En un rincón olvidado del Caribe, donde el salitre marca la piel y las olas susurran secretos prohibidos, nace una historia de orgullo, sangre y una pasión indomable. Clara de la Riva es la personificación de la pureza: de piel tan blanca como la espuma del mar y poseedora de un apellido que evoca nobleza. Sin embargo, tras los muros de su decadente mansión, el hambre y la ruina acechan. Su madre, una Condesa que se aferra con uñas y dientes a un título que ya no puede pagar, ve en la belleza de su hija la única salida para recuperar la gloria perdida.
Pero el destino tiene otros planes y llega al puerto bajo el nombre de Luis "Satán". Él es un hombre que no conoce leyes, un marinero de estatura imponente, músculos forjados por la tormenta y manos grandes capaces de dominar el océano. Luis ha crecido sin nombre y sin pasado, cargando con el estigma de ser un "hijo de nadie", mientras se convierte en el dueño absoluto de las rutas comerciales y del respeto —o el terror— de quienes lo ro
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Capítulo 20: La Casa de las Mujeres Calladas
La segunda parada del plan era más delicada, y Luis lo sabía. No por el riesgo, que también, sino por la intimidad del asunto, porque en aquella búsqueda no se trataba ya de un crimen, sino de un nombre, de un vientre, de una mujer que había dado a luz en silencio y que había entregado a su hijo sin hacer ruido, y que durante veinticinco años había vivido en el pueblo, en una casa de madera que estaba en la calle que subía hacia la iglesia, con la vergüenza pegada al cuerpo como una segunda piel. Esa mujer se llamaba Rosalía Montes, había sido lavandera en la casa de los Villalobos, y había tenido la mala suerte de enamorarse de un patrón que ya estaba casado y que, cuando ella quedó preñada, no había tenido el valor de reconocerla ni el valor de ayudarla, y se había limitado a pagarle el silencio con un saquito de monedas y una carta de recomendación para que la admitieran en un convento de Caracas.
Rosalía no había llegado a entrar en el convento. A medio camino, en una posada del camino real, la habían parado tres hombres, que le habían quitado la carta, el saquito y al bebé, y la habían devuelto al puerto con la advertencia de que si volvía a abrir la boca, no solo perdería al niño, sino que perdería también la vida. Rosalía había vuelto, había callado, había aceptado trabajar otra vez en la casa de los Villalobos, y había criado a Luis desde lejos, viéndolo crecer en los muelles, sin poder abrazarlo nunca, hasta que una noche, harta del dolor, había empaquetado sus cuatro cosas y se había ido del pueblo sin decir adónde, dejando atrás solo una carta, dirigida a la Condesa, en la que le decía que se marchaba para no volver, y que si algún día Luis preguntaba por ella, le dijeran que había muerto.
La Condesa sabía todo esto, porque la carta la había guardado durante años en el cajón de su escritorio, y porque se la había leído una y otra vez, en las noches de insomnio, sintiéndose cada vez más culpable, hasta que una noche, harta también ella, la había roto en mil pedazos y la había tirado al fuego. Pero la dirección, esa, sí que la recordaba: Rosalía se había ido a vivir a la hacienda de un primo, en el valle de Aragua, a tres días de viaje a caballo, y trabajaba, según le habían dicho, en una vaquería, en lo más hondo del campo, donde nadie hacía preguntas y nadie quería saber nada.
Luis y Clara salieron del puerto al amanecer del segundo día, montados en dos caballos que la Condesa les había prestado, y cabalgaron durante toda la mañana, cruzando ríos, llanuras, pueblos dormidos y cañaverales, hasta que al caer la tarde llegaron a la hacienda del primo de Rosalía, que era un caserón grande, con corrales y un huerto, y con un perro tan viejo que se quedó dormido cuando los vio llegar.
El primo de Rosalía, que se llamaba Anselmo, era un hombre seco, de pocas palabras, y cuando les abrió la puerta, antes de que le preguntaran nada, les dijo, con la voz de un hombre que ha estado esperando ese momento toda la vida:
—La están buscando a ella, ¿verdad? Siéntense, que les voy a contar una cosa.
Los llevó a la cocina, les ofreció un vaso de agua, y les contó, sin sentarse él, que Rosalía había llegado a la hacienda hacía veinticinco años, que había trabajado en la vaquería, que se había casado con un viudo de la zona, y que había tenido tres hijos, que ya estaban grandes y que vivían en Maracaibo. Le contó que Rosalía nunca hablaba de su pasado, que nunca hablaba del puerto, que nunca hablaba de nadie, y que hacía como cinco años, una tarde, mientras ordeñaba una vaca, le había dado un infarto y se había muerto en el acto, sin haber dicho una palabra, sin haber dado un grito, sin haber abierto los ojos. Le contó, también, que antes de morir, Rosalía le había hecho prometer que si algún día venían a buscarla unos Villalobos, les entregara una caja de madera que tenía debajo de la cama, y que estaba cerrada con un candado sin llave.
Anselmo los llevó al cuarto de Rosalía, que era un cuarto pequeño, con una cama de madera, una mesa con un aguamanil, y un crucifijo en la pared. Sacó la caja de debajo de la cama, y la puso sobre la mesa. La caja era de madera de cedro, oscura, gastada por los años, y tenía un candado de hierro en forma de corazón. Luis la miró, la reconoció sin saber por qué, y le pidió a Anselmo, con la voz quebrada de un hijo que se está encontrando con la madre que nunca tuvo, que le dejara abrirla él mismo.
Luis la abrió con el cuchillo de la bota, y dentro encontró tres cosas. La primera, un fajo de cartas atadas con una cinta azul, todas escritas por su madre, y todas dirigidas a él, en las que le contaba, día a día, cómo había sido su vida sin tenerlo, y cuánto lo había extrañado, y cuánto lo había querido, y cuántas veces había subido a la colina que había detrás de la vaquería para mirar al sur, hacia el mar, hacia el puerto, hacia la casa donde él había crecido. La segunda, un pequeño retrato al óleo, pintado por un artista de pueblo, en el que se veía a una mujer joven, de ojos grandes, pelo recogido y una sonrisa triste, y en el que se leía, en una esquina, una fecha: 1802, el año en que Rosalía había cumplido veintidós, el año en que Luis había sido concebido. La tercera, un papel doblado en cuatro, amarillento por los años, con la firma y el sello de Rodrigo Villalobos, en el que el patriarca reconocía, palabra por palabra, que Luis era su hijo, y en el que se comprometía a hacerse cargo de él en cuanto se aclarasen las cosas con la Condesa.
Luis se quedó con la caja en las manos, sin poder moverse, sin poder respirar, y Clara, que estaba a su lado, le tomó la mano, se la apretó, y le dijo, con la voz suave de una mujer que sabe que a veces lo único que se puede hacer por el que sufre es estar ahí:
—Ahora ya tienes un nombre, mi amor. Y un rostro. Y un lugar adonde volver.
Luis asintió, le dio las gracias a Anselmo, le pagó el viaje con las monedas que llevaba en el bolsillo, y se subió al caballo con la caja atada a la espalda, mientras Clara, detrás de él, pensaba, con esa clarividencia que da el dolor ajeno, que la búsqueda de la identidad era siempre un viaje de ida: uno se iba de un sitio para encontrar otro, y cuando lo encontraba, descubría que ya no era el mismo que se había ido.
Cabalgaron de vuelta al puerto durante toda la noche, sin parar, sin hablar, y al amanecer del tercer día, cuando el sol empezaba a salir por la bocana, Luis se detuvo en la entrada del pueblo, miró la caja, miró el mar, y le dijo a Clara, con la voz entera de un hombre que ha dejado de huir:
—Ahora sí, mi amor. Ahora sí estamos listos. Ahora sí tenemos un nombre, un rostro, un barco hundido, unos pescadores, un anillo, y un papel firmado por el muerto. Ahora sí, con esto, le ganamos la guerra a Adrián, no con un cuchillo, no con un disparo, sino con la ley y con la verdad, que es como le prometí a don Evaristo que la íbamos a ganar.
Clara lo miró, le limpió una lágrima que le había quedado en la mejilla, y le respondió, con la voz firme de una mujer que sabe que el tiempo se acaba:
—Vamos, mi amor. Vamos, que el juez de Caracas ya debe estar llegando, y nosotros todavía tenemos que pasar por la casa de la comadrona.