Valentina Reyes lleva dos años tragándose el infierno en silencio.
Cada mañana se sube al Metrobús en Coyoacán, cruza media ciudad y llega a las oficinas de Grupo Lucía en Santa Fe — el imperio empresarial del hombre que la destruyó. Cada mañana se para frente a Sebastián Montero, el CEO más despiadado de Ciudad de México, y finge que no le tiemblan las manos. Cada noche vuelve a su departamento vacío, abre el frasco de paroxetina y cuenta las pastillas que le quedan.
Sebastián la odia. O eso dice.
Porque Valentina era la mejor amiga de Lucía — su hermana menor, la que murió una noche hace cinco años en circunstancias que nadie ha podido explicar del todo. Y Sebastián está convencido de que Valentina pudo haberla salvado.
Lo que él no sabe es que Valentina también lo cree. Que la culpa la está matando por dentro mucho antes de que él pudiera hacerlo.
Un día, Sebastián le propone algo absurdo: un acuerdo de cien días. Cien días juntos — viviendo bajo el mismo techo, siguiendo sus reglas, fingiendo una relación que a ella le quema y a él le obsesiona. Cuando los cien días terminen, ella será libre. Él la dejará ir.
Pero en esos cien días pasan cosas que ninguno de los dos planeó.
Él descubre que detrás de su odio hay algo mucho peor: que nunca dejó de amarla. Ella descubre que el caso de Lucía esconde una verdad que podría cambiarlo todo — una verdad que alguien está dispuesto a matar para mantener enterrada. Y Doña Carmen, la madre de Sebastián, enferma terminal y rota por la pérdida de su hija, le exige a su hijo que elija: su familia o esa mujer.
Los cien días se acaban en Nochevieja.
Y Valentina ya decidió cómo va a terminar esta historia.
**¿Será Sebastián capaz de encontrarla antes de que sea demasiado tarde?**
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Capítulo 24
Capítulo 24
La cena de los Villanueva
Day 27.
Carmen organizó la cena como quien planea una campaña militar: cada detalle calculado, cada invitado estratégico, cada plato elegido para impresionar.
La mesa del comedor de los Montero —esa mesa de caoba para doce personas que normalmente solo usaban en Navidad— estaba puesta con la vajilla de porcelana que Carmen había heredado de su madre, copas de cristal cortado y un arreglo floral de rosas blancas que Lupita había ido a comprar personalmente al mercado de Jamaica a las seis de la mañana.
Carmen supervisó todo desde su sillón, con la bata de seda y la manta sobre las piernas. La quimioterapia le estaba quitando el pelo, pero esa noche llevaba un turbante de seda color crema que le daba un aire de dignidad que el cáncer no había podido tocarle.
—Lupita, mueve las rosas dos centímetros a la izquierda. Y dile a Eduardo que se ponga la corbata azul, no la gris.
—Sí, señora.
Los Villanueva llegaron a las ocho. Don Fernando y Doña Alicia, empresarios textiles con tres generaciones de dinero, el tipo de familia que Carmen consideraba "de los nuestros". Y su hija: Regina.
Regina Villanueva Ortiz entró al salón con la gracia de alguien que ha sido educada para entrar a cualquier salón sin hacer ruido pero siendo imposible de ignorar. Tenía veinticuatro años, el pelo castaño recogido en un moño suelto, un vestido verde olivo que le quedaba como si hubiera sido cosido sobre su cuerpo, y una sonrisa que no era falsa pero que tampoco era del todo espontánea: era la sonrisa de una mujer que ha aprendido a ser encantadora porque la vida la ha puesto en situaciones donde el encanto es una herramienta de supervivencia.
—Señora Montero, qué gusto conocerla —dijo, acercándose a Carmen con un ramo de flores—. Mi madre me ha hablado mucho de usted.
Carmen la miró de arriba abajo. Lo que vio le gustó: educación, porte, clase. Pero sobre todo, lo que le gustó fue lo que no vio: ningún rastro de Lucía. Regina no se parecía a su hija. No era un fantasma ni un reemplazo. Era una página en blanco donde Carmen podía escribir una nueva historia.
—Siéntate, mija. —Carmen le señaló la silla junto a Sebastián—. Cuéntame de ti.
Sebastián estaba de pie junto a la ventana con un vaso de agua que no bebía. Llevaba el traje azul oscuro, la corbata perfecta y la expresión de un hombre que está cumpliendo un deber mientras su mente está en otro lugar.
Eduardo, en la cabecera, hacía la conversación con Don Fernando sobre negocios, impuestos y "la situación del país", que era el tema favorito de los hombres de su generación cuando no sabían de qué más hablar.
Mateo no había venido. Carmen lo llamó tres veces. La tercera vez, Mateo le contestó con un mensaje que decía: "No voy a participar en tu circo, mamá." Carmen leyó el mensaje, apretó los labios y guardó el teléfono.
La cena transcurrió con la coreografía de las familias ricas: platos que aparecían y desaparecían, conversaciones que cambiaban de tema con la fluidez de un río, sonrisas que duraban lo justo. Regina habló de su trabajo en una fundación educativa, de su viaje a Barcelona, de los cursos de cocina que estaba tomando. Carmen escuchaba con la atención de una directora de casting.
Sebastián apenas habló. Cuando Regina le preguntó algo directo —"¿Tú también estudiaste en el Tec?"—, contestó con monosílabos corteses y volvía a mirar la ventana.
En Coyoacán, Valentina cenaba quesadillas sola en su cocina.
Su celular vibró. Mateo.
—Cuñada.
—Mateo. ¿Qué pasa?
—¿Estás sentada?
—Estoy comiendo.
—Mejor siéntate de todas formas. —Un suspiro al otro lado de la línea—. Mi mamá organizó una cena en la casa. Con los Villanueva. Es una cena de presentación. Trajeron a su hija, Regina. Mi mamá la sentó junto a Sebastián.
El silencio que siguió fue tan largo que Mateo creyó que se había cortado la llamada.
—¿Valentina?
—Sigo aquí.
—Lo siento. Pensé que debías saberlo. Sebastián no lo planeó. Es cosa de mi mamá.
—Lo sé.
—¿Estás bien?
—Sí. Gracias por decirme, Mateo.
—Cuñada... no dejes que mi mamá gane.
Valentina colgó. Dejó el celular boca abajo en la mesa. Miró la quesadilla a medio comer. Ya no tenía hambre.
Se llevó la mano al cuello. El collar de girasol estaba ahí, frío contra su piel, con los pétalos de esmalte que Lucía había guardado para ella.
¿Qué estaba haciendo? ¿En qué se había metido? Un acuerdo de cien días con un hombre que cenaba con otra mujer mientras ella comía quesadillas sola. Un acuerdo que no tenía nombre legal ni categoría sentimental ni garantía de nada excepto una fecha de caducidad: 31 de diciembre.
Se levantó de la mesa. Lavó el plato. Limpió la estufa. Barrio la cocina. Hizo todo lo que hacía cuando la ansiedad le mordía las costillas y necesitaba darle a las manos algo que hacer para que la cabeza no se devorara a sí misma.
A las nueve se sentó en la cama. Sacó el celular viejo de Lucía y buscó fotos. Encontró una que no recordaba: Lucía y ella en la biblioteca de CU, haciendo caras chistosas a la cámara, con los libros de arte abiertos en la mesa y la luz de la tarde entrando por las ventanas. Debajo, en el chat, Lucía le había escrito: "Esta foto es prueba de que alguna vez fuimos felices."
Alguna vez fuimos felices.
Valentina miró la foto mucho rato. Después la guardó en su galería del celular nuevo —el primero de Lucía que transfería— y sintió que el gesto era diminuto pero importante, como mover un ladrillo de una casa vieja a una nueva.
Quizá los cien días no eran una prueba para saber si se querían. Quizá eran la despedida larga que Sebastián necesitaba antes de hacer lo que su madre quería. Cien días de libertad antes de cien años de deber. O quizá —y esta posibilidad era la que más dolía— eran exactamente lo que él dijo: tiempo suficiente para saber la verdad. Y la verdad era que Sebastián estaba sentado en una cena con otra mujer y a Valentina le dolía más de lo que tenía derecho a admitir.
A las once de la noche, cuando los Villanueva se habían ido y Carmen dormía con la satisfacción de una partida bien jugada, Sebastián se sentó en su auto frente a la residencia de Las Lomas. Sacó el celular. Tenía un mensaje de Valentina, enviado hacía cuarenta minutos:
"¿Día 28. Todavía cuenta?"
Sebastián miró el mensaje. Miró la casa de sus padres, donde su madre se estaba muriendo y donde una mujer llamada Regina había sonreído toda la noche con la gracia de alguien que no sabe que está participando en una obra de teatro.
Escribió:
"Cada día cuenta."
Enviar.
Arrancó el auto. Condujo por Reforma con las luces de la ciudad pasando como estrellas fugaces. No fue a su departamento de Polanco. Fue a Coyoacán. Se estacionó frente al edificio de Valentina. Miró hacia arriba. La luz de su ventana estaba encendida.
No subió. No tocó. Solo se quedó ahí, con el motor encendido y la vista fija en esa ventana, como un hombre que no sabe cuántas noches más va a poder hacer esto antes de que el mundo le obligue a elegir.