Cinco años después de irse de Buenos Aires con el corazón roto, Giulia Rivas vuelve con una sola prioridad: cuidar a su hija Dulce y reconstruir su carrera como diseñadora de joyas.
No busca explicaciones.
No busca venganza.
Y mucho menos busca volver a ver a Julián Alcázar.
Pero en el aeropuerto, un nene desconocido se le abraza a la pierna y la llama mamá.
Benja tiene la edad que tendría el hijo que Giulia creyó haber perdido. Tiene los ojos de Julián, su carácter imposible y una certeza que nadie logra sacarle de la cabeza: ella es su mamá.
Julián también queda atrapado en esa reaparición.
Para él, Giulia fue la mujer que lo abandonó sin mirar atrás. Para ella, Julián fue el hombre que eligió a otra mientras ella lo perdía todo.
Ahora trabajan bajo el mismo imperio empresarial, se cruzan en pasillos, fiestas privadas, hospitales y mentiras que llevan demasiado tiempo enterradas.
Entre una hija que sueña con conocer a su papá, un hijo que nunca dejó de buscar a su mamá y una mujer dispuesta a destruir cualquier verdad antes de perder su lugar, Giulia y Julián van a descubrir que lo que los separó no fue falta de amor.
Fue una mentira.
Y esa mentira está a punto de caer.
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Capítulo 22
Capítulo 22
Había demasiada gente.
Giulia empujó, pidió permiso, casi se metió a la fuerza.
Cuando vio la camisa blanca del hombre herido, empapada de sangre, algo en ella se aflojó de golpe.
Julián no llevaba camisa blanca.
Miró la cara.
No era él.
Recién entonces pudo respirar.
Soledad llegó detrás y también lo vio.
—Menos mal. No es él. No es Julián. Ya está, no tenés que...
Se calló de inmediato.
La gente la miraba mal, como si hubiera festejado la desgracia de un desconocido.
Desde afuera gritaron que había llegado la ambulancia.
Giulia y Soledad salieron con el movimiento del grupo.
En la vereda ancha, el aire parecía otro.
La presión se le fue del cuerpo de una vez.
Las piernas le fallaron.
Soledad alcanzó a sostenerla.
...
Después de salir del shopping, Julián se subió al auto rumbo a la residencia de San Isidro.
Apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos.
El celular vibró en la gaveta.
Lo miró apenas.
Lo dejó.
No pasó ni un minuto y volvió a sonar.
Julián frunció el ceño, atendió.
—Más te vale que sea importante.
Del otro lado, Rafael Vidal se rio con ganas.
—Qué humor, Alcázar. ¿Así tratás a tus amigos?
—Hablá.
—¿Viste la foto que te mandé?
—No.
—Entonces mirala. Si no, después me vas a agradecer tarde.
Rafael cortó.
Estaba sentado en su Porsche azul, estacionado cerca del shopping. Había ido a comer por la zona y terminó viendo a Giulia confundirse, romperse delante de un herido que ni siquiera era Julián.
La escena era demasiado buena para desperdiciarla.
Le sacó una foto y se la mandó.
Como esperaba, el teléfono sonó menos de treinta segundos después.
Rafael se acomodó los anteojos y atendió por Bluetooth.
—¿Qué foto? —preguntó, haciéndose el inocente.
—No te hagas el boludo.
—Ah, la de tu ex mujer. ¿No estaban divorciados?
—No te pregunté eso. ¿Qué le pasó?
La voz de Julián venía baja, dura.
Rafael sonrió.
—¿Tan preocupado estás?
—Rafael.
El aviso alcanzó.
—Se cayó un cartel cerca del shopping. Lastimó a un tipo. Ella pensó que eras vos. Lloraba que daba pena verla.
No exageraba tanto.
La foto, además, había salido perfecta: Giulia perdida entre la gente, con lágrimas en los ojos, vulnerable de una manera que dolía.
—Te lo digo en serio —agregó Rafael—. Todavía le importás. Y Benja vive pidiendo una mamá. Capaz no sería tan mala idea que ustedes...
Julián cortó.
Se quedó mirando la pantalla.
Giulia estaba ahí, con los ojos húmedos, el rostro sin defensa, parada frente a una multitud.
Las palabras de Rafael volvieron solas.
Todavía le importás.
...
Giulia pasó a buscar a Dulce por la clase de piano.
Después almorzaron con Soledad y fueron a una plaza de juegos.
Al atardecer, Dulce ya dormía en brazos de su mamá.
Soledad manejaba.
Cerca del edificio, Giulia le pidió que frenara frente a un kiosco y bajó a comprar unas latas de cerveza.
Dejaron a Dulce en la cama, bien tapada.
Después llevaron el silloncito al balcón.
Bebieron mirando las luces de la ciudad.
—¿Te acordás de mi cumpleaños de quinto año? —dijo Soledad, ya colorada—. Vos, Tania y yo nos escapamos de la última hora y terminamos tomando cerveza en el patio.
Giulia sonrió.
Claro que se acordaba.
También recordaba que la preceptora, que encima era la madre de Soledad, las encontró.
Al otro día las hicieron pararse frente al curso y leer una nota de disculpa.
—Yo la ligué peor —se quejó Soledad—. En casa casi me hacen juicio oral.
Se quedó mirando la lata.
—Parece ayer. Y ahora vos sos mamá de Dulce y estás divorciada de Julián Alcázar.
Giulia no respondió.
—Hoy pensaste que el herido era él. ¿Todavía lo amás?
—Es el papá de Dulce. Aunque estemos divorciados, no somos enemigos.
—Mentira.
Soledad le pasó un brazo por los hombros.
—Jurame que no lo amás.
Giulia calló.
Bebió lo que quedaba de la lata.
—Amarlo o no no cambia nada.
—Claro que cambia. Si lo amás, recuperalo. Dulce también tendría un papá.
Soledad empezó a insultar a Malena con cada palabra que se le ocurría.
Giulia la dejó hablar.
Cuando Soledad se quedó dormida en el silloncito, la ayudó a acostarse en su cama.
Iba hacia la cocina por agua cuando el celular vibró sobre la mesa.
Julián.
Giulia miró el nombre unos segundos.
Cortó.
Él volvió a llamar.
Una vez.
Otra.
La tercera.
Después llegó un mensaje.
Estoy abajo. Cinco minutos. Si no bajás, subo.