Mauricio y Celine no tuvieron el mejor comienzo, así que les tocará a ellos vencer los obstáculos que el destino les ha puesto para determinar que final quieren para su matrimonio. intrigas, secretos, envidias y más
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CAPÍTULO 1: La fiesta sorpresa.
El salón principal de la residencia DoCampo estaba iluminado como si fuera una gala de Estado. Lámparas de cristal colgaban del techo alto, reflejando destellos dorados sobre el mármol pulido. La música suave de un cuarteto de cuerdas flotaba en el aire, mezclándose con el murmullo contenido de los invitados.
Mauricio DoCampo detuvo el coche frente a la entrada principal y se quedó un instante inmóvil.
—Otra fiesta… —murmuró con cansancio, aflojándose la corbata.
Tenía 34 años, casi 35, y ya había aprendido que en su familia las celebraciones nunca eran simples celebraciones. Siempre había algo detrás. Siempre.
El encargado abrió la puerta.
—Señor Mauricio, su padre lo espera adentro.
Mauricio bajó sin responder. El aire nocturno era cálido, pesado, como si presagiara algo que aún no podía nombrar. Al cruzar la puerta principal, el mayordomo inclinó la cabeza.
—Bienvenido, señor. El evento ya comenzó.
—¿Evento? —repitió Mauricio frunciendo el ceño—. Pensé que era una cena familiar.
El mayordomo no respondió. Solo le indicó el camino con un gesto educado.
Mientras avanzaba por el pasillo, Mauricio escuchó el sonido de copas chocando, risas contenidas y flashes de cámaras. Eso no era una cena. Era algo más grande.
Mucho más grande.
Cuando entró al salón principal, el murmullo se detuvo por una fracción de segundo.
Mauricio se quedó quieto.
Frente a él había una decoración completamente distinta a la de un cumpleaños. Un gran arco de flores blancas dominaba el escenario central. A los lados, dos familias estaban sentadas en filas perfectamente organizadas. Fotografías suyas aparecían en pantallas digitales. Y en el centro… un altar.
Un altar.
—¿Qué demonios…? —susurró.
Un aplauso repentino lo sacó de su shock.
Su padre, Julián DoCampo, se acercó con una sonrisa tensa.
—Llegaste justo a tiempo.
—¿Tiempo para qué? —Mauricio giró lentamente la cabeza, observando cada detalle—. Esto no es mi cumpleaños.
Julián suspiró.
—No, hijo. No lo es.
Antes de que Mauricio pudiera reaccionar, una voz firme resonó desde el fondo del salón.
—Hoy no celebramos un cumpleaños… sino un compromiso.
El abuelo.
Don Augusto DoCampo apareció sentado en una silla especial, ligeramente elevada, con una manta sobre las piernas. Su rostro estaba más delgado que de costumbre, pero sus ojos seguían siendo afilados como cuchillas.
El silencio se volvió absoluto.
—He vivido lo suficiente como para ver a mi familia crecer… y debilitarse —continuó el anciano—. Pero hoy, antes de que mi corazón decida lo contrario, dejaré asegurado el futuro de los DoCampo.
Mauricio dio un paso hacia adelante.
—¿De qué estás hablando?
Julián lo detuvo suavemente del brazo.
—Escucha primero.
El abuelo levantó una mano.
—Mauricio DoCampo… te he observado durante años. Eres el único capaz de sostener este imperio cuando yo ya no esté. Pero el poder sin estabilidad no sirve de nada.
Mauricio sintió un nudo en el estómago.
—¿Estabilidad?
Las pantallas detrás del escenario cambiaron de imagen. Ahora mostraban el rostro de una joven desconocida.
Cabello oscuro. Ojos claros. Expresión serena… pero distante.
—Ella es Celina Montenegro —dijo el abuelo.
El nombre cayó como una piedra en el salón.
Mauricio giró lentamente la cabeza hacia la imagen.
—¿Quién es?
—Tu futura esposa.
El silencio que siguió fue tan denso que parecía físico.
Mauricio soltó una risa breve, incrédula.
—Esto es una broma.
—No lo es —respondió Julián con firmeza.
Mauricio lo miró, buscando apoyo, explicación, cualquier cosa que le dijera que aquello no era real.
—¿Me están diciendo que esto es una boda arreglada?
El abuelo tosió ligeramente, y dos asistentes se acercaron a su silla.
—No es arreglo —corrigió con voz más débil pero igual de autoritaria—. Es una decisión familiar. Y ya está tomada.
Mauricio dio un paso atrás.
—No voy a casarme con alguien que ni siquiera conozco.
El murmullo entre los invitados comenzó a crecer.
Don Augusto lo miró fijamente.
—Si te niegas… este imperio se desmorona antes de que yo cierre los ojos.
Mauricio apretó los puños.
—No puedes obligarme.
El abuelo sonrió, una sonrisa triste.
—No te estoy obligando. Te estoy mostrando la realidad.
Julián intervino.
—Mauricio… el corazón de tu abuelo no está bien. Un disgusto fuerte podría matarlo. ¿Quieres cargar con eso?
El mundo pareció reducirse a ese instante.
Mauricio miró al abuelo. Luego al altar. Luego a la imagen de la joven llamada Celina.
Una desconocida. Un destino impuesto. Una jaula disfrazada de tradición.
—Esto es una locura… —susurró.
El abuelo cerró los ojos por un segundo.
—Solo dime que lo pensarás.
Mauricio no respondió de inmediato.
Y ese silencio fue suficiente.
La música volvió a sonar, pero esta vez con un tono solemne. Los invitados comenzaron a aplaudir lentamente, como si el acto ya estuviera decidido.
Pero Mauricio no podía moverse.
Porque en el fondo del salón, una puerta lateral se abrió.
Y por primera vez, la imagen de Celina Montenegro apareció en persona.
No en pantalla.
En la vida real.
Vestida de blanco.
Con los ojos llenos de algo que no era alegría.
Sino resignación.
Sus miradas se encontraron por primera vez.
Y en ese instante, Mauricio supo una cosa con absoluta claridad:
Esa boda ya había comenzado… incluso antes de que él dijera que sí.
Celina dio un paso dentro del salón.
Y detrás de ella, una mujer susurró lo bastante fuerte como para que Mauricio la escuchara:
—Que empiece el compromiso de la heredera Montenegro… antes de que cambie de opinión.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Antes de que cambie de opinión?
Celina bajó la mirada.
Y el abuelo, desde su silla, murmuró algo que nadie más pareció escuchar:
—Espero que ninguno de los dos descubra la verdad demasiado pronto…