En un valle oculto por la magia de las hadas, una loba blanca destinada a un matrimonio impuesto encuentra a un lobo negro moribundo cuyo olor despierta en ella la certeza de haber hallado a su verdadero amor. Juntos desafiarán a un tirano, unirán dos manadas separadas por siglos de mentiras y demostrarán que ni la distancia, ni la guerra, ni la muerte pueden contra el poder de los destinados por la Diosa Luna.
Una historia de amor imposible, magia ancestral, pasión y rebeldía que te hará creer en el destino.
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capitulo 13
El templo se convirtió en un campo de batalla en cuestión de segundos.
Los leales al Alfa Magnus cargaron contra los rebeldes con furia asesina. Los cuerpos se entrechocaban, los colmillos brillaban, la sangre comenzaba a manchar las piedras sagradas.
Night se interpuso entre Luna y un lobo enorme que cargaba hacia ellos. Con un zarpazo preciso, lo mandó contra una columna, pero el esfuerzo le arrancó un gemido de dolor. Sus heridas no estaban curadas. No podía combatir así.
—¡Night! —gritó Luna.
—¡Estoy bien! —mintió él, aunque la sangre volvía a brotar de sus costados.
Luna miró a su alrededor con desesperación. Su padre luchaba contra dos lobos a la vez, manteniéndolos a raya con una ferocidad que nunca le había visto. Su madre protegía a las lobas más jóvenes, llevándolas hacia un rincón seguro. Eborio, a pesar de su edad, había encontrado un bastón con punta de plata y se defendía como podía.
Pero estaban perdiendo.
Los leales al Alfa eran más, estaban mejor entrenados, y tenían la desesperación de quienes saben que si pierden, lo pierden todo.
—¡Luma!
llamó Luna
—¡Necesitamos ayuda!
La hada apareció a su lado, con el brillo tenue por el agotamiento.
—No podemos intervenir directamente
dijo
—Esa es la ley más antigua. Las hadas no pueden matar lobos.
—Pero pueden hacer otras cosas
insistió Luna
—Distraerlos. Desorientarlos. ¡Algo!
Luma dudó un instante. Luego asintió.
—Está bien. Por ti. Por ella.
Levantó sus diminutos brazos y una luz cegadora inundó el templo.
Los leales al Alfa se detuvieron en seco, llevándose las manos a los ojos. Los rebeldes, en cambio, podían ver perfectamente. Las hadas los habían protegido.
—¡Ahora!
gritó Luna.
Los rebeldes cargaron contra los enemigos desorientados. Fue una masacre. En cuestión de minutos, la mayoría de los leales estaban en el suelo, heridos o inconscientes.
Solo quedaban el Alfa Magnus y Damián.
El Alfa, cegado por la luz, rugía de furia mientras agitaba los brazos en el aire. Damián, más joven y rápido, había logrado protegerse los ojos a tiempo y ahora miraba a su alrededor con expresión asesina.
—¡Esto no ha terminado!
gritó.
—¡Aunque ganes hoy, siempre habrá quien nos siga, Siempre habrá quien prefiera la mentira cómoda a la verdad incómoda!
—Quizá
dijo Luna, avanzando hacia él con Night a su lado
—Pero hoy, aquí, has perdido.
Damián la miró con odio puro.
—Eres una perra traidora. Mereces morir.
Y se abalanzó sobre ella.
Night intentó interponerse, pero sus heridas lo traicionaron. Cayó de rodillas, incapaz de moverse.
Luna se quedó sola frente a Damián.
Pero ya no era la loba asustada de quince años que temblaba ante su presencia. Era otra. Era la loba que había desafiado al Alfa. La loba que había encontrado a su destinado. La loba que había despertado a toda una manada.
Agachó la cabeza, esquivó el zarpazo de Damián por milímetros, y contraatacó con una velocidad que ni ella sabía que tenía.
Su puño impactó en su hocico. Su rodilla en su estómago. Su frente en su nariz.
Damián cayó al suelo, aturdido, sangrando, derrotado.
Luna se quedó de pie sobre él, jadeante, con los nudillos ensangrentados y el corazón latiéndole a mil por hora.
—Nunca más
susurró.
—Nunca más volverás a amenazarme.
Miró a su alrededor. El Alfa Magnus había sido reducido por varios rebeldes. Los leales estaban todos en el suelo. La batalla había terminado.
Un silencio inmenso llenó el templo.
Y entonces, alguien comenzó a aplaudir.
Era Eborio. El anciano, apoyado en su bastón, aplaudía lentamente, con lágrimas en los ojos.
Le siguió su madre. Luego su padre. Luego los rebeldes. Luego, poco a poco, incluso algunos de los leales que habían sido derrotados.
El templo entero aplaudía a Luna.
—¡Luna!
gritó alguien
—¡Luna! ¡Luna!
El nombre se extendió como la pólvora. Pronto, todos coreaban su nombre.
Luna miró a Night, que seguía de rodillas pero sonreía con sus ojos dorados.
—Lo lograste
dijo con su voz mental
—Mi valiente loba. Lo lograste.
Luna se arrodilló junto a él y lo abrazó.
—No
susurró
—Lo logramos. Juntos.
Detrás de ellos, las hadas brillaban como estrellas. Luma voló hasta ellos y posó una diminuta mano en la frente de cada uno.
—La Diosa Luna está orgullosa
dijo
—Muy orgullosa.
Y entonces, desde fuera del templo, llegó un sonido que nadie esperaba.
El sonido de cientos de lobos aullando a la vez.
Pero no eran lobos de su manada.
Eran lobos negros. Lobos de fuera. Lobos que habían cruzado el velo.
Night se puso pálido.
—Mi padre
susurró
—Mi padre ha venido.
Continuará...