Valeria Cárdenas parecía tener una vida estable: un matrimonio envidiable, un hogar tranquilo y un esposo que, alguna vez, la amó de verdad. Pero con el tiempo, las palabras dejaron de ser cariño y empezaron a doler, y el silencio se volvió una forma de castigo que nunca supo cómo enfrentar.
Día tras día, Valeria se fue apagando entre reproches, desprecios, monotonía y culpas que no eran suyas. Sin darse cuenta, dejó de ser ella misma para convertirse en alguien sin alma, solo para no molestar.
Cuando finalmente toma una decisión de la que no hay vuelta atrás convencida de que su ausencia hará todo más fácil para quienes la rodean, entiende demasiado tarde cuánto se había perdido en el camino. Porque a veces el amor no se acaba… solo cambia hasta volverse irreconocible.
Esta es una historia donde el dolor se guarda, donde nadie ve lo que pasa puertas adentro. Y donde comprender lo que ocurrió llega cuando ya no se puede reparar.
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Un paso más.
La mañana había llegado para Valeria era distinta a las demás que tuvo en su vida.
Valeria abrió los ojos despacio, sin esa depresión que antes la obligaba a quedarse acostada más tiempo del necesario. Se quedó unos segundos mirando el techo, reconociendo el lugar en el que estaba.
No era su antigua casa.No había gritos.
No había miedo.
Solo silencio… pero un silencio le gustaba más que nada.
Se incorporó lentamente y respiró hondo.Sentia una sensación nueva, frágil, como si cualquier cosa pudiera romperla… pero estaba ahí.
Se levantó, se arregló con cuidado y justo cuando terminaba de peinarse, su celular vibró.
Un mensaje de Susana.
“Ya voy por ti. Baja en cinco minutos.”
Valeria tomó su bolso sin pensarlo demasiado. Antes de salir, miró el pequeño departamento. No era tan grande, pero era su refugio y se sentía segura.
—Voy a intentarlo —murmuró para sí misma.
Al bajar, Susana ya la esperaba apoyada en el auto. Llevaba gafas oscuras, pero aun así su rostro se veía más pálido de lo normal.
—Buenos días, amiga mia.
Valeria no pudo evitar devolverle el gesto.
—Buenos días.
Se acercaron y se dieron un abrazo breve, sincero.
—¿Cómo dormiste? —preguntó Susana mientras abría la puerta del auto.
Valeria dudó un segundo antes de responder.
—Dormi tranquila, y en paz más que nunca.
Susana la miró con atención, como si esa respuesta significara más de lo que decía.
—Me alegra mucho —murmuró.
Ambas subieron al auto. Durante los primeros minutos, el silencio fue cómodo.
Hasta que Valeria giró el rostro y la observó mejor.
—Oye —dijo—. ¿Qué tienes?
Susana no respondió de inmediato.
—Estás pálida —insistió Valeria—. ¿Te sientes mal?
Susana soltó una pequeña risa, restándole importancia.
—No, tranquila. No estoy enferma.
Valeria no se convenció.
—Entonces...
Solo estoy cansada interrumpió Susana—. Ayer no pude dormir bien. Ya sabes, insomnio.
Valeria asintió lentamente, aunque algo en su interior no terminó de creerle.
—Deberías descansar más —dijo.
—Lo haré —respondió Susana, sin darle más vueltas al tema—. Pero primero lo tuyo.
El auto siguió su camino.
La universidad apareció frente a ellas imponente, llena de movimiento, de gente que iba y venía con prisa, con planes, con vidas que avanzaban.
Valeria bajó del auto y se quedó mirando unos segundos.
—¿Lista? —preguntó Susana.
Valeria respiró hondo.
—No lo sé pero quiero intentarlo.
Entraron juntas.
El proceso fue más sencillo de lo que Valeria imaginaba. Formularios, firmas, preguntas básicas nada complicado, pero cada paso tenía una carga emocional distinto.
Era real.Estaba comenzando desde cero de nuevo.
Cuando finalmente terminaron, Valeria sostuvo los papeles entre sus manos.
—Ya está —susurró.
Susana sonrió.
—Ya está —repitió—. Oficialmente eres universitaria.
Valeria dejó escapar una pequeña risa.
—Nunca pensé que diría eso.
—Pues ve acostumbrándote —respondió Susana—. Porque esto recién empieza.
Caminaron hacia la salida.
—¿Y ahora? —preguntó Valeria.
—Ahora necesitas materiales, cuadernos, lo básico —dijo Susana—. Y después celebramos.
Valeria la miró con sorpresa.
—¿Celebrar?
—Claro —respondió—. No todos los días alguien decide cambiar su vida y estudiar.
Valeria bajó la mirada, algo emocionada.
—Gracias…
—Todavía no —dijo Susana—. Agradece cuando seas famosa diseñadora y me ayudes a llevar a la cima mi amada empresa.
Valeria sonrió.
Por un momento… Andrés no estaba en su mente.Ni el pasado.Ni el dolor.
Solo ese instante.
Pero entonces, el celular de Susana sonó.
Ella miró la pantalla y su expresión cambió levemente.
—Es mi hermano —murmuró.
Contestó.
—Dime, hermanito.
Valeria se quedó en silencio, sin querer interrumpir.
Del otro lado, la voz de Víctor sonaba seria.
—¿Cómo te sientes? Mamá me llamó, está preocupada por ti. Dice que anoche tuviste una crisis.
Susana miró hacia otro lado.
—Estoy bien —respondió con calma—. Dile que no se preocupe.
—Susana...
—De verdad, estoy bien.
Hubo un pequeño silencio.
—Está bien —dijo Víctor finalmente—. Pero tienes que cuidarte.
Susana cambió el tono, más ligero.
—Sí, sí no empieces.
Luego añadió:
—¿Y lo otro?
—Ya fui a entregar el acuerdo de divorcio —respondió él—. Y ese tipo no reaccionó nada bien.
Valeria levantó la mirada de inmediato.
Su atención se centró por completo.
—¿Qué pasó? —preguntó en voz baja.
Susana levantó la mano, pidiéndole un segundo.
—Era de esperarse —dijo al teléfono.
—Y dile a tu amiga —continuó Víctor—. Que el miércoles tiene que presentarse en el juzgado. A las tres de la tarde. Todo se va a cerrar ese día.
Susana asintió.
—Está bien.
Colgó.
El silencio entre ellas duró unos segundos.
—¿Era tu hermano? —preguntó Valeria.
—Sí.
Susana la miró directamente.
—Ya entregó los papeles.
—¿Y?
—Y Andrés no lo tomó bien.
Eso no la sorprendió.
—Pero eso ya no importa —añadió Susana—. Lo importante es que el miércoles tienes que presentarte.
Valeria apretó los papeles que tenía en la mano.
—¿A las tres?
—A las tres.
El silencio volvió.
—Ese día se termina todo —dijo Susana.
Valeria no respondió de inmediato.
Miró alrededor.La gente.La universidad.
La vida que seguía avanzando.
—Sí… —murmuró finalmente—. Ese día se termina.
Pero en su voz no había alivio completo.
Porque terminar algo… también dolía.
Aunque fuera lo correcto.
Susana la observó con atención.
—Oye —dijo—. No te me vayas a echar para atrás.
Valeria negó.
—No lo haré.
—Más te vale.
Valeria levantó la mirada.
—Solo aveces sigo sintiendo este miedo que todo sea un sueño y despertar.
Susana no lo negó.
—Es normal.
Se acercó un poco más.
—Pero el miedo no decide por ti.
Valeria respiró hondo.
—No… ya no.Susana sonrió apenas.
—Esa es mi amiga.
Valeria intentó sonreír también.
—Vamos —dijo Susana—. A comprar tus cosas.
Caminaron juntas.Una avanzando hacia algo nuevo.
La otra ocultando su final que ya estaba cerca y que pronto sería imposible de esconderle a Valeria.
Pero por ahora, ese momento les pertenecía.