganas, ya más relajada.
—Pues aprende algo nuevo hoy: es la primera vez, y te toca aguantarte.
Llegamos al recinto pocos minutos después. En cuanto abrieron la puerta de la camioneta, parecía el fin del mundo: cientos de personas se agolpaban detrás de las vallas, gritando a todo pulmón, agitando carteles con su nombre, lanzando flores, peluches y notas escritas a mano.
—¡IAN! ¡TE AMAMOS! —se escuchaba por todos lados.
La seguridad formó un muro humano alrededor de él para abrirle paso, pero él avanzaba con calma, saludando con la mano, con esa sonrisa que encandilaba a cualquiera. El ruido era ensordecedor, el aire olía a perfume, a sudor y a emoción desbordada, y la luz del sol empezaba a teñirse de tonos naranjas y rosados al atardecer.
Detrás del escenario todo era un caos organizado: corredores, cables por todos lados, luces que probaban una y otra vez, técnicos hablando por radios, cámaras grabando cada rincón para el documental que estaban haciendo. El ambiente era eléctrico, se respiraba tensión y emoción al mismo tiempo.
Llegamos a su camerino, una habitación amplia con espejos grandes, sillas cómodas y aire acondicionado que refrescaba el calor de afuera. Ian entró, se quitó la chamarra brillante y se sentó frente al espejo, con la espalda recta y la mirada concentrada, pero relajada. Se notaba que estaba en su elemento, en lo que mejor sabía hacer.
—Siéntate bien, que te voy a dar los últimos retoques —le dije, acercándome con mi maletín de trabajo.
Él me miró a través del espejo y sonrió, esa sonrisa que me ponía nerviosa y me atraía a la vez. Le devolví la sonrisa con naturalidad, sin dejar que se me notara lo que sentía por dentro.
Tomé un frasco de aceite corporal con un brillo muy sutil, que reflejaba la luz sin verse exagerado. Me acerqué de nuevo a él, y con las manos limpias y tibias, empecé a extenderlo despacio sobre su pecho, bajando poco a poco por sus abdominales marcados.
Sentía cómo su piel estaba caliente, firme y suave al tacto. Cada vez que deslizaba las manos, sus músculos se tensaban levemente bajo mis dedos, y podía sentir cómo su respiración se hacía un poco más profunda, más lenta. El aceite dejaba un aroma fresco y amaderado, mezclándose con el olor de su propio perfume, creando una sensación que me envolvía por completo.
Mis manos recorrían cada línea, cada surco, cada tatuaje que se veía bajo la luz tenue del camerino. Sabía que era solo trabajo, que tenía que verse perfecto para las luces del escenario, pero cada roce me provocaba una sensación cálida que subía desde las yemas de los dedos hasta el pecho. Él no decía nada, solo me miraba fijamente, con los ojos oscuros y brillantes, siguiendo cada movimiento de mis manos, como si estuviera disfrutando tanto como yo, aunque ninguno lo dijera en voz alta.
Cuando terminé, me quedé unos segundos más, con las manos todavía apoyadas en su abdomen, sintiendo cómo su corazón latía fuerte y constante bajo mi tacto.
—Listo —le dije en voz baja, apartando las manos despacio—. Ahora sí, estás listo para comerte el escenario.
Él alzó la mano, tomó una de las mías y la apretó suavemente contra su pecho, sin soltarla todavía.
—Gracias, Melissa —me respondió, con una voz más grave y profunda que de costumbre—. Esta noche va a ser larga… y espero que cuando termine, sigas estando cerca.