Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.
Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.
Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.
Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.
Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.
Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.
En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?
*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*
NovelToon tiene autorización de Izuki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 21
Capítulo 21
La grieta en la armadura
El elevador olía a colonia cara y a noche larga. Renata miraba los números descender en la pantalla —30, 29, 28— cuando Dante habló.
—¿Quieres un café? No tengo sueño.
No era una orden. Renata conocía sus órdenes: frases cortas, sin verbo condicional, sin signos de interrogación. Esto era otra cosa. Esto tenía un "quieres" y un tono que se parecía, por primera vez, a una pregunta real.
Miró los botones del elevador. El 18 era su piso. El 30 era el de Dante. Tenía tres segundos para decidir, y en esos tres segundos pasaron por su cabeza todas las razones por las que debería bajar a su departamento: la distancia profesional, la investigación, la ficha de huellas en su oficina, Andrés en Monterrey esperando a que ella saliera de esto.
Presionó el 30.
---
El Penthouse estaba a oscuras excepto por las luces de la ciudad que entraban por los ventanales. Dante no encendió las lámparas del salón. Fue directo a la cocina, abrió un gabinete y sacó un jarrito de barro, canela en raja, piloncillo y café molido. Llenó una olla pequeña con agua, puso la canela y el piloncillo a hervir, y cuando el líquido empezó a soltar un aroma dulce y especiado, agregó el café.
Café de olla. La receta de las abuelas, de las cocinas de colonia obrera, de los mercados de madrugada. No era el tipo de café que se aprende en una familia como los Montero.
Renata se sentó en uno de los bancos de la barra de la cocina y lo observó. Dante se movía con la soltura de alguien que ha hecho esto muchas veces: sabía cuánta canela poner sin medir, sabía cuándo bajar la flama, sabía que el piloncillo se disuelve mejor si lo rompes antes con la mano. Las manos de un hombre que ha cocinado para sobrevivir, no por hobby.
—No sabía que cocinabas —dijo Renata.
—No cocino. Solo sé hacer café.
Sirvió dos jarritos. Le dio uno a Renata y caminó hacia la terraza. Ella lo siguió.
Miravalle dormía treinta pisos abajo. La brisa nocturna traía olor a sal y a jazmín de los jardines del edificio. La sierra era una línea negra contra un cielo que empezaba a aclarar por el este. Debían de ser las dos de la mañana, quizá más.
Se sentaron en las sillas de la terraza con los jarritos entre las manos. El café estaba caliente, dulce, con el sabor áspero del piloncillo y la suavidad de la canela. Renata bebió un trago y sintió que algo en su pecho se aflojaba, como un nudo que se suelta solo porque alguien le puso calor encima.
—¿Cuántos idiomas hablas? —preguntó Renata.
—Español e inglés con fluidez. Puedo leer italiano. Tradición familiar. —Hizo una pausa—. Mi francés es un desastre.
—¿Un desastre completo o un desastre parcial?
—Del tipo que haría llorar a tu Marguerite Deschamps.
Renata se rio. No la risa controlada que usaba en los eventos ni la sonrisa estratégica que ponía frente a Don Aurelio. Una risa de verdad, corta y limpia, que le salió antes de poder detenerla.
Dante la miró. No dijo nada, pero algo cambió en su postura: un aflojamiento de los hombros, una inclinación mínima de la cabeza, como un animal que baja la guardia porque ha escuchado un sonido que no asocia con peligro.
—¿Por qué tantos idiomas? —preguntó.
Renata miró el jarrito entre sus manos. Podía mentir. Podía dar la respuesta académica: "Porque soy lingüista, es mi trabajo." Pero el café de olla, la terraza, la hora, la oscuridad —todo conspiraba contra la mentira—. Y estaba cansada. Cansada de mentir.
—Porque cada idioma es una vida diferente —dijo. Y era verdad. La primera verdad completa que le decía a Dante desde que empezó todo—. Cuando hablo francés, soy alguien que puede escapar a otro mundo. Cuando hablo español, soy la hija de mis padres. Cuando hablo inglés, soy la profesional que nadie puede menospreciar. Cada idioma me da una versión de mí misma que la anterior no tiene.
El silencio que siguió fue largo. El tipo de silencio que no pide ser llenado sino escuchado.
Dante miraba la ciudad. El jarrito de barro estaba quieto entre sus manos, como si se hubiera olvidado de que lo tenía.
—Yo también tengo varias versiones de mí mismo —dijo. La voz era baja, más baja de lo normal, como si las palabras le costaran un esfuerzo que no tenía nada que ver con el volumen—. Pero a veces... no sé cuál es la real.
Las palabras cayeron sobre la terraza como piedras en agua quieta. Renata sintió que el aire cambiaba de densidad. "No sé cuál es la real." Un hombre que ha sido Nico Bravo y ahora es Dante Montero, diciendo que no sabe cuál versión de sí mismo es verdadera. Era casi una confesión. Casi. Lo suficientemente ambigua para poder negarla mañana, pero lo suficientemente clara para que Renata la sintiera como un golpe en el esternón.
No supo qué contestar. Y quizá eso fue lo mejor, porque cualquier respuesta habría roto el momento —lo habría convertido en una conversación, y lo que estaban teniendo no era una conversación sino algo más raro: dos personas sentadas en la oscuridad, cada una sosteniendo un secreto que la otra no puede ver, y por un instante decidiendo que eso está bien—.
Se quedaron así un rato más. Renata bebió el resto del café. Dante no tocó el suyo. La ciudad abajo seguía encendida: taxis, faroles, el destello intermitente de una antena de telecomunicaciones en la sierra.
—Debería bajar —dijo Renata.
Dante asintió. No intentó detenerla. No dijo "quédate" ni "buenas noches" ni nada que pudiera interpretarse como algo más. Solo se quedó sentado en la silla de la terraza con el jarrito frío entre las manos y la mirada puesta en un punto de la ciudad que solo él podía ver.
Renata caminó hasta el elevador. Cuando las puertas se abrieron, se giró un instante. Dante seguía en la terraza, una silueta inmóvil contra el cielo que empezaba a palidecer. Un hombre solo en un Penthouse vacío, con un café que no se tomó y una frase que no debería haber dicho.
Las puertas se cerraron.
---
En su departamento, Renata se quitó los zapatos y se acostó en la cama sin cambiarse. El techo era blanco, liso, sin las grietas del departamento que había compartido con Andrés. Un techo perfecto en un edificio perfecto que pertenecía a un hombre que no sabía quién era.
Tomó el teléfono. Un mensaje de Andrés, enviado hacía tres horas: una foto de una carne asada en una terraza. Eduardo, dos amigos más, cervezas, humo de carbón. Andrés sonreía a la cámara con los ojos entrecerrados por el humo. Debajo de la foto: "Te extraño pero estoy bien."
Renata miró la foto. El hombre de la parrillada y el hombre de la terraza. Uno le mandaba fotos de carne asada; el otro le hacía café de olla a las dos de la mañana. Uno era seguro, conocido, bueno; el otro era un abismo con ojos oscuros y una guitarra en la esquina. Uno la quería sin condiciones; el otro no sabía cuál versión de sí mismo era real.
Y ella, en medio, acostada en una cama que no era suya, con el sabor del piloncillo todavía en la lengua y una pregunta que no quería hacerse:
¿Por qué, de las dos terrazas, la que le costaba olvidar era la de arriba?
Cerró los ojos. No durmió.