¿Qué harías si la persona que te salvó de la tormenta fuera el verdadero peligro?
Para Leyla, el mundo siempre ha tenido reglas claras y predecibles. Sin embargo, bastan unos minutos en los pasillos de una exclusiva gala para que toda su seguridad se desmorone bajo la presión de un depredador al acecho. De la nada, una mano firme y una voz cortante la rescatan del abismo. Su nombre es Lorenzo.
Tras esa noche, una atracción inevitable y cargada de preguntas sin respuesta empieza a cercar a Leyla. Mientras intenta mantener a flote su cotidianidad en la universidad, una inquietante sensación de paranoia la persigue a cada paso. Hay secretos flotando en su entorno que se niegan a permanecer enterrados, y la figura de Lorenzo se vuelve un enigma cada vez más oscuro.
Las vueltas del destino es un thriller adictivo sobre las líneas invisibles que cruzamos sin saberlo y el peligroso despertar de una mujer que se niega a seguir siendo la pieza de un juego que no comprende.
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Capitulo 1
...Leyla Gutierrez...
El frío de la noche me acarició los hombros en cuanto bajé del auto, pero no fue suficiente para aplacar el calor de mis nervios. La alfombra roja se extendía frente a mí como una lengua de fuego apagada, y yo la recorrí intentando proyectar una seguridad que no sentía. Cada paso sobre mis tacones era una mentira bien ensayada.
A mi lado, mi madre lucía imponente. Ese vestido verde esmeralda que ella misma había diseñado parecía cobrar vida a la luz de los flashes, resaltando la elegancia natural que llevaba cosida en los huesos. Yo, en cambio, me sentía como una intrusa. Una mona vestida de seda.
No suelo usar estas telas tan sugerentes. No me agrada el murmullo calculado de las galas benéficas, los apretones de manos que duran medio segundo más de lo necesario, las sonrisas que no llegan a los ojos. Pero mi madre insistió, y mi resistencia se desmoronó, como siempre, ante la certeza de que no podía dejarla sola.
Al llegar a la entrada, una recepcionista nos entregó los antifaces. El mío era dorado; el de mi madre, plateado. Al ajustármelo, el mundo se volvió más pequeño, más extraño. El salón quedó reducido a una galería de rostros a medias, identidades cortadas por la mitad, y yo me adentré en él con la sensación de que había cruzado el umbral de un sueño ajeno.
—Sonríe un poco —murmuró mi madre sin dejar de saludar a un grupo de empresarios—. Pareces un reo esperando sentencia.
—Porque me siento como uno —respondí entre dientes, forzando una curva en mis labios que se sentía como una cicatriz.
Ella no contestó. Solo me lanzó esa mirada de *compórtate* que conocía desde niña, y yo suspiré. Le había advertido que el vestido rojo era demasiado. Entre el color carmín y mi melena castaña, rizada y voluminosa, que se negaba a pasar desapercibida, me sentía como una llama dentro de una cueva de hielo. Todas las miradas que aterrizaban sobre mí parecían pesar el doble.
Tras veinte minutos de cortesías vacías que no fui capaz de sostener, mi madre se alejó con un grupo de damas hacia una de las mesas del fondo. Me quedé sola, navegando sin rumbo entre conversaciones que no me pertenecían. Pedí una copa de champán en la barra y me dediqué a observar las burbujas subir hasta desaparecer, pensando que ojalá pudiera hacer yo lo mismo.
Cuando por fin Beto apareció a mi lado, el cual siempre nos había estado vigilando desde la distancia, sentí que respiraba por primera vez en una hora.
—La veo algo fuera de lugar, señorita —dijo en voz baja, con esa forma suya de decir las cosas que era al mismo tiempo una observación y una pregunta.
—Porque lo estoy —admití—. ¿Puedes buscar a mi mamá? Lleva un rato que no la veo y quiero asegurarme de que esté bien.
Beto dudó. Siempre dudaba cuando se trataba de dejarme sola. Era parte de su naturaleza, igual que los ojos color miel y la costumbre de revisar cada espacio antes de que yo lo pisara.
—Estoy bien —insistí—. Solo ve.
Me lanzó una última mirada de advertencia antes de alejarse entre la multitud. Lo vi perderse entre los trajes oscuros y los vestidos luminosos, y me quedé sola con mis burbujas.
Fue entonces cuando sentí que me asfixiaba.
No fue un pensamiento muy racional, pero, el calor del salón, el peso de las miradas, la música demasiado perfecta, todo junto se volvió insoportable en un segundo. Dejé la copa sobre la barra y empecé a caminar hacia las grandes puertas de cristal al fondo del salón, buscando aire como si mi vida dependiera de ello.
Al cruzar el umbral, el ruido de la orquesta se amortiguó hasta convertirse en un zumbido lejano. Me encontré en una logia de mármol que conectaba el salón con las escaleras del jardín: un pasillo exterior, largo y poco iluminado, donde las sombras se extendían entre los faroles distantes como si llevaran allí mucho tiempo esperando. El aire frío me golpeó la cara. Cerré los ojos. Respiré.
Duró exactamente tres segundos.
Cuando los abrí, él ya estaba ahí.
No sé desde dónde había salido. No lo escuché llegar. Solo de repente estaba frente a mí, bloqueando el paso hacia las escaleras del jardín con la misma naturalidad con que un muro bloquea el camino: sin esfuerzo, sin aviso, como si siempre hubiera estado ahí y yo fuera la que acababa de aparecer.
Era un hombre de unos cuarenta y tantos años. No era feo, que era lo más perturbador del asunto. Llevaba el traje bien puesto, el cabello hacia atrás, una copa en la mano que sostenía con la soltura de quien lleva décadas sosteniendo cosas con esa misma soltura calculada. Su mirada me recorrió de arriba abajo con una lentitud que no tenía nada de casual.
—Hola, señorita —dijo—. ¿Me permite que la acompañe?
Me quedé callada. Busqué una respuesta que fuera educada, que fuera suficiente, que no causara una escena. Él no esperó a encontrarla.
Se desplazó hacia mí con un paso. Solo uno, pero fue suficiente para que el espacio entre los dos se convirtiera en algo diferente a lo que había sido un segundo antes.
—Jose Miguel Santaella —se presentó, extendiendo una mano que no quise tocar—. Dueño de Santaella Inc. Quizás ha oído hablar de mí.
—No —dije.
No era del todo mentira.
Intenté rodearle por el lado izquierdo. Él se movió. Intenté por el derecho. Volvió a moverse, con esa sonrisa tranquila de quien sabe exactamente lo que está haciendo y sabe también que puede hacerlo porque nadie está mirando.
—Un gusto, señor Santaella, pero estoy ocupada —dije, y mi propia voz me sonó demasiado educada, demasiado suave, demasiado diseñada para no ofender a alguien que ya había tomado la decisión de no escucharme.
—¿Ocupada? —repitió, como si la palabra le hiciera gracia—. Estaba sola mirando las paredes, preciosa. Eso no es estar ocupada.
*Preciosa.* La palabra aterrizó en mi piel como algo sucio.
Llamó a un mesonero con un gesto de la mano que era pura autoridad comprada, pidió bebidas que yo no había pedido ni quería. Intenté hablar. Él siguió hablando. Intenté moverme. Él siguió moviéndose conmigo, ajustando el ángulo, cerrando el espacio con una precisión que entendí demasiado tarde: no era descuido. Era técnica. Llevaba haciéndolo mucho tiempo.
Cuando por fin intenté simplemente pasar a su lado con decisión, su mano se cerró sobre mi brazo.
El agarre fue brusco. Dolió.
—No, mi reina —susurró, y su aliento me rozó la mejilla—. Si apenas nos estamos conociendo.
Tiré del brazo. No cedió. Tiré con más fuerza, girando el cuerpo, y él me haló hacia él con una facilidad que me heló la sangre: no era el esfuerzo de alguien que forcejea, era la facilidad de alguien que sabe que puede. Me pegó a su pecho. Empujé con la mano libre contra su hombro, le clavé las uñas sin pensarlo, y él no hizo más que apretar más fuerte, riéndose por lo bajo, como si mi resistencia fuera parte del juego.
Las lágrimas me quemaban los párpados. No de miedo, exactamente. De una rabia tan pura que casi no cabía en mi cuerpo.
—Suéltame —dije. Mi voz no tembló, y eso fue lo único que me sorprendió de mí misma en ese momento—. Suéltame ahora mismo.
—Cálmate, que se te va a arruinar el maquillaje —dijo él, con voz socarrona, como de quien está acostumbrado a jugar este juego.
Entonces el pasillo cambió.
No lo oí llegar. Fue como si la temperatura bajara tres grados de golpe y el aire se condensara en algo más denso, más oscuro, más vivo. Una presencia que no pedía espacio sino que lo tomaba, sin ruido, sin anuncio. Y luego, una voz.
Baja. Cortante. Con el filo de algo que no era rabia sino algo mucho más frío.
—Suéltala, Ahora.