Valeria Salcedo se fue de México sin explicar la verdad: estaba enferma, sola y convencida de que dejar a Alejandro Alcázar era la única forma de no arruinarle la vida.
Tres años después, vuelve decidida a empezar de cero con su papá y un nuevo trabajo. Pero el primer proyecto que recibe la pone frente a Camila Rivas, la nueva novia de Alejandro. Una mujer dulce frente a todos, venenosa cuando nadie mira.
Alejandro ya no es el hombre que la amaba. Ahora la humilla, la duda, la acusa y protege a otra con la misma ternura que antes era solo para ella.
Valeria intenta mantenerse lejos, pero cada encuentro abre una herida vieja. Entre mentiras, escándalos, accidentes y nuevas oportunidades, tendrá que decidir si sigue atada al amor que la destruyó o si por fin se elige a sí misma.
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Capítulo 10
Capítulo 10
Su saco me cubría los hombros.
Olía a cedro limpio.
Emiliano colgó.
—¿Cansada?
—No. Bueno, sí. Un poco.
Mi estómago rugió.
Quise desaparecer.
—Tengo hambre —admití.
—La cocina cerró. Vamos a buscar algo.
Intenté decir que no hacía falta, pero él ya iba hacia la salida.
El coche que manejó era distinto al Bentley.
—El chofer regresó a la casa. Cuando no trabajo, uso este.
—Señor Fuentes, si quería hablar conmigo, podemos hacerlo aquí. Debe estar cansado.
Hubo silencio.
—¿No puedo cenar contigo sin motivo?
—No quise decir eso.
—Llámame Emiliano.
—Claro, señor Fuentes.
Me miró.
—Emiliano —corregí.
Pensé en doña Teresa.
—¿Esto es porque su mamá quiere juntarnos?
—Sí.
Fue tan directo que me quedé muda.
—¿Usted quiere intentarlo conmigo?
—Sí.
—¿Sabe mi pasado?
—Sé lo de tu enfermedad y lo de Alejandro. No me molesta.
—¿Y le gusto?
—No diría que estoy enamorado. Pero no me incomoda conocerte. Eres sensata, buena, no haces dramas. Un matrimonio también se construye.
Me dolió un poco oírlo así de frío.
—Lo siento. No quiero. Para mí el matrimonio necesita amor, o al menos la posibilidad real de amar. Si no, prefiero quedarme sola.
Él no insistió.
Me dejó en casa.
Antes de bajar, dijo:
—La pobreza complica el amor. El dinero y el poder también son protección. Piénsalo.
No respondí.
Al entrar a mi calle, una sombra se movió.
—¡Ah!
Una mano me tapó la boca.
—Soy yo.
—¡Santiago! ¿Qué haces aquí?
—Esperarte. ¿Por qué vuelves tan tarde?
—Me muero de hambre. ¿Vienes por tacos?
—¿No te invitó Emiliano a cenar?
—Me quedé dormida. Te cuento en el camino.
Fuimos a un tianguis nocturno. Yo compré tacos, quesadillas, esquites y una nieve. Santiago pagaba con cara de horror.
—No voy a comer eso.
—Qué triste tu vida. Prueba.
Le di un taco dorado. Lo mordió como si fuera medicina.
—Aceitoso.
—Delicioso.
Me preguntó qué quería Emiliano.
—Salir conmigo. Lo rechacé. No estamos en el mismo canal. Él come caviar; yo como tacos parados en la banqueta.
Santiago se relajó.
—¿Y Alejandro?
El taco me supo a cartón.
—No lo he soltado del todo. Cuatro años no se borran con voluntad. Pero no voy a volver.
—Terminó con Camila.
—¿Por qué?
Me miró.
Enderecé la cara.
—Digo, en la fiesta estaban bien.
—Después de lo de la pulsera, doña Marcela se opuso. Camila no va a soltarlo fácil. Por eso voy a llevarte y recogerte unos días.
—Exageras.
—Esa mujer está loca.
Durante varios días cumplió. Mis compañeras empezaron a bromear. Yo decía que éramos amigos y ellas se reían.
Cuando ya no vi rastro de Camila, le pedí que dejara de hacerlo.
Una noche salí tarde del trabajo.
En la entrada de mi calle estaba Alejandro.
Olía a alcohol. Tenía los ojos rojos.
—¿Qué haces aquí?
No respondió.
Me jaló hacia él y me besó.
Por un segundo me quedé paralizada.
Luego pensé en Camila y lo empujé.
—Alejandro, ¿qué haces?
Alejandro perdió el equilibrio y cayó al suelo.
Me asusté y casi fui a levantarlo, pero él se puso de pie tambaleándose.
Me agarró de los hombros.
—¿Tanto asco te doy? ¿Qué tiene Santiago que yo no? ¿Te trata mejor? ¿Tiene más dinero? ¿O te satisface mejor?
—Estás borracho. Vete a tu casa.
No quería que los vecinos lo oyeran. Menos mi papá.
—¿A quién quieres ver entonces? ¿A Santiago, que te recoge diario? ¿O a Emiliano, que te dio una pulsera de cinco millones? Valeria, ¿cuánto te rebajas por dinero?
Me dolió como cuchillo.
La rabia ganó.
—Sí. Soy de lo peor. Nunca te amé. Te usé. ¿Ya estás contento? ¿Ya puedes irte?
Me solté y caminé hacia adentro.
—Valeria, enséñame cómo se hace para ser tan cruel.
Me detuve.
—Es la última vez que me humillo viniendo por ti —dijo, con una voz vacía.
Luego salió hacia la avenida, caminando sin mirar.
Pensé en mi mamá, muerta en un accidente. Pensé en doña Teresa y en los arrepentimientos.
No quería cargar con otro.
Corrí.
—¡Alejandro!
Él cruzó sin mirar. Los coches pasaban rápido. Lo alcancé y le jalé el brazo.
—¿Estás loco? ¡Mira por dónde vas!
Me apartó.
—No necesito que me cuides.
—Hablemos donde no te maten.
—Aquí.
Respiré hondo.
—Lo que dije era enojo. En realidad yo...
No terminé.
Una camioneta se salió de control y venía directo hacia él.
Jalé a Alejandro. Él intentó soltarse. La camioneta estaba encima.
Lo empujé con todas mis fuerzas.
El golpe me aventó.
Solo alcancé a cubrirme la cabeza.
Después, oscuridad.
a y como midiera emiliano que como hombre acepta este tipo de cosas y aun asi sigue detrás de ella
esta esceitora pone a la mujer peor que una botella vacía de agua en l alcalde pateada hasta por el perro callejero